Cuento por encargo: ‘El reino de las margaritas’

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Érase que se era un reino muyyyyyy lejano. Tan, tan lejano como la luna y el sol. Y como las estrellas, las nubes y los arcoíris. Por eso allí sólo se podía ir en popete, un cohete especial de color verde y un sombrero de rayitas al que le encantaba salir de paseo.

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Y en ese reino tan lejano, claro, había un rey. Bueno, en este caso, una reina. La reina se llamaba Eva y vivía con su hermana Vero y su fiel escudera: Patricia.

Eva era una reina buena y cariñosa. Le gustaba mucho leer, por eso su castillo estaba lleno de libros.

En el país de Eva, todo era diferente. Los árboles no daban manzanas, sino cuentos. Y cada vez que se acercaba una tormenta y caía una tromba de agua, el reino de llenaba de letras de colores. Y era un auténtico caos, porque se mezclaban con las flores, todas rojas, azules, violetas y naranjas, y luego era la mar de difícil recoger las letras del suelo.

llueven letras

Pero Eva no era feliz. Ni tampoco Vero. Ni Patricia. Se sentían un poco solas. Tenían miles de letras almacenadas y no podían compartirlas con nadie.

Un día Eva tubo una idea: mandaría en popete a su hermana y a Patricia en busca de otros reinos. Así les podrían invitar a quedarse una temporada con ellas.

A Vero y a Patricia les pareció una excelente idea, así que se subieron en popete y se lanzaron en busca de nuevos reinos.

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El primero al que llegaron era un reiino muy oscuro. En él vivía un rey fanfarrón y vanidoso. Creía saberlo todo, y no tardó ni tres minutos en echarlas de allí.

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Vero y Patricia se fueron asustadas. No les había gustado nada ese rey tan poco hospitalario.

El segundo reino al que llegaron, parecía bonito. Tenía lindos colores y cientos de mariposas volaban libres por el cielo. Pero su reina era la más egoista de todos los reyes, y nada más verlas, escondió mariposas, flores y libros para que ni siquiera no puedieran mirarlos.

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Vero y Patricia se fueron muy tristes de allí.

Desesperadas, Vero y Patricia estuvieron a punto de darse media vuelta, cuando de repente vieron algo realmente asombroso: a lo lejos se podía ver con toda claridad, un reino con una enorme montaña blanca. Pero no era nieve lo que la cubría, sino.. ¡margaritas!

Miles y miles de margaritas, desde el pie de la montaña hasta lo más alto de la cima.

Arriba del todo, un castillo, y sobrevolando el castillo, seis enormes dragones.

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– Vero- le dijo Patricia- ¿Tú tienes miedo de los dragones?

– ¿Yo?- cntestó Vero asombrada- ¡Ninguno!

Y allá que se fueron las dos en popete, impacientes por visitar aquel extraño reino.

Al llegar, los dragones salieron a su encuentro.

– ¿Qué venís a buscar?- les preguntaron.

– Venimos a invitaros a nuestro reino.

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Los dragones se miraron extrañados. No solían tener visita. Todo el que llegaba hasta allí, se daba la vuelta muerto de miedo. Pero esas dos chicas tan raras no parecían estar asustadas.

– Venid con nosotros. Os llevaremos hasta el castillo. Allí conoceréis a nuestros reyes.

– ¿Reyes?- preguntaron las dos al unísono.

– Sí- contestaron los dragones- Son seis.

Vero y Patricia no podían creer lo que veían: los reyes eran… ¡niños!

Claire, Gabriela, Sonia, Adrián, Sergio y José, se quedaron tan asombrados como ellas. Nunca antes había visto a dos chicas en cohete. Bueno, nunca antes habían visto personas más mayores que ellos.

Vero y Patricia se presentaron y les explicaron por qué estaban allí.

Los niños se miraron y aplaudieron. ¡Les pareció una excelente idea!

– ¿Iremos en cohete?- preguntó Sergio- Yo prefiero los trenes, pero no me importa montar en Popete.

– Yo quiero ir la primera- dijo Sonia.

– Pero, ¿cabemos todos?- preguntó Adrián.

– Que sí, que sí, no os preocupéis- les aclaró Patricia- Es un cohete especial. POdéis subri todos.

