Cuento por encargo: ‘El reino de las margaritas’

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Érase que se era un reino muyyyyyy lejano. Tan, tan lejano como la luna y el sol. Y como las estrellas, las nubes y los arcoíris. Por eso allí sólo se podía ir en popete, un cohete especial de color verde y un sombrero de rayitas al que le encantaba salir de paseo.

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Y en ese reino tan lejano, claro, había un rey. Bueno, en este caso, una reina. La reina se llamaba Eva y vivía con su hermana Vero y su fiel escudera: Patricia.

Eva era una reina buena y cariñosa. Le gustaba mucho leer, por eso su castillo estaba lleno de libros.

En el país de Eva, todo era diferente. Los árboles no daban manzanas, sino cuentos. Y cada vez que se acercaba una tormenta y caía una tromba de agua, el reino de llenaba de letras de colores. Y era un auténtico caos, porque se mezclaban con las flores, todas rojas, azules, violetas y naranjas, y luego era la mar de difícil recoger las letras del suelo.

llueven letras

Pero Eva no era feliz. Ni tampoco Vero. Ni Patricia. Se sentían un poco solas. Tenían miles de letras almacenadas y no podían compartirlas con nadie.

Un día Eva tubo una idea: mandaría en popete a su hermana y a Patricia en busca de otros reinos. Así les podrían invitar a quedarse una temporada con ellas.

A Vero y a Patricia les pareció una excelente idea, así que se subieron en popete y se lanzaron en busca de nuevos reinos.

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El primero al que llegaron era un reiino muy oscuro. En él vivía un rey fanfarrón y vanidoso. Creía saberlo todo, y no tardó ni tres minutos en echarlas de allí.

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Vero y Patricia se fueron asustadas. No les había gustado nada ese rey tan poco hospitalario.

El segundo reino al que llegaron, parecía bonito. Tenía lindos colores y cientos de mariposas volaban libres por el cielo. Pero su reina era la más egoista de todos los reyes, y nada más verlas, escondió mariposas, flores y libros para que ni siquiera no puedieran mirarlos.

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Vero y Patricia se fueron muy tristes de allí.

Desesperadas, Vero y Patricia estuvieron a punto de darse media vuelta, cuando de repente vieron algo realmente asombroso: a lo lejos se podía ver con toda claridad, un reino con una enorme montaña blanca. Pero no era nieve lo que la cubría, sino.. ¡margaritas!

Miles y miles de margaritas, desde el pie de la montaña hasta lo más alto de la cima.

Arriba del todo, un castillo, y sobrevolando el castillo, seis enormes dragones.

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– Vero- le dijo Patricia- ¿Tú tienes miedo de los dragones?

– ¿Yo?- cntestó Vero asombrada- ¡Ninguno!

Y allá que se fueron las dos en popete, impacientes por visitar aquel extraño reino.

Al llegar, los dragones salieron a su encuentro.

– ¿Qué venís a buscar?- les preguntaron.

– Venimos a invitaros a nuestro reino.

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Los dragones se miraron extrañados. No solían tener visita. Todo el que llegaba hasta allí, se daba la vuelta muerto de miedo. Pero esas dos chicas tan raras no parecían estar asustadas.

– Venid con nosotros. Os llevaremos hasta el castillo. Allí conoceréis a nuestros reyes.

– ¿Reyes?- preguntaron las dos al unísono.

– Sí- contestaron los dragones- Son seis.

Vero y Patricia no podían creer lo que veían: los reyes eran… ¡niños!

Claire, Gabriela, Sonia, Adrián, Sergio y José, se quedaron tan asombrados como ellas. Nunca antes había visto a dos chicas en cohete. Bueno, nunca antes habían visto personas más mayores que ellos.

Vero y Patricia se presentaron y les explicaron por qué estaban allí.

Los niños se miraron y aplaudieron. ¡Les pareció una excelente idea!

– ¿Iremos en cohete?- preguntó Sergio- Yo prefiero los trenes, pero no me importa montar en Popete.

– Yo quiero ir la primera- dijo Sonia.

– Pero, ¿cabemos todos?- preguntó Adrián.

– Que sí, que sí, no os preocupéis- les aclaró Patricia- Es un cohete especial. POdéis subri todos.

Y todos se subieron, no sin coger antes un buen manojo de margaritas para llevar de regalo al reino de las letras.

José, Adrián, Sonia, Claire, Sergio y Gabriela, abrieron mucho, pero muuucho los ojos al llegar allí. Jamás ahbía visto un reino tan bonito. Con árboles llenitos de cuentos y letras de colores esparciadas por el suelo.

