Ya sé leer

Cuentos recomendados a partir de 7 años…

LA PALABRA MÁS IMPORTANTE

Carolina volvió algo cabizbaja a casa: tenía que escribir una redacción sobre su palabra favorita.¡Con todas las que había en el diccionario!. Lo difícil era elegir. Porque cuantas más cosas tenemos, pensó, más difícil es ponerlas en orden.

Carolina

Así que Carolina se pasó toda la tarde pensando. Cogió el diccionario y empezó a abrirlo al azar. Señalaba a ciegas una palabra y la apuntaba en una hoja:

– “Cachivache”

– “Mariposa”

– “Tapón”

“Buah ..pensó Carolina- así no voy a ninguna parte”..

Así que cambió de estrategia y decidió preguntar a sus hermanos y a sus padres. Primero a su hermano mayor:

– A ver, Carlos, dime una palabra que te guste..

– ¡Espaguetis!

Carolina salió de su cuarto muy enfadada. Y le preguntó a su hermana pequeña.

– “Cato”- contestó Marta con su lengua de trapo.

– ¿Gato?- repitió Carolina desilusionada.

Luego le preguntó a su padre, y le dijo que le gustaba mucho la palabra “supercalifrasgilisticuespialidoso” (siempre estaba gastando bromas). Y su madre le contestó que le gustaban muchas: paz, felicidad, familia, margarita, libélula…. Y no se decidió por ninguna.

Así que Carolina se volvió a sentar en su silla y comenzó a garabatear la hoja en blanco. Y de pronto se vio dibujando corazoncitos por todo el papel ( porque a Carolina le encantaba dibujar cosas mientras pensaba)..

Y dibujó un corazón…y otro..y otro más..así hasta llenar el folio de pequeños corazones. Entonces fue cuando encontró la palabra. ¡Por fin la palabra más importante de entre todas las palabras!.

Carolina cogió el rotulador rojo y escribió con letras muy grandotas: “AMOR”

corazón

Y comenzó a escribir y a escribir y a escribir. Pero como no estaba muy contenta con su redacción (porque no es nada fácil escribir sobre el amor), lo borró todo y dibujó a su familia. La rodeó con un enorme corazón y añadió: Fin.

(© Fanny Tales 2014. Categoría: Ya sé leer”)

DON MARINO

En realidad se llama Antonio, pero le llaman Don Marino. Tal vez por su camiseta blanca, el ancla bordado en el centro y esa barba larga y tupida. Siempre lleva un gorrito redondo de algodón y una cesta de mimbre. Para guardar los peces.

Don Marino

Y todas las mañanas don Marino se acerca al puerto, se sienta en el muelle y saca su caña de pescar. Y todas las mañanas también, se acerca Matías para ver lo que pesca Don Marino.

Matías tiene sólo ocho años, pero quiere ser pescador, como Don Marino. Y se sienta a su lado para ver cómo engancha la lombriz en el anzuelo y cómo después lanza el sedal  lejos, muy lejos, tan lejos  que a veces lo pierde de vista.

Y así se pasan las mañanas Matías y Don Marino, calladitos y pacientes. Esperando que algún pez pique. Pero no pican. Y mientras, Don Marino, entre silencio y silencio, le cuenta historias muy antiguas a Matías. Y a Matías le encantan las historias de Don Marino.

¿Queréis oír una?.

– ¿Sabes, Matías?- le dijo un día Don Marino al niño- Hace mucho, mucho, mucho tiempo (porque las historias de Don Marino siempre empiezan así)…pero mucho, mucho tiempo, conocí a la ballena más grande del ancho mar.

Matías pone los ojos como platos y se le ilumina la cara. Señal de que quiere oír más.

– Sí, sí..te lo digo de verdad- continuó Don Marino- Yo no sabía nada de ballenas, porque era muy joven. Estaba pescando en medio del océano, en una barquita muy pequeña que me prestó mi papá. Sólo había podido coger un pez, y ya me iba a marchar. Llevaba muchos días en aquel lugar. Todos los días iba al mismo sitio, en la misma barquita, y a la misma hora. Y justo cuando me iba, la oí:

– Fffffffffff. Fffffffff.

don marino y la ballena

Resoplaba con fuerza, como una manguera cuando se escapa del grifo. Me empapó de agua, y entonces la vi: inmensa, desafiante y gorda, muy gorda.

(Matías seguía poniendo la misma cara. Así que Don Marino continuó).

– Y en vez de asustarme, me enfadé. Vaya que si me enfadé…¡¡me había puesto perdido!!. Así que le grité: “Eh, tú, pez gordo, yo no te he hecho nada para que mojes enterito”.

Y la ballena volvió a resoplar.

-Ffffffffffffffffffffffffffff.

Entonces entendí que quería jugar, como un perrillo. Y puestos al lío, me puse a jugar…y le lancé el único pez que había pescado. Nos hicimos muy amigos, y volvimos a vernos al día siguiente. Y así todos los días, uno detrás de otro. Después de pescar, la ballena se acercaba y empezábamos a jugar.

Un día dejé de verla, se fue. Pero aún la espero, sentado en este muelle. Sé que volverá. ¿Sabes?: cuando haces un amigo, aunque no le veas, está. Claro que está.

Y ese día Matías se sintió un poco ballena, y decidió que nunca abandonaría a Don Marino.

LA VENTANA

A Juan le encantaba subir a la colina verde con su abuelo. Él decía que para coger flores y hacer un ramillete enorme para su abuela. Pero en realidad le gustaba subir a la colina verde porque allí en todo lo alto estaba la casa embrujada. Y eso a su abuelo no se lo iba a decir (para que no se asustara).

Le gustaba mucho esa casa a Juan porque tenía ventanas y ventanas por todas partes. Era una enorme casa repleta de minúsculas ventanas. Y de todas ellas había una diferente. Era la más estrecha y alargada. Su ventana favorita, tal vez por ser distinta. Y cada vez que subía a la colina verde junto a su abuelo, se pasaba los minutos mirándola embobado.

casa ventana

Nunca vio a nadie salir de la casa. Ni mirar por ninguna de las cientos de ventanas que la rodeaban. Parecía una casa vacía.

Pasó que un día su abuelo le sorprendió.

– ¿Y por qué no miramos a ver qué hay dentro?.

Él nunca le había dicho nada. Y sin embargo lo sabía todo. Siempre lo sabía todo. Por eso era la persona que más quería.

– ¿Y cómo?. ¡Está muy alta!.

El abuelo de Juan se rascó la cabeza y al cabo de un rato le dijo:

– ¡Tengo una idea!: mañana vendremos con una escalera larga, muy larga. Y subiremos hasta allí.