Y todos se subieron, no sin coger antes un buen manojo de margaritas para llevar de regalo al reino de las letras.

José, Adrián, Sonia, Claire, Sergio y Gabriela, abrieron mucho, pero muuucho los ojos al llegar allí. Jamás ahbía visto un reino tan bonito. Con árboles llenitos de cuentos y letras de colores esparciadas por el suelo.

Les gustó tanto, que decidieron quedarse una buena temporada. Por fortuna sus dragones habían venido con ellos.

Eva plantó las margaritas que trajeron, y también su reino se llenó de flores blancas.

– Me encanta este reino- gritó José dando brincos entre las flores.

– Y a mi Popete- dijo Sergio.

– Yo quiero aprender a leer- dijo Claire cogiendo un cuento del árbol.

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Eva por fin se sentía feliz. Es justo lo que quería: compartir su reino con reyes de ojos abiertos y corazón bondadoso.

Desde entonces, su reino de las letras abrió sus puertas a reyes como ellos, y  aprender se convirtió en algo muyyyy divertido.

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 ( © Fanny Tales 2014. Categoría: ‘Cuentos por encargo’)

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Cuento por encargo: ‘Las zapatillas de Carolina’

Carolina miraba de refilón el marcador de la pared. El tiempo avanzaba deprisa y los números seguían sin moverse. Tres puntos. Sólo tres puntos les separaban del empate. Pero el silbato del árbitro truncó las posibilidades de remontar de su equipo. Otra vez volverían a casa con la cabeza gacha. Era el segundo partido que perdían.

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Carolina se quitó la ropa en el vestuario y tiró una de sus zapatillas contra la pared, con tan mala suerte que al rebotar aterrizó en el cubo de la fregona.

– ¡Aaaaaaaaaaag!- exclamó María al verlo- Carolina, que asco, si el agua está negra.

Nada podía ir peor. Carolina rescató su zapatilla con ayuda de un montón de papel de periódico, pero ahora estaba sucia y olía fatal.

Al llegar a casa, se encontró con su abuelo, Tiodo, que venía de visita. A Carolina le encantaba ver a su abuelo. Se sabía un montón de historias raras y le contaba batallitas de cuando era joven. Se reía mucho con él, así que en ese momento le venía fenomenal que estuviera allí.

– ¡Abuelo!- le dijo Carolina abrazándole.

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– Uy, uy, uy – dijo meneando la cabeza Tiodo- A mi me da que a ti te pasa algo raro.

– Buenoooo- comenzó a balbucear Carolina.

No había manera de engañar a su abuelo Tiodo. Se las sabía todas. Además Carolina era como un libro abierto, y en seguida se podía

ver si estaba triste, enfadada, contenta o aburrida.

– Es que hemos perdido otra vez, abuelo- contestó al fin bajando los ojos.

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– ¡Pero bueno! – se enfadó su abuelo- ¿Y eso qué? ¿Te vas a venir abajo por esa tontería?

– Ya… y además se me ha caído la zapatilla en un cubo de fregar…

Su abuelo ya no pudo más y se echó a reír.

– Ja, ja , ja… Perdona, pero eso sí que tiene gracia. Vaya, que no es tu día. Bueno, pero no pasa nada, ¿no? Se limpia la zapatilla y listo.

– Pero… es que está hecha un asquito. Y huele muy mal. Yo creo que en el cubo ese había…

– ¡Caca de la vaca!- contestó entre risas su abuelo. Y los dos se echaron a reír sin poder parar- Bueno, no te preocupes, que tu abuelo Tiodo te acompaña ahora mismo a comprar otras zapatillas de baloncesto. Y ya verás como estas te traen suerte.

A Carolina se le iluminaron los ojos.

– ¿Puedo ir?- les preguntó a sus padres.

– Claro, ir, ir- contestó su madre Mari Carmen.

Carolina iba feliz junto a su abuelo. Ya se le había pasado el disgusto y todo. ¡Unas zapatillas nuevas! Ya se imaginaba la cara de sus compañeras, sobre todo la de Carmen, que era algo envidiosilla.

– Abuelo, ¿y dónde vamos?- preguntó Carolina.