Les gustó tanto, que decidieron quedarse una buena temporada. Por fortuna sus dragones habían venido con ellos.

Eva plantó las margaritas que trajeron, y también su reino se llenó de flores blancas.

– Me encanta este reino- gritó José dando brincos entre las flores.

– Y a mi Popete- dijo Sergio.

– Yo quiero aprender a leer- dijo Claire cogiendo un cuento del árbol.

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Eva por fin se sentía feliz. Es justo lo que quería: compartir su reino con reyes de ojos abiertos y corazón bondadoso.

Desde entonces, su reino de las letras abrió sus puertas a reyes como ellos, y  aprender se convirtió en algo muyyyy divertido.

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 ( © Fanny Tales 2014. Categoría: ‘Cuentos por encargo’)

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Cuento por encargo: ‘Las zapatillas de Carolina’

Carolina miraba de refilón el marcador de la pared. El tiempo avanzaba deprisa y los números seguían sin moverse. Tres puntos. Sólo tres puntos les separaban del empate. Pero el silbato del árbitro truncó las posibilidades de remontar de su equipo. Otra vez volverían a casa con la cabeza gacha. Era el segundo partido que perdían.

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Carolina se quitó la ropa en el vestuario y tiró una de sus zapatillas contra la pared, con tan mala suerte que al rebotar aterrizó en el cubo de la fregona.

– ¡Aaaaaaaaaaag!- exclamó María al verlo- Carolina, que asco, si el agua está negra.

Nada podía ir peor. Carolina rescató su zapatilla con ayuda de un montón de papel de periódico, pero ahora estaba sucia y olía fatal.

Al llegar a casa, se encontró con su abuelo, Tiodo, que venía de visita. A Carolina le encantaba ver a su abuelo. Se sabía un montón de historias raras y le contaba batallitas de cuando era joven. Se reía mucho con él, así que en ese momento le venía fenomenal que estuviera allí.

– ¡Abuelo!- le dijo Carolina abrazándole.

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– Uy, uy, uy – dijo meneando la cabeza Tiodo- A mi me da que a ti te pasa algo raro.

– Buenoooo- comenzó a balbucear Carolina.

No había manera de engañar a su abuelo Tiodo. Se las sabía todas. Además Carolina era como un libro abierto, y en seguida se podía

ver si estaba triste, enfadada, contenta o aburrida.

– Es que hemos perdido otra vez, abuelo- contestó al fin bajando los ojos.

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– ¡Pero bueno! – se enfadó su abuelo- ¿Y eso qué? ¿Te vas a venir abajo por esa tontería?

– Ya… y además se me ha caído la zapatilla en un cubo de fregar…

Su abuelo ya no pudo más y se echó a reír.

– Ja, ja , ja… Perdona, pero eso sí que tiene gracia. Vaya, que no es tu día. Bueno, pero no pasa nada, ¿no? Se limpia la zapatilla y listo.

– Pero… es que está hecha un asquito. Y huele muy mal. Yo creo que en el cubo ese había…

– ¡Caca de la vaca!- contestó entre risas su abuelo. Y los dos se echaron a reír sin poder parar- Bueno, no te preocupes, que tu abuelo Tiodo te acompaña ahora mismo a comprar otras zapatillas de baloncesto. Y ya verás como estas te traen suerte.

A Carolina se le iluminaron los ojos.

– ¿Puedo ir?- les preguntó a sus padres.

– Claro, ir, ir- contestó su madre Mari Carmen.

Carolina iba feliz junto a su abuelo. Ya se le había pasado el disgusto y todo. ¡Unas zapatillas nuevas! Ya se imaginaba la cara de sus compañeras, sobre todo la de Carmen, que era algo envidiosilla.

– Abuelo, ¿y dónde vamos?- preguntó Carolina.

– Ah, ya lo verás- contestó su abuelo con una enigmática sonrisa.

Y al cabo de unos minutos, llegaron hasta una tienda de antigüedades muy pequeña que había junto a una librería. Carolina nunca había visto esa tienda antes. Es más, estaba segura de haber entrado en la librería y no haberse do cuenta de ue a su lado había una tienda llena e cachivaches y demás objetos raros.

– Pero abuelo, ¿esta tienda desde cuándo está aquí?