Al día siguiente volvieron a la colina verde, con la escalera a cuestas. La colocaron contra la pared, bajo la ventana estrecha. Juan no podía creer que aquello estuviera pasando. Él y su abuelo allí, con una escalera, junto a la ventana,a punto de desvelar el misterio.

– Subiré yo primero para comprobar que la escalera esté bien- dijo el abuelo de Juan.

casa ventana escalera

Subió despacio, agarrándose bien a cada extremo. La madera de la escalera crujía a cada paso. Un peldaño. Otro. Y otro más. Así hasta 15. Y allí en lo alto, su abuelo parecía muy pequeño. Tanto, como un niño.

Se quedó un buen rato allí mirando por la ventana, sin decir palabra. Y al volverse tenía los ojos llenitos de lágrimas. Bajó despacito la escalera.

– ¡Dime qué has visto, abuelo!- le dijo Juan.

– No, no..mejor sube tú.

Y Juan subió deprisa, impaciente y tembloroso. Estaba a punto de descubrir el misterio. Y al llegar, se quedó petrificado. Acercó más y más la cara. No podía ser. Allí sentado junto a una chimenea, estaba su abuelo, leyendo un libro. En la vieja mecedora marrón.

Volvió a mirar. Se limpió los ojos. Allí seguía. Y sin apenas entender, bajó la escalera, esta vez despacio. Y miró a su abuelo extrañado.

– ¿Qué viste tú, abuelo?- le preguntó una vez abajo.

– Te vi  ti.

Y ambos recogieron la escalera y se marcharon despacito. Por el mismo camino que harían juntos de nuevo cada día.

(© Fanny Tales 2013. Categoría: “Ya sé leer”).

EL CUADERNO DE CLOE

A Cloe le gustaba mucho dibujar, escribir, y pensar en las musarañas. Y en el recreo, en vez de jugar a darle patadas a la pelota, a inventar trastadas en el cuarto de baño o hacer comiditas con piedras machacadas, ella se sentaba en un rincón, sacaba su cuaderno y empezaba a mover el lápiz hacia todos los lados.

Cloe

– Siempre igual- decían sus amigas- ¿pero qué escribe todos los días en ese cuaderno?.

El cuaderno de Cloe era un cuaderno especial, que ella misma se fabricó, grapando hojas de colores. Era un cuaderno de hojas verdes, rosas, amarillas..

– Es un cuaderno mágico- les dijo un día Cloe.

Sus amigas desde entonces no pararon de pensar cómo hacer para quitarle el cuaderno.

– Ha dicho que es mágico- recordó Merceditas- Eso es porque seguro que apunta conjuros de esos de las brujas.

MerceditasRaquel

– No creo- decía Carlota, que siempre había sido mucho menos fantasiosa que el resto- Es mágico porque la tinta se volverá invisible.

-¿Invisible?- repitió entusiasmada Raquel- O quizás sea mágico porque te ayude a viajar por el espacio-

Y todas se echaron a reír.

– Hay que hacer algo para averiguarlo- dijo Merceditas.

Dicho esto, trazaron un plan. El objetivo: el cuaderno de Cloe. Claro, que no iba a ser nada fácil. Cloe no dejaba  su cuaderno ni un segundo. ¡Hasta se lo llevaba al cuarto de baño!.

– Tenemos que distraerla para poder echarle un vistazo- dijo al cabo de un rato Merceditas.

Así que al día siguiente, cuando sonó el timbre del recreo, Raquel, Carlota y Merceditas fueron corriendo hacia Cloe.

– Cloe, Cloe, ¡mira lo que hemos traído para ti!- le dijo Merceditas guiñando al resto un ojo. Y sacó una muñeca de su mochila. Una muñeca nueva, que acababan de regalarle, con cientos de accesorios y vestiditos de quita y pon.

Pero Cloe agarró fuerte su cuaderno y dijo:

– ¡Que bonita!. Pero voy a dibujar un rato.

Oh, no!..no había manera. Los días siguientes siguieron intentándolo..con cromos, dibujos e incluso una caja de bombones. Nada. Cloe no se separaba del cuaderno, y cada día que pasaba el cuaderno era más y más mágico. Más y más especial. Más y más atrayente. Y Carlota, Merceditas y Raquel se morían de rabia.

Cloe se dio cuenta de que sus amigas la seguían a todas partes. Y sonreía muy contenta de tener algo tan valioso entre las manos.

Así se pasaron las amigas todo el año, intentando sin éxito ver lo que Cloe dibujaba en su dichoso cuaderno de colores. Y el último día de colegio, cuando ya habían perdido todas las esperanzas, ocurrió lo inesperado: Cloe se acercó a sus amigas y les tendió el cuaderno garabateado.

– Os lo regalo- les dijo sin pestañear.

Sus amigas no sabían si creerlo. ¡Por fin tenían el cuaderno mágico entre las manos!. Lo abrieron impacientes, con muchos nervios. No sabían si encontrarían pócimas mágicas, letras invisibles o alguna clave para viajar por el espacio..y al abrir las hojas, comprobaron atónitas que sólo estaba lleno de..letras!!

Cuaderno Cloe

Ahí estaban sus nombres y unos cuantos corazones. Y palabras enredadas entre sí: árbol, corazón, luna, cielo..Y dibujos salpicando las palabras de color: un gato, un sol, unas flores… Y de magia, nada..

cuaderno cloe 2

– Pero…¡no es un cuaderno mágico!- protestaron las niñas.

– Sí que lo es- dijo Cloe- Aquí dentro están todas las cosas que me hacen soñar. ¡Feliz verano, chicas!.

Sus amigas terminaron aquel curso aprendiendo una sabia lección: la magia  no hay que buscarla fuera…sino dentro de las personas.

(© Fanny Tales 2013. Categoría: “Ya sé leer”).

LA PALABRA MÁS LARGA

A Mateo le encantaba jugar con las palabras.  “Bárbaro. Bata. Balón. Barca”.

“Batín. Baba. Batalla”.

– Ahora, que empiecen por “ca”- les decía a sus amigos.

– Calamidad. Caballo. Caramelo.

– Carroza. Camión. Cacatúa.

– ¡Caca!- soltaba Lucas.

Y todos a reír.

Las palabras se parecían a los acertijos. Y a él le encantaba jugar a las adivinanzas. También disfrutaba inventado palabras:

– ¡Carricocherístico!

Y todos a reír.

los amigos pensando palabras

Otras veces le preguntaba a Deo, un amigo de su padre que era viejo y sabio. Muy viejo y muy sabio. Porque Deo se sabía palabras muy raras.

– Caleidoscopio.

Y Mateo escuchaba atónito. No sabía de nadie que se supiera más palabras que Deo.

Un día se quedó pensando… ¿y si buscara una palabra larga..muyyy larga? ¡La palabra más larga!. ¡La palabra más increíble!. Tanto o más que caleidoscopio, ornitorrinco o libélula. Y propuso a sus amigos un juego:

– El que consiga encontrar la palabra más larga, gana.