– Ah, ya lo verás- contestó su abuelo con una enigmática sonrisa.

Y al cabo de unos minutos, llegaron hasta una tienda de antigüedades muy pequeña que había junto a una librería. Carolina nunca había visto esa tienda antes. Es más, estaba segura de haber entrado en la librería y no haberse do cuenta de ue a su lado había una tienda llena e cachivaches y demás objetos raros.

– Pero abuelo, ¿esta tienda desde cuándo está aquí?

– Desde siempre

– Pero no es una zapatería

– No

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Y sin decir más, entraron en la tienda. Era un local pequeño, bastante oscuro. Olía a viejo, y había polvo por las estanterías repletas de extraños artilugios. Al fondo del todo, un mostrador lleno de papeles y un teléfono antiguos, de esos que Carolina había visto en el álbum de fotos de su madre, de cuando era pequeña. Tenía un círculo en el centro y números del 0 al 9.

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Carolina se aguantó la risita, porque en ese momento se imaginaba a su madre con enorme teléfono a cuestas, andando por la calle y con un cable larguísimo atado a su bolso.

– ¿De qué te ríes?- le preguntó su abuelo.

– De nada, de nada

Entonces apareció a su lado un hombre muy viejo, tan viejo o más que su abuelo, con una larga barba y gafas pequeñas y redondas. Carolina pegó un salto. ¡Menudo susto!

– Hombre, Tiodo, cuánto tiempo sin verte… – Y el hombre más viejo abrazó a su abuelo de forma efusiva, dándole tres golpecitos en la espalda.

– ¡Casimiro! Mucho tiempo, sí. Pero mira, aquí estoy con mi nieta. Se llama Carolina.

Y el señor viejo viejísimo se ajustó las gafas para mirar de cerca a Carolina.

– Pues a ti no ha salido, que es muy guapa…

– Ja, ja, ja- rió el abuelo de Carolina- Si yo era muy buen mozo, Casimiro, que es que ya ni te acuerdas.

– Bueno, bueno, ¿y qué necesitas, Tiodo?

– Necesito algo para mi nieta: unas zapatillas de baloncesto. Especiales, ya sabes- Y Tiodo le guió un ojo a su amigo.

– Claro, claro, si aquí tenemos de todo. A ver, voy a buscar bien en el baúl- Y Casimiro desapareció tras una puerta pequeña. Pasaron unos cuantos minutos y al rato volvió con unas zapatillas en las manos.

– Pero…- se atrevió a decir Carolina- ¿Cómo sabe mi número? Si no se lo he dicho.

– Casimiro lo sabe todo- le dijo su abuelo.

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Eran unas zapatillas preciosas, blancas, con tres pequeñas estrellas de color azul en el lateral. Carolina se las probó y le sentaban como un guante.

– ¡Me quedan muy bien! gritó entusiasmada.

– Perfecto. Casimiro, dinos cuánto cuestan que nos las llevamos- dijo Tiodo.

 

– Pero Tiodo, que somos amigos. Este un regalo para tu nieta. Le van a dar mucha suerte- Y ahora Casimiro le devolvió el guiño a su abuelo.

Carolina salió feliz de aquella pequeña tienda. Estaba deseando probar sus zapatillas. Al llegar a casa, fue corriendo a enseñárselas a sus padres. Y al día siguiente, aunque no tocaba entrenamiento, las llevó a clase para enseñárselas a todas sus amigas.

– ¡Que chulas!- dijo Teresa- ¿Dónde las has comprado? Yo quiero unas igual que esas.

– En una tienda de antigüedades que hay junto a la librería- contestó Carolina.

– ¿De antigüedades? ¡Pero si al lado de la librería hay una óptica!

Carolina la miró extrañada. ¡Pero si había ido con su abuelo! ¡No podía ser una óptica!

Estaba segura de que Teresa estaba equivocada. No le dio mayor importancia y se pasó todo el día pensando en el sábado. Estaba deseando jugar su tercer partido.

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Al día siguiente, Carolina se volvió a llevar sus zapatillas nuevas al colegio. Tenían que ensayar un baile para final de curso, así que decidió estrenarlas para bailar en el patio. Es cuando empezó a darse cuenta de que esas zapatillas no eran normales. Los saltos le salían perfectos. Los movimientos, cronometrados.

– Jo, Carolina, se nota que has ensayado mucho en tu casa. ¡Te sabes toda la coreografía!- le decían sus amigas.

Carolina volvió aquel día a casa con la extraña sensación de que el sábado sería un día importante. Y llegó, llegó el sábado y ella no podía estar más nerviosa. Se jugaban mucho en este tercer partido. Y el entrenador iba a sacarla desde el principio. ¡Desde el principio!

Fue pisar la cancha, y todo a su alrededor pareció empequeñecer, como si se hiciera diminuto. Las chicas del equipo contrario de pronto eran bajitas. La canasta estaba a su altura. Cada vez que llegaba a ella, encestaba como si nada. Una multitud de personas enanitas aplaudían y gritaban su nombre sin cesar. Al final del partido, su equipo ganó y todos la felicitaron. Pero Carolina seguía sumida como en un sueño. Miraba una y otra vez a las gradas, para comprobar si las personas que estaban allí seguían siendo pequeñas o no. Y resulta que nada más sonar el final del partido, todo volvió a recuperar su tamaño.

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Carolina se sintió rara. Feliz por haber ganado, pero un poco mareada y totalmente desconcertada. Decidió dejarlo pasar y esperar al siguiente partido. Pero entonces volvió a ocurrir lo mismo. Y al siguiente también. Y el quinto partido. Y Carolina se convirtió en una

estrella. Apenas fallaba canastas. Entonces comprendió que aquellas zapatillas tenían la culpa de todo. ¡Eran mágicas!

Carolina se sentía mal. No le gustaba hacer trampas. Así que llamó a su abuelo y le dijo que quería ir a verle. Y al llegar a su casa, le enseñó las zapatillas. Su abuelo entendió que ya sabía todo.

– Bueno, una ayudita de vez en cuando…- dijo su abuelo.

– No, abuelo. Una ayudita sí, pero no esto. Yo te agradezco mucho que quieras verme ganar. Pero quiero hacerlo por mí misma, sin trucos.

– Tienes razón. Ya eres toda una señorita. ¡Piensas como los mayores! – Y el abuelo Tiodo cogió las zapatillas y las metió en una bolsa.

– Venga, vamos a la zapatería y te compro otras.

– Normales- añadió Carolina.

– Normales- repitió su abuelo.

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A la semana siguiente, Carolina acudió al último encuentro de la temporada. Se puso sus zapatilla nuevas y salió a la cancha. El público coreaba su nombre. El árbitro señaló el comienzo del partido y Carolina volvió a mirar la canasta. ¡No se había hecho pequeña! Por fin, Carolina tenía la oportunidad de demostrar que podían ganar entre todas. Ese día Carolina pasó mucho la pelota. Intentó encestar todo lo que pudo. Algunas entraron, otras no, pero en cada intento se sentía más y más feliz. Más y más fuerte. Al principio el público se extrañó de que no se llevara todos los rebotes. De que pasara la pelota insistentemente a sus compañeras. Pero aquello funcionaba. El equipo jugaba, lo intentaban, y al final consiguieron ganar, por los pelos, perro con humildad y mucho esfuerzo.

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Carolina felicitó a sus compañeras. Habían ganado. Todas. no necesitaba zapatillas mágicas.

Al volver a casa se fijó en la pequeña tienda que estaba junto a la librería. Era una óptica. Carolina rió para sus adentros pensando en su abuelo y en la cantidad de cosas que le faltaban por contar.

(© Fanny Tales 2014. Categoría: ‘Cuentos por encargo’)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL AUTOBÚS DE MI TÍO NICOLÁS

Mi tío Nicolás es el mejor tío del mundo. Y no lo digo porque tenga una medalla de oro colgada de la pared de su cuarto. Ni porque sea capaz de hacer botar en el agua una piedra como si volara. Tampoco porque sea el más fuerte ni porque me enseñe a ganar a las cartas sin hacer trampa. Ni si quiera porque sea el que más goles mete cuando jugamos contra los primos.

Mi tío Nicolás es el mejor porque me lleva y me trae en su autobús y me enseña cientos de sitios. ¡La de aventuras que hemos vivido juntos!.