Y a todos les pareció buena idea, así que se pusieron a investigar, entre todas las palabras que conocían. Marta las apuntaba en una hoja e iba contando las letras: una..dos..tres..cuatro..

Juan observaba todo alrededor y se ponía muy serio.. Carlos hasta cerraba los ojos para concentrarse.  La cosa se ponía difícil, porque sus amigos habían encontrado palabras muy largas:

– Destornillador: 14 letras- soltó Carolina

– Otorrinolaringólogo: 19 letras- dijo muy contenta Marta.

-¿Y tú, Juan?

– ¡Carcatipatrucalia!

Y todos a reir.

– Eso no vale, es trampa. Las palabra son se pueden inventar- dijo Mateo.

Y se fue triste a casa, pensando en que no encontraría ninguna palabra que realmente mereciera la pena. Ese día Deo estaba de visita. Así que aprovechó y le preguntó.

– ¿La palabra más larga?- dijo Deo asombrado- Ummm…deja que piense.

palabras

Deo estuvo un tiempo pensando. Y cuando Deo pensaba mucho arrugaba la frente y parecía aún más viejo.

– ¡Ya lo tengo!- dijo sonriendo.

Al día siguiente, Mateo llegó al colegio victorioso. Por fin había encontrado una palabra importante. Y larga, muy larga.

– Venga, dilo ya- le dijo Juan nervioso.

– ¡Deoscopidesempérides!

Y todos en silencio. Con cara de asombro. Nunca habían oído una palabra taaan rara. Ni taaan larga. Ni taaan espectacular.

– Son 20 letras-aclaró Mateo.

Y todos sus amigos le felicitaron. Sin saber si quiera qué significaba.

– ¿Un animal?- preguntó Juan.

– No

– ¿Un país?- Intentó Carolina

-No

– ¿Un hueso?

– frio frio

– ¡Un sabio!- dijo de pronto Marta.

– ¡Sí!- contestó Mateo- El sabio más sabio y más viejo del planeta: mi amigo Deo.

El timbre del recreo sonó y todos se fueron a sus clases..repitiendo sin parar entre los dientes la palabra más larga y más increíble que habían encontrado…

(© Fanny Tales 2013. Categoría: “Ya sé leer”).

EL AUTOBÚS DE MI TÍO NICOLÁS

Mi tío Nicolás es el mejor tío del mundo. Y no lo digo porque tenga una medalla de oro colgada de la pared de su cuarto. Ni porque sea capaz de hacer botar en el agua una piedra como si volara. Tampoco porque sea el más fuerte ni porque me enseñe a ganar a las cartas sin hacer trampa. Ni si quiera porque sea el que más goles mete cuando jugamos contra los primos.

Mi tío Nicolás es el mejor porque me lleva y me trae en su autobús y me enseña cientos de sitios. ¡La de aventuras que hemos vivido juntos!.

autobús

Un día me fui con mi tío a un pueblecito pequeño: Villamartin del Sil. Y se subió una señora que decía venir de Carracedelo.  La señora debía de tener miles de años, porque era muy pero que muy vieja, tenía una verruga en toda la frente y no dejaba de mirarme con cara de bruja. Y eso no fue lo peor. Lo peor fue cuando se sentó a mi lado y empezó a contarme historias de miedo. Yo nunca había visto una bruja de verdad. Esa fue la primera vez. Y la última. Espero.

Ella hablaba y hablaba y yo sólo descontaba los minutos que quedaban para llegar a mi pueblo mientras intentaba por todos los medios no mirarla a la cara.

Y ella venga a hablar y a hablar. Y yo venga a descontar y a descontar.

-Tío..¿cuánto quedaaaa?- Y mi tío callado, concentrado en la carretera.

Me dijo que vivía en una palloza. Que era una casa redonda y que su palloza estaba llena de duendes que le robaban las cosas.

¿Una casa redonda?. ¿Para qué quiere nadie vivir en una casa redonda?. ¿Dónde esconde las canicas la señora?. ¡Con lo divertidas que son las esquinas!.

Pues la bruja, la señora, llevaba una cesta de mimbre y dentro..¡sí!..¡¡un gato!!. Negro como el carbón y con unos ojos verdes que daban miedo. A mí el gato de la señora bruja no me gustó ni un pelo. Y yo creo que tampoco le gusté a él, porque era acercar la cara y pegar un bufido que podrían temblar hasta las piedras.

El gato de la señora bruja se llamaba “Salomón”. Y ella no paraba de decir..

– ¡Salomón..estate quieto!-

bruja

Ya me la imagino yo en su palloza, con Salomón subido a la ventana, preparando una pócima para transformar a su vecina Hortensia en amapola. Y es que la señora bruja no paraba de contarme lo malísima que era su vecina.  Me contó que un día que estaba tendiendo, ella fue con un cubo de agua sucia y se la tiró encima. Y para vengarse ella al día siguiente le cortó todas las rosas del jardín, que era lo que más le gustaba de su casa a Hortensia. Me contó muchas historias de estas la señora bruja, incluida una de terror. Dice que se le apareció un fantasma de esos con grillete y todo. Y que le dijo que tenía que ir a Tarazona, a visitar a un primo suyo que nunca iba a ver. Que miedo. A mi si se me aparece un fantasma de esos por la noche, me voy pitando en el autobús de mi tío lo más lejos posible.

Menos mal que al final la señora bruja se bajó en la siguiente parada, porque si no,  no sé qué hubiera pasado con Salomón y el resto de viajeros. Yo aproveché que se iba para pasarme corriendo al lado de la ventanilla. Así si venía otra bruja a contarme historias extrañas, al menos podría escabullirme mirando el paisaje.

Yo siempre que puedo, cuando voy con mi tío Nicolás, me pido ventanilla, porque me encanta mirar a las nubes y jugar a contar los árboles.

Una vez nos fuimos lejísimos, hasta un sitio que se llamaba Reims, que está en Francia. Allí la gente no entiende ni torta de español. Y por más que les decía yo “me llamo Ramón”, no había manera…

En ese viaje estuve todo el tiempo mirando por la ventanilla. Y eso que pasaron horas y horas y kilómetro y kilómetros, porque Reims, está muy lejos.

Pero era el puente de octubre y no podéis ni imaginar lo bonito que estaba todo. Las hojas de los árboles estaban tan rojas que parecía que el bosque se quemaba. Sobre todo cuando el sol se deslizaba por las copas como si se balanceara. Y es que al sol también le debe gustar jugar entre las ramas, como a mí cuando mi primo Felipe me aúpa y empezamos a tirar chinitas desde allí arribota a las primas.