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Un día me fui con mi tío a un pueblecito pequeño: Villamartin del Sil. Y se subió una señora que decía venir de Carracedelo.  La señora debía de tener miles de años, porque era muy pero que muy vieja, tenía una verruga en toda la frente y no dejaba de mirarme con cara de bruja. Y eso no fue lo peor. Lo peor fue cuando se sentó a mi lado y empezó a contarme historias de miedo. Yo nunca había visto una bruja de verdad. Esa fue la primera vez. Y la última. Espero.

Ella hablaba y hablaba y yo sólo descontaba los minutos que quedaban para llegar a mi pueblo mientras intentaba por todos los medios no mirarla a la cara.

Y ella venga a hablar y a hablar. Y yo venga a descontar y a descontar.

-Tío..¿cuánto quedaaaa?- Y mi tío callado, concentrado en la carretera.

Me dijo que vivía en una palloza. Que era una casa redonda y que su palloza estaba llena de duendes que le robaban las cosas.

¿Una casa redonda?. ¿Para qué quiere nadie vivir en una casa redonda?. ¿Dónde esconde las canicas la señora?. ¡Con lo divertidas que son las esquinas!.

Pues la bruja, la señora, llevaba una cesta de mimbre y dentro..¡sí!..¡¡un gato!!. Negro como el carbón y con unos ojos verdes que daban miedo. A mí el gato de la señora bruja no me gustó ni un pelo. Y yo creo que tampoco le gusté a él, porque era acercar la cara y pegar un bufido que podrían temblar hasta las piedras.

El gato de la señora bruja se llamaba “Salomón”. Y ella no paraba de decir..

– ¡Salomón..estate quieto!-

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Ya me la imagino yo en su palloza, con Salomón subido a la ventana, preparando una pócima para transformar a su vecina Hortensia en amapola. Y es que la señora bruja no paraba de contarme lo malísima que era su vecina.  Me contó que un día que estaba tendiendo, ella fue con un cubo de agua sucia y se la tiró encima. Y para vengarse ella al día siguiente le cortó todas las rosas del jardín, que era lo que más le gustaba de su casa a Hortensia. Me contó muchas historias de estas la señora bruja, incluida una de terror. Dice que se le apareció un fantasma de esos con grillete y todo. Y que le dijo que tenía que ir a Tarazona, a visitar a un primo suyo que nunca iba a ver. Que miedo. A mi si se me aparece un fantasma de esos por la noche, me voy pitando en el autobús de mi tío lo más lejos posible.

Menos mal que al final la señora bruja se bajó en la siguiente parada, porque si no,  no sé qué hubiera pasado con Salomón y el resto de viajeros. Yo aproveché que se iba para pasarme corriendo al lado de la ventanilla. Así si venía otra bruja a contarme historias extrañas, al menos podría escabullirme mirando el paisaje.

Yo siempre que puedo, cuando voy con mi tío Nicolás, me pido ventanilla, porque me encanta mirar a las nubes y jugar a contar los árboles.

Una vez nos fuimos lejísimos, hasta un sitio que se llamaba Reims, que está en Francia. Allí la gente no entiende ni torta de español. Y por más que les decía yo “me llamo Ramón”, no había manera…

En ese viaje estuve todo el tiempo mirando por la ventanilla. Y eso que pasaron horas y horas y kilómetro y kilómetros, porque Reims, está muy lejos.

Pero era el puente de octubre y no podéis ni imaginar lo bonito que estaba todo. Las hojas de los árboles estaban tan rojas que parecía que el bosque se quemaba. Sobre todo cuando el sol se deslizaba por las copas como si se balanceara. Y es que al sol también le debe gustar jugar entre las ramas, como a mí cuando mi primo Felipe me aúpa y empezamos a tirar chinitas desde allí arribota a las primas.

– ¡¡Ramón y Felipe, nos vamos a chivar! ¡Os hemos visto!- jaja, y siempre terminaban escapando. Bueno, todas menos Angélica, que estaba tan loca como nosotros y no tardaba ni un minuto en trepar hasta la copa para pegarnos un tortazo.