– ¡¡Ramón y Felipe, nos vamos a chivar! ¡Os hemos visto!- jaja, y siempre terminaban escapando. Bueno, todas menos Angélica, que estaba tan loca como nosotros y no tardaba ni un minuto en trepar hasta la copa para pegarnos un tortazo.

A mí me gustaba subir a las ramas porque desde ahí se veía muy bien la carretera. Y de vez en cuando veía pasar a los autobuses de la empresa de mi tío. Pero el suyo sólo lo vi pasar dos veces. Sabía que era él porque siempre colocaba en el retrovisor la imagen de San Cristobal. Y bailaba de un lado a otro cada vez que pillaba una curva.

montañas

Así que el viaje a Reims se me pasó en un suspiro, pensando en todas estas cosas y contemplando el paisaje. Cuando me quise dar cuenta, ya estaba en la plaza de la estatua de Juana la Loca intentando enseñar a un tipo con boina y bigote a pronunciar bien mi nombre.

– Me llamo “Ra-món”-

– “¿Gamon?”

– Ra-móm

– Ga- món

Al final, en Reims, terminé siendo “Gamón Guiz”. Bueno, podía haber sido peor.

En Reims vi muchas vides con uvas gordotas. Y las casas eran muy bonitas.

Ahora, nada como las que vi cuando fuimos a Holanda. Aunque lo que más me gustó del viaje a Holanda fue el verde de las montañas. Sí sí: el verde. Y es que uno no sabe lo que es verde de verdad hasta que no sale de España. El verde es verde, no verde clarito, no. Y las vacas allí están gordas y son rubias. ¡No tienen manchitas!.

En Holanda nos pasó una cosa curiosa a mi tío y a mí. Bueno, y a todos los pasajeros del autobús. De hecho no sé si hasta salió en los periódicos.

Íbamos tan tranquilos, camino de Amsterdam,  y ya casi era de noche. De repente empezamos a ver luces azules a los lados. ¡Eran policías!. Y los coches policía de allí parecen de carreras. Son muy raros, porque tienen rayitas rojas y azules por todas partes. El caso es que había como tres o cuatro coches policía. Le hicieron señales a mi tío para que parara. Y él muerto de miedo. Y todos muertos de miedo. Había una señora de Villacarrillo que no paraba de decir:

– Ay Dios mío Santísimo. Ay Dios mío Santísimo….

Y otra que no paraba de llorar. Pero mi tío, asustado y todo, nos decía una y otra vez:

– Tranquilos, tranquilos, que no pasa nada, que seguro que es un malentendido.

Mi tío bajó del autobús y subieron dos policías. De repente un hombre se levantó y se lanzó contra ellos. Todo el mundo agachó la cabeza. ¡Igual que en las películas!. Pero yo no me lo quería perder, así que no le quité ojo al policía de bigote rubio. Le agarró al señor por el pescuezo y lo tiró al suelo. Y con el poco sitio que les quedaba y todo, le puso unas esposas.

Menudo revuelo se armó. Mi tío tuvo que parar en un autoservicio para que la señora de Villacarrillo se tomara una tila. Y para que alguno que otro fuera al servicio.

Nos contó que el detenido era un ladrón muy buscado en Holanda. Y que al fin habían dado con él gracias a un confidente, porque el detenido, que en realidad se llamaba Yani Van Veeldvoorde, se hacía pasar por Juanito Rodríguez en nuestro país.

Después de eso mi tío pensaba que no le iba a pasar nada más importante que contar. Pero se equivocaba. Lo más importante que le ocurrió a mi tío en su autobús, se llama Felisa. Y ahora, es mi tía.

A Felisa la conoció en un viaje a Colindres. Ella iba a ver a su familia y llevaba una maleta pequeña. Como Felisa es una despistada, le pidió a mi tío que le avisara cuando fueran a llegar. Así que se sentó muy cerquita y empezaron a hablar. Mi tío dice que hasta entonces no creía en el flechazo. Pero Felisa le dejó impactado. Así que le pidió el teléfono y esa misma noche la llamó para quedar con ella. Felisa es una tía fantástica. Sobre todo porque me trae sobaos y una tarta muy rica de queso que hace su abuela.

Dice que quiere tener un hijo como yo para que me acompañe en el autobús y demos conversación a mi tío. Así que aún me quedan muchos viajes por delante y muchas anécdotas que contar.

¿Entendéis ahora por qué mi tío es el mejor tío del mundo?.

ANDRÉS TROTAMUNDOS

Andrés soñaba con viajar: en tren, en avión..en bicicleta.. aunque fuera, en monopatín. Para imaginar que viajaba, hacía mapas con las hojas de los árboles. Las recortaba y les daba forma de países. Luego le pintaba dos ojitos y una boca a una piedra plana y jugaba a saltar de hoja en hoja.

andrés

– “yuuuuuuuuuu…acabamos de aterrizar en Verdépolis…les rogamos a los pasajeros que tengan cuidado al salir del avión”..

Y así se pasaba las tardes Andrés, saltando de hoja en hoja, de país en país. Imaginándose en lugares exóticos. Una vez incluso se construyó un cohete, porque el mayor de sus sueños, como no, era el de viajar al espacio. (Debe ser que el mundo se le quedaba demasiado pequeño). Así que cogió una caja de cartón y se hizo un casco de astronauta.

cohete

– “yuuuuuuuuu.. atención: localizada luna menguante. Prepárense para el alunizaje. Yuuuuuuuu…extraterrestre amistoso a estribor…”

Tal era su pasión que su abuelo un día le regaló su antiguo pasaporte, una libretita llena de sellos  con letras y dibujos muy curiosos de países remotos. Y el día de su cumpleaños, le compró una bola del mundo. ¡Una bola del mundo!. Andrés no podía creer lo que veía..era la cosa más bonita que jamás le habían regalado.

– guauuuu- exclamó Andrés- ¿de verdad que aquí caben todos los países?- preguntó extrañado.

– Claro que sí- contestó muy seguro su abuelo.

bola mundo

Desde entonces Andrés no dejó de admirar la bola del mundo y de hacerse planes de futuro:

– Primero iré a Groenlandia. ¿Habrá muchos pingüinos en Groenlandia?. ¿Y esquimales?. Bueno, lo mismo hace mucho frio…casi mejor que me voy a la China. Y le traigo a mamá y papá unas mandarinas..

china

Una noche, Andrés tuvo un sueño fantástico. Estaba mirando la bola del mundo cuando de repente ¡zassss!..¡¡se coló dentro!!. Y no se sabe cómo, apareció en la China. Sabía dónde estaba porque en su cole había muchos niños chinos, y el niño que tenía delante,era igualito que ellos: con la piel amarillenta y los ojos pequeñitos y alargados. Lo malo es que sólo hablaba chino, y por más que le preguntaba, no entendía ni torta.