A mí me gustaba subir a las ramas porque desde ahí se veía muy bien la carretera. Y de vez en cuando veía pasar a los autobuses de la empresa de mi tío. Pero el suyo sólo lo vi pasar dos veces. Sabía que era él porque siempre colocaba en el retrovisor la imagen de San Cristobal. Y bailaba de un lado a otro cada vez que pillaba una curva.

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Así que el viaje a Reims se me pasó en un suspiro, pensando en todas estas cosas y contemplando el paisaje. Cuando me quise dar cuenta, ya estaba en la plaza de la estatua de Juana la Loca intentando enseñar a un tipo con boina y bigote a pronunciar bien mi nombre.

– Me llamo “Ra-món”-

– “¿Gamon?”

– Ra-móm

– Ga- món

Al final, en Reims, terminé siendo “Gamón Guiz”. Bueno, podía haber sido peor.

En Reims vi muchas vides con uvas gordotas. Y las casas eran muy bonitas.

Ahora, nada como las que vi cuando fuimos a Holanda. Aunque lo que más me gustó del viaje a Holanda fue el verde de las montañas. Sí sí: el verde. Y es que uno no sabe lo que es verde de verdad hasta que no sale de España. El verde es verde, no verde clarito, no. Y las vacas allí están gordas y son rubias. ¡No tienen manchitas!.

En Holanda nos pasó una cosa curiosa a mi tío y a mí. Bueno, y a todos los pasajeros del autobús. De hecho no sé si hasta salió en los periódicos.

Íbamos tan tranquilos, camino de Amsterdam,  y ya casi era de noche. De repente empezamos a ver luces azules a los lados. ¡Eran policías!. Y los coches policía de allí parecen de carreras. Son muy raros, porque tienen rayitas rojas y azules por todas partes. El caso es que había como tres o cuatro coches policía. Le hicieron señales a mi tío para que parara. Y él muerto de miedo. Y todos muertos de miedo. Había una señora de Villacarrillo que no paraba de decir:

– Ay Dios mío Santísimo. Ay Dios mío Santísimo….

Y otra que no paraba de llorar. Pero mi tío, asustado y todo, nos decía una y otra vez:

– Tranquilos, tranquilos, que no pasa nada, que seguro que es un malentendido.

Mi tío bajó del autobús y subieron dos policías. De repente un hombre se levantó y se lanzó contra ellos. Todo el mundo agachó la cabeza. ¡Igual que en las películas!. Pero yo no me lo quería perder, así que no le quité ojo al policía de bigote rubio. Le agarró al señor por el pescuezo y lo tiró al suelo. Y con el poco sitio que les quedaba y todo, le puso unas esposas.

Menudo revuelo se armó. Mi tío tuvo que parar en un autoservicio para que la señora de Villacarrillo se tomara una tila. Y para que alguno que otro fuera al servicio.

Nos contó que el detenido era un ladrón muy buscado en Holanda. Y que al fin habían dado con él gracias a un confidente, porque el detenido, que en realidad se llamaba Yani Van Veeldvoorde, se hacía pasar por Juanito Rodríguez en nuestro país.

Después de eso mi tío pensaba que no le iba a pasar nada más importante que contar. Pero se equivocaba. Lo más importante que le ocurrió a mi tío en su autobús, se llama Felisa. Y ahora, es mi tía.

A Felisa la conoció en un viaje a Colindres. Ella iba a ver a su familia y llevaba una maleta pequeña. Como Felisa es una despistada, le pidió a mi tío que le avisara cuando fueran a llegar. Así que se sentó muy cerquita y empezaron a hablar. Mi tío dice que hasta entonces no creía en el flechazo. Pero Felisa le dejó impactado. Así que le pidió el teléfono y esa misma noche la llamó para quedar con ella. Felisa es una tía fantástica. Sobre todo porque me trae sobaos y una tarta muy rica de queso que hace su abuela.

Dice que quiere tener un hijo como yo para que me acompañe en el autobús y demos conversación a mi tío. Así que aún me quedan muchos viajes por delante y muchas anécdotas que contar.

¿Entendéis ahora por qué mi tío es el mejor tío del mundo?.

(© Fanny Tales 2013. “Ya sé leer”)