El niño chino le enseñó una muralla enoooooorme. Pero enoooooooooorme. Tanto, que Andrés pensó que si fuera una escalera, lo mismo llegaba hasta el cielo y así se ahorraba el viaje en cohete.

Cuando terminó de ver la muralla, Andrés cerró los ojos y al abrirlos se encontró en algún país de África. Estaba seguro de que eso era África porque aquello parecía un desierto y hacía mucho calor. Además había un niño africano al que no entendía nada de nada.

El niño le hizo señas para que se escondiera detrás de unos arbustos y Andrés vio a lo lejos unos hipopótamos bañándose en un charco enorme. Eran gigantescos. Más grandes que su tío Alfonso, que tenía una tripa redonda redonda.

Andrés también vio una jirafa y unos leones. Y rinocerontes, cebras y hasta un elefante.

Pero entonces sonó un ruido espantoso: riiiiiiiiiing.

Y África se esfumó.

Acababa de sonar el despertador, y tocaba levantarse para ir al cole.

– Hasta luego!- se despidió Andrés de sus amigos, saludando según salía de su cuarto, a la bola del mundo. Estaba deseando volver para seguir viajando.

(© Fanny Tales 2013. Categoría: “Ya sé leer”)

EL OSO MISTERIOSO

A Sergio le encantaba salir al campo con sus padres. Siempre iban a una zona de la sierra muy cercana a una extraña cueva excavada en la roca de una montaña.

A él le gustaba mucho esa cueva porque se imaginaba troglodita y le entraba una risa tremenda.

Su padre le seguía el juego y decía:

-“Tendremos que hacernos con una lanza para cazar al oso de la montaña. Auuuggrrrrr”

Y se ponían a buscar palos muy largos para usarlos de lanza.

Sergio

Pero un día, Sergio entró en la cueva y descubrió unas huellas en la tierra. Tal que así: con un circulito más grande y tres más pequeños alrededor. ¡Eran las huellas de un oso!.

huellas

Sergio corrió a decírselo a sus padres. Pero su padre le aseguró que allí no había nada.

¿Nada?

Si estaba clarísimo. ¡Eran huellas de oso! De un oso grande, muy grande. ¡Seguro!.

Desde entonces, siempre que iban al campo, Sergio veía las huellas misteriosas. Pero ya no decía nada, porque sus padres eran incapaces de verlas. “Estarán un poco cegatos”- pensaba él.

Sergio decidió convertirse en explorador y buscar al oso. Metió una lupa y un cuaderno de notas en su mochila y se adentró en la cueva. Al principio estaba muy oscuro, pero poco a poco fue viendo con más claridad. Había rocas que brillaban y los sonidos de sus pisadas se oían con eco. “Espero que no haya murciélagos”- pensó.

Y al cabo de unos minutos..¡el oso!. Allí estaba, mirándole con los ojos muy abiertos. Tenía las orejas rosas y el hocico muy oscuro. Se parecía mucho a su osito Pepe, su muñeco favorito. Así que no le dio nada de miedo.

oso

– Hola- le dijo al oso.

– Hola- contestó él.

“Andaaa..¡si habla!”, pensó extrañado Sergio.

– ¿Cómo te llamas?

– Oso.

-Oso no es un nombre.

-Sí lo es.

– Jaja. Vale, Oso. ¿Y qué haces escondido?.

– No quiero que me vean. Los mayores se asustan de mi.

– Mis padres no se asustarán.

– No lo se. Hace mucho que no salgo.

– Ven conmigo.

Sergio y Oso salieron de la cueva. Y ahí estaban los padres del niño: debajo de la sombra de un pino cortando una rajita de melón. Le miraron y ni se inmutaron.

– ¿Ves?- le dijo Sergio a Oso- Te lo dije: no se asustan.

Entonces se acercaron más.

– Papá, mamá – dijo Sergio muy serio- Os presento a mi amigo Oso.

Los padres se miraron atónitos: allí no veían a nadie. Sólo a su hijo.

– Si no hay ningún Oso- le dijeron.

Vaya.. Sergio empezó a entenderlo todo. ¡Él era el único que podía ver a Oso!. Abrió su cuaderno de notas y apuntó:

“El explorador Sergio acaba de hacer el hallazgo más asombroso de la Historia: Acaba de descubrir al Oso Misterioso, una especie en peligro de extinción. Su principal característica es que los mayores no pueden verle.

Firmado: Sergio el explorador”.

cuaderno

Sergio y Oso se siguieron viendo muy a menudo. Y Oso por fin salió sin problemas de la cueva, ahora que sabía que sólo Sergio podía verle. Oso le enseñó a Sergio a cazar moscas y Sergio le enseñó a Oso a comer con tenedor.

( © Fanny Tales 2013. Categoría: “Ya sé leer”)

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DONDE VIVEN LOS HÉROES

Lunes. Otra vez al cole. David lloraba desconsolado. Para él ir al colegio era una auténtica tortura. Era el niño más tímido de la clase. Y despistado. No le gustaba que los demás le quitaran las cosas. Ni que su profesora le regañara porque no había entendido lo que había que hacer en la ficha.

david

David soñaba con ser uno de esos héroes que podían solucionarlo todo de forma tan sencilla. Spiderman, una tortuga Ninja o Superman.

Un día, mientras dormía, oyó un tintineo muy débil. Era el sonido de una pequeña campana. Abrió los ojos y vio una puerta, allí, en su armario. Y en donde antes había ropa, ahora había una escalera que subía, subía y subía y que empezó a escalar sin casi darse cuenta. Y arriba del todo, un camino, con cientos de árboles enormes a los lados. Parecía una selva, pero sin animales. Y después de andar un buen rato, vio a lo lejos una niña.

Paula

Corrió hacia ella y le preguntó. – Hola. ¿Tú quién eres?. ¿Eres un hada?-

– ¿Un hada?- se rió ella-  Que va. Me llamo Paula. ¿Y tú?

– Yo soy David- contestó él- ¿Tú sabes a dónde lleva este camino?.

– No- dijo ella- Estaba durmiendo y me despertó un sonido. Había una escalera de caracol en mi cuarto. Y subí.

– Que curioso- dijo David- A mi me ha pasado algo parecido.

Siguieron andando, esta vez juntos. Hasta que llegaron a un embarcadero. Un enano con cara de mal genio custodiaba dos barcas.

enano

– ¿Qué buscáis?- dijo con un pequeño rugido el enano de larga barba blanca. Los niños se asustaron un poco.

– No sabemos- contestó tembloroso David. Y le entraron unas ganas tremendas de llorar.

– Estas barcas son sólo para los que quieren seguir el camino- dijo el enano.

– ¿Y a dónde llevan?- preguntó Paula.

– Una no lleva a ningún lado. La otra lleva al lugar donde viven los héroes- contestó el enano.

Los niños se miraron con los ojos muy abiertos. De repente dejaron sus temores y dijeron al mismo tiempo:

– ¡Yo quiero ir!

Entonces se dieron cuenta de por qué estaban allí. Los dos querían ser héroes y harían todo lo que hiciera falta para conseguirlo.

– Tenéis que elegir una de ellas- dijo el enano.

“Oh, no”, pensaron los niños. Qué difícil era elegir. ¿Y si se equivocaban?. Nunca llegarían al país de los héroes. Además las dos parecían iguales.. Pero había que arriesgarse, así que entre los dos eligieron una. El enano les ayudó a subir a una de las barcas. Pero el viaje no fue tan tranquilo como ellos pensaban. De repente el agua comenzó a formar un remolino gigante y la barca se zarandeaba de un lado a otro. Paula y David se agarraron muy fuerte y cuando el agua comenzó a inundar la barca, se ayudaron con las manos para sacarla deprisa. Después de aquel remolino llegó una tormenta. Los truenos eran tan fuertes que el cielo parecía que se iba a romper en dos. – Si cantamos se nos pasará el miedo- dijo Paula. Recordó lo que su madre le decía cuando había rayos y truenos.

Y los dos cantaron y cantaron hasta que volvió a salir el sol. Entonces llegaron hasta una orilla y siguieron  por el camino de arena. Pero el camino terminaba en un puente de maderas rotas. Y no había otra forma de seguir  que atravesándolo. Así que los dos niños se armaron de valor y empezaron a cruzarlo despacito.

– No mires abajo- dijo David. Y por increíble que parezca, los dos pasaron el puente. Y siguieron andando. Hasta encontrarse con un grupo de niños que taponaban el camino con sus bicis.

– ¿Nos dejáis pasar?- dijo Paula.

– ¿Estáis locos?. Ni hablar. Es nuestro camino.

– Es que tenemos que pasar- insistió David.

– No- volvieron a decir los niños.

David se acordó de todos los malos ratos que le hacían pasar en el cole. Pero esto no era el cole. Aquí era distinto. Tenía que llegar hasta el lugar donde viven los héroes. Y él quería ser un héroe.

– Pues vamos a pasar- Y dando un empujón al jefe del grupo, pasó. David se quedó sorprendido. Al mirar para atrás vio que los niños ya no estaban. Se habían esfumado. – ¡Mira!- dijo Paula. Y señaló a lo lejos, porque se veía un resplandor precioso. Como un pequeño sol. Los niños corrieron. Por fin iban a conocer el país de los héroes. Y se pararon en seco. Allí, en medio del camino, sólo había dos espejos altiiiisimos. Y allí, en medio del camino, sólo estaban ellos. Pero los dos sonrieron al ver su reflejo.

Super PaulaSuper David

(© Fanny Tales 2013. Categoría: “Ya sé leer”)

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MARGARITA LAGARTIJA

Cada vez que la profesora llegaba al pasar lista a Margarita..se hacía un gran silencio en la clase. Y ella contestaba en voz alta: – “¡Lagartija!”- Pero nadie se atrevía a decir ni “mu”. Ni siquiera se reían. Tenían muy asumido que Margarita era para todos “Margarita Lagartija”.

Margarita El mote se lo puso ella misma porque le encanta trepar por los árboles y buscar lagartijas para encerrarlas en un bote, arrancar las flores y tirar de la coleta a Lucía, la niña más guapa de la clase. Y como Margarita era un tanto traviesa, nadie se atrevía a jugar con ella. Terminaba jugando sola en su árbol favorito, ese en donde antes había un columpio que ella misma rompió de tanto dar saltos y más saltos encima.

2013-05-27-11-16-11_deco Margarita se lo pasaba pipa haciendo de rabiar a todos. Les quitaba la goma de borrar en clase y la tiraba por la ventana. Y cuando la profesora preguntaba qué pasaba, ponía cara de buena y listo. También les desabrochaba los cordones de los zapatos a los chicos sin que se dieran cuenta. No había manera. A Margarita Lagartija lo que le divertía era reírse de todos, aunque terminara haciendo llorar a alguno. Pero Margarita Lagartija en el fondo, muy en el fondo, se sentía sola. Y muchas veces terminaba junto a su árbol favorito dando pataditas a las piedras. Cuando se le terminaban las travesuras, ya no tenía nada que hacer. Un día llegó una niña nueva a clase. Se llamaba Julia. Los demás niños le advirtieron: -Ten cuidado con Margarita: es un bicho.- Pero a ella su mamá siempre le había dicho que había que conocer a las personas para saber si te gustan o no te gustan. Así que no hizo mucho caso.

Julia Julia se sentó al lado de Margarita en clase. Y Margarita se extrañó de que alguien quisiera compartir pupitre con ella. Al principio no le gustó ni un pelo. Pero pronto comprobó que Julia no le tenía ningún miedo. Si tiraba una goma de borrar, ella le acercaba otra. Si desataba los cordones de los zapatos de Pablete, ella le decía al niño: – “Pablo, se te han desatado los cordones. ¿Te ayudo a atártelos?”. Y cuando Margarita se iba a su árbol a arrancar flores, Julia la seguía, y con las flores arrancadas hacía un ramillete precioso y se lo llevaba a casa. Margarita nunca había sentido nada igual. ¡Por fin alguien que la entendía y no la regañaba ni la tenía miedo!. A partir de entonces descubrió que era mucho mejor tener amigos. Aprendió mucho de Julia y de los demás niños. Y decidió compartir su árbol con todos. Volvieron a colocar un columpio nuevo y esta vez duró mucho pero que mucho tiempo.  Eso sí, siempre siguió llamándose Margarita Lagartija. Hay cosas, que por mucho que intentemos olvidar, quedan escritas en nuestro diario para siempre.

(© Fanny Tales 2013. Categoría: “Ya sé leer”).

VERDEMOCO

Tinín era un dragón chiquitín, verde y muy tímido. Cuando nació, sus padres dijeron al verlo: -¡Que chiquitín!.Se llamará “Tinín”.

Pues Tinín vivía en el país de los dragones. Los había de todas las clases y colores: dragones alados, sin alas, azules, temibles, grandotes, con garras y hasta con una larga barba.

¿Y sabéis cual era su juego favorito?. ¡El “lanza fuegos”!. Se ponían todos en fila y contaban hasta tres:

– Uno, dos y tres..- Y todos escupían fuego a la vez. El que conseguía achicharrar más tréboles, ganaba.

Pero Tinín prefería jugar a otras cosas y se escondía entre los árboles para recoger hojas, contar hormigas o tirar piedras al rio.

Pasaron los años y Tinín se hizo mayor, pero seguía sin crecer. Los demás dragones se burlaban de él. Más aún cuando se dieron cuenta de su gran problema: ¡Tinín no sabía escupir fuego!. Cada vez que lo intentaba, en vez de fuego, le salía agua.

verdemoco

Decididamente, Tinín era un dragón especial. Por si eso fuera poco, el color de su piel se había oscurecido, y los demás dragones comenzaron a llamarle “Verdemoco”.

– ¡Verdemoco apagafuego! ¡Verdemoco apagafuego!- gritaban todos, burlándose de él.

Un día Tinín decidió irse de allí. Cogió un hatillo con algo de ropa y comida y se alejó. Y anduvo, anduvo y anduvo por caminos de arena, por montañas muy altas y hasta navegó por el mar hasta llegar a un pueblecito rodeado por campos de trigo y amapolas.

Verdemoco no había visto nunca nada tan hermoso, así que decidió quedarse allí.

En ese pueblo hacía mucho calor. Menos mal que Verdemoco sabía escupir agua. ¡Era un alivio!.

Pero a pesar de que se intentaba esconder muy bien, un día le descubrió una niña.

verdemoco y niña

¡Menudo susto se llevó Verdemoco!. Ahí delante de sus narices estaba ella, con los ojos como platos y la boca muy abierta. Ninguno salió corriendo. Y ella le preguntó:

– ¿Eres un dragón?.

– Sí- contestó él- Me llamo Verdemoco.

Y la niña se rió.

-¿Verdemoco?. Yo me llamo María.

María y el dragón se hicieron muy amigos. Jugaban cada día en el campo de trigo. La niña le presentó a sus amigos y Verdemoco estaba encantado. Allí nadie se reía de él. Es más: ¡le adoraban!.

El problema llegó cuando María le llevó a casa y se lo presentó a sus padres.

– ¡aaaaaaaaaaaaaaaaah!- gritó la madre asutada.

El padre de la niña le echó de allí. Y Verdemoco volvió triste a su rinconcito del campo de trigo para esconderse.

Entonces ocurrió algo fantástico: las campanas de la iglesia se pusieron a sonar como locas. Un hombre gritó:

– ¡¡fuegoooooo!!!

La gente del pueblo corría de un lado a otro despavorida, con cubos de agua que se iba cayendo por el camino.

Verdemoco vio a lo lejos humo. ¡Venía de la casa de María!. Sin pensárselo dos veces se fue corriendo hacia allá. Y os podéis imaginar: algunos al verle salían huyendo y otros se quedaron petrificados en el sitio, sin poder moverse.

Verdemoco cogió mucho aire y escupió escupió y escupió hasta quedarse sin agua. El fuego se apagó y la gente del pueblo se quedó callada. Después comenzaron a aplaudir y a llenarle de besos.

El alcalde del pueblo, don Casimiro, le nombró hijo predilecto y María se quedó con él como mascota.

Verdemoco por fin encontró un lugar donde ser feliz.

(© Fanny Tales 2013. Categoría: “Ya sé leer”).

EL DIENTE DE LEÓN

Laura soñaba desde muy pequeña con ser pintora y poder atrapar el cielo. Antes de echar a andar, aprendió a pintar. Era su manera de correr sin moverse. Porque pintando, podía viajar y si cerraba los ojos, podía ver colores que sólo existían en su mente. Laura lo pintaba todo: pintaba en las hojas, en el suelo, en la pizarra que le compró su madre, en las servilletas de papel y hasta en la pared, porque para ella era un lienzo enorme que la llamaba por su nombre. También pintaba en las baldosas de la calle, con tizas de colores que se llevaba el agua de la lluvia. Y en la arena, sólo necesitaba un palo para crear un castillo rodeado de estrellas. Así que a nadie le sorprendió que con tres años cogiera los pinceles y jugara a ser Velázquez. Ni que con cuatro quisiera apuntarse a clases de dibujo. A Laura le encantaba pintar arcoíris. Los pintaba en todos sus dibujos, porque adoraba los colores. También le gustaba pintar flores, escuchar al viento y contemplar las nubes. Y cada año esperaba impaciente la llegada de la primavera, porque con ella llegaba su flor favorita: el diente de león. Laura soplaba con todas sus fuerzas para pedir un deseo. Y luego observaba cómo se lo llevaba el viento al país de los deseos, un lugar muy lejano en donde imaginaba que alguien los iba archivando para que no se perdieran.

laura flor

Y soplaba un diente de león, y otro y otro más. Un año y otro año. Y siempre pedía el mismo deseo. Cuando aprendió a escribir, con cinco años, escribió el deseo que pedía a los dientes de león en una hoja y lo guardó en una cajita. – Seguro que pide ser una gran pintora de mayor- pensaba su madre. Pasaron los años y Laura siguió pintando arcoíris, flores y montañas. Y pidiendo deseos. Hasta que se hizo mayor y empezó a pintar cuadros y más cuadros.

Sin saber muy bien cómo, de pronto se vio organizando su primera exposición. Su madre estaba orgullosa de ella y Laura, muy nerviosa. Todo salió perfecto y vendió tres cuadros. Uno de ellos, de un diente de león al atardecer, en primavera. Su madre recordó la pasión de su hija por esa flor y los deseos que cada año le pedía. – ¡Se ha cumplido tu deseo!- le dijo. – Sí- contestó ella. Y tras la inauguración de la exposición, cada una se fue a su casa. La madre de Laura se acordó de la cajita de los deseos y la buscó en el trastero. Allí estaba: era una caja pequeña, con forma de corazón y el nombre de su hija escrito por ella, con las letras en minúscula menos una A en mayúscula. Así: “lAura”. Y sacó el papel donde  había apuntado su deseo. A la madre de Laura se le escapó una lágrima de emoción. Se había cumplido su deseo, pero no era el que ella pensaba. Guardó la nota y en ese momento se sintió la persona más feliz del mundo. La nota decía, con letra infantil: “Deseo que cuando sea una pintora famosa mi madre esté a mi lado”.

(Fanny Tales 2013. Categoría: “Ya sé leer”)

EL LADRÓN DE SUEÑOS

Noa cogió su bolsa de sueños, como cada atardecer. El sol estaba a punto de ocultarse. Hoy tenía sueños de todos los colores: cielos estrellados, bosques del color de la esmeralda, playas infinitas y montañas vestidas de silencio.

Tenía sueños de carreras, de risas, de chocolate. Y muchos sueños de nubes de algodón. Y aunque sus sueños eran menudos, hoy tenia la bolsa llena.

– Bien, es la hora- dijo antes de salir volando.

Hada Noa

Su primera parada era la casa de Azucena, una niña a la que le encantaba bailar. Así que rebuscó en su bolsa hasta encontrar un sueño de ballet y se fue de puntillas.

A Daniel le entregó su sueño de caballos sin jinetes y a Miguel uno de coches.

A Margarita le encantaba soñar con sus juguetes y a Carmencita con el mar.

Y así pasó Noa toda la noche, de aquí para allá, descargando su bolsa en forma de suaves y mullidos sueños.

Sólo temía encontrarse con Oto, un ogro orejudo que le tenía tanta manía, que la iba persiguiendo, transformando todos sus sueños en pesadillas. Oto era enorme, y muy feo. Tenía unos ojos pequeños y unas garras muy afiladas. Lo peor de todo es que era capaz de meterse en sus sueños para arrojar alguna bruja, un troll, unas sombras y cientos de ruidos extraños.

Oto

Hoy al menos, no se había topado con Oto, pero en cambio vio a lo lejos una sombra entrar en la casa de Azucena.

Noa se acercó despacito y miró por la ventana sin que la vieran. Pero..¿quién era ese? ¿qué estaba haciendo?. Era pequeño y llevaba una caña de pescar.

– ¡Es un ladrón de sueños!.

Ladrón de sueños

Noa se asustó mucho. Decidió seguirle y vio como se llevaba dos, tres y hasta cuatro sueños más. Al final el hombrecillo se fue dando saltitos, de tejado en tejado, hasta una buhardilla oculta entre las nubes. Allí guardaba los sueños robados.

El ladrón de sueños salió de la buhardilla, se tumbó en una nube y se echó a dormir.

Noa se acercó y le susurro al oído:

– Devuelveloooos.

El ladrón de sueños apenas se inmutó. Pegó un suspiro y siguió durmiendo. Y Noa insistió:

– ¿Para qué los quieres?.

Y el ladrón de sueños venga a roncar, dormía y dormía sin parar.

Noa decidió esperar al amanecer.

Cuando el ladrón despertó, se pegó un susto tremendo.

– ¿Y tú quién eres?- le preguntó al hada.

– Esos sueños que tú robas, son míos- le contestó el hada.

– No son tuyos. Los robé a unos niños.

– Yo se los di.

– Pues los tomé prestados.

– No se los pediste.- Noa se enfadó aún más. – ¿Por qué se los robas?.

– Los necesito.

– ¿Coleccionas sueños?.

– Sí.

– ¿Y qué haces con ellos?.

– Los escribo.

Noa supo que no iba a conseguir más. Se dio la vuelta y regresó a su casa. Desde entonces entendió que hay tres tipos de sueños: los que recordamos, las pesadillas de Oto, y los sueños que tuvimos y alguien nos robó para escribir.

(©2013 Fanny Tales. Categoría: “Ya sé leer”)

JORGITO CAZADRAGONES

Jorgito soñaba con ser un valiente caballero. De esos de lanza en mano y escudo brillante. Soñaba con tener un corcel blanco. Y en recorrer todos los reinos en busca de hazañas. Y en matar dragones. Sí, dragones. Con eso soñaba…

Pero de momento, Jorgito se tenía que conformar con ser el escudero de un caballeo andante tozudo y vanidoso. Se llamaba Sigfredo. Lo que Jorgito tenía de bueno, su amo lo tenía de fanfarrón. Se pasaba el día contando batallitas. Y todas ellas, inventadas.

Una noche de primavera Jorgito salió a contemplar las estrellas. De repente una de ellas cruzó el cielo de parte a parte. Y Jorgito cerró los ojos muy fuerte y pidió un deseo.

– Deseo..deseo..¡convertirme en el caballero más valiente de la tierra!.

Al abrir los ojos la estrella ya no estaba. A Jorgito se le escapó alguna lágrima. Le gustaría creer en los deseos, pero en el fondo sabía que nunca se haría realidad. Él era pequeño. No era príncipe, ni duque… Y al darse la vuelta para irse a dormir..¡¡plaff!!..¡¡menudo tortazo!!. Se tropezó con algo y se dio de bruces en la arena.

– ¿Qué es esto?- dijo en alto recogiendo un libro del suelo- ¿Quién lo habrá perdido?.

Era un libro muy bonito. De pastas rojas y hojas..¡¡en blanco!!. Jorgito decidió guardarlo en su bolsa y se fue a la cama.

Al día siguiente, un estruendo tremendo le despertó de golpe. ¡Era la comitiva real!.

Se vistió deprisa y fue a ayudar a su amo. Al salir de la casa vieron a un hombre alto y elegante que sostenía una carta. Sigfredo la cogió y la leyó en voz baja.

– De acuerdo- le contestó al mensajero real.

Y cuando entraron en la casa, se puso a llorar.

– Señor, ¿qué le pasa?- preguntó Jorgito.

– ¡El rey me ordena matar al dragón de las alas azules! ¡Es imposible! ¡Es enorme! ¡No podré matarle!. Pero si no lo hago..me quitarán el título de caballero..¡tienes que ayudarme, Jorgito!.

– Claro que sí, mi amo- Y Jorgito esa noche volvió a soñar y a soñar con dragones y aventuras y hermosos parajes.

Al día siguiente, Sigfredo y Jorgito se fueron hacia las montañas, en busca del dragón de las alas azules. Sigfredo no paraba de temblar. Tardaron casi tres días en llegar al pico de la cumbre oscura. Según subían más y más, el día desaparecía y todo se llenaba de una espesa niebla. Y al fin lo vieron: en lo alto del pico, con sus alas azules y enormes y los ojos amarillos.

2013-04-22-11-09-19_deco

– Grrrraaaaauuuuu- rugió el dragón. Y Sigfredo salió huyendo. Jamás le había visto Jorgito correr tanto. Pero él se quedó ahí muy quieto. Y cuando el dragón le escupió fuego, Jorgito sacó de su bolsa el libro que encontró en el suelo y lo usó de escudo. Con todo, le dio tiempo a pensar:

– Oh, oh..me va a achicharrar…

Pero de repente el libro hizo que el fuego rebotara y volviera al dragón. Cuando Jorgito quiso mirar, sólo vio un enorme dragón chamuscado. Y al abrir el libro, las hojas se habían llenado de hazañas..¡¡con su nombre!!.

Jorgito regresó feliz, con la cabeza del dragón, y se la llevó al rey.

– ¡Jamás nadie había conseguido librarse de este dragón!- le dijo el rey entusiasmado- ¿Cómo lo has conseguido?.

– Con un libro, majestad- contestó algo avergonzado Jorgito.

– ¿Con un libro?- respondió incrédulo el rey.

Entonces Jorgito le entregó al rey el libro y éste vio la cantidad de aventuras que se narraban sobre él.

Después de pensar un rato, dijo dirigiéndose a todo su pueblo:

– A partir de hoy, 23 de Abril, todos los habitantes se regalarán un libro para recordar el día en que el caballero Jorge consiguió librarnos del dragón más temible gracias a su valentía.

Y así se hizo.

(©2013. Fanny Tales. Categoría: “Ya se leer”)

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