– Desde siempre

– Pero no es una zapatería

– No

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Y sin decir más, entraron en la tienda. Era un local pequeño, bastante oscuro. Olía a viejo, y había polvo por las estanterías repletas de extraños artilugios. Al fondo del todo, un mostrador lleno de papeles y un teléfono antiguos, de esos que Carolina había visto en el álbum de fotos de su madre, de cuando era pequeña. Tenía un círculo en el centro y números del 0 al 9.

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Carolina se aguantó la risita, porque en ese momento se imaginaba a su madre con enorme teléfono a cuestas, andando por la calle y con un cable larguísimo atado a su bolso.

– ¿De qué te ríes?- le preguntó su abuelo.

– De nada, de nada

Entonces apareció a su lado un hombre muy viejo, tan viejo o más que su abuelo, con una larga barba y gafas pequeñas y redondas. Carolina pegó un salto. ¡Menudo susto!

– Hombre, Tiodo, cuánto tiempo sin verte… – Y el hombre más viejo abrazó a su abuelo de forma efusiva, dándole tres golpecitos en la espalda.

– ¡Casimiro! Mucho tiempo, sí. Pero mira, aquí estoy con mi nieta. Se llama Carolina.

Y el señor viejo viejísimo se ajustó las gafas para mirar de cerca a Carolina.

– Pues a ti no ha salido, que es muy guapa…

– Ja, ja, ja- rió el abuelo de Carolina- Si yo era muy buen mozo, Casimiro, que es que ya ni te acuerdas.

– Bueno, bueno, ¿y qué necesitas, Tiodo?

– Necesito algo para mi nieta: unas zapatillas de baloncesto. Especiales, ya sabes- Y Tiodo le guió un ojo a su amigo.

– Claro, claro, si aquí tenemos de todo. A ver, voy a buscar bien en el baúl- Y Casimiro desapareció tras una puerta pequeña. Pasaron unos cuantos minutos y al rato volvió con unas zapatillas en las manos.

– Pero…- se atrevió a decir Carolina- ¿Cómo sabe mi número? Si no se lo he dicho.

– Casimiro lo sabe todo- le dijo su abuelo.

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Eran unas zapatillas preciosas, blancas, con tres pequeñas estrellas de color azul en el lateral. Carolina se las probó y le sentaban como un guante.

– ¡Me quedan muy bien! gritó entusiasmada.

– Perfecto. Casimiro, dinos cuánto cuestan que nos las llevamos- dijo Tiodo.

 

– Pero Tiodo, que somos amigos. Este un regalo para tu nieta. Le van a dar mucha suerte- Y ahora Casimiro le devolvió el guiño a su abuelo.

Carolina salió feliz de aquella pequeña tienda. Estaba deseando probar sus zapatillas. Al llegar a casa, fue corriendo a enseñárselas a sus padres. Y al día siguiente, aunque no tocaba entrenamiento, las llevó a clase para enseñárselas a todas sus amigas.

– ¡Que chulas!- dijo Teresa- ¿Dónde las has comprado? Yo quiero unas igual que esas.

– En una tienda de antigüedades que hay junto a la librería- contestó Carolina.

– ¿De antigüedades? ¡Pero si al lado de la librería hay una óptica!

Carolina la miró extrañada. ¡Pero si había ido con su abuelo! ¡No podía ser una óptica!

Estaba segura de que Teresa estaba equivocada. No le dio mayor importancia y se pasó todo el día pensando en el sábado. Estaba deseando jugar su tercer partido.

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Al día siguiente, Carolina se volvió a llevar sus zapatillas nuevas al colegio. Tenían que ensayar un baile para final de curso, así que decidió estrenarlas para bailar en el patio. Es cuando empezó a darse cuenta de que esas zapatillas no eran normales. Los saltos le salían perfectos. Los movimientos, cronometrados.

– Jo, Carolina, se nota que has ensayado mucho en tu casa. ¡Te sabes toda la coreografía!- le decían sus amigas.

Carolina volvió aquel día a casa con la extraña sensación de que el sábado sería un día importante. Y llegó, llegó el sábado y ella no podía estar más nerviosa. Se jugaban mucho en este tercer partido. Y el entrenador iba a sacarla desde el principio. ¡Desde el principio!

Fue pisar la cancha, y todo a su alrededor pareció empequeñecer, como si se hiciera diminuto. Las chicas del equipo contrario de pronto eran bajitas. La canasta estaba a su altura. Cada vez que llegaba a ella, encestaba como si nada. Una multitud de personas enanitas aplaudían y gritaban su nombre sin cesar. Al final del partido, su equipo ganó y todos la felicitaron. Pero Carolina seguía sumida como en un sueño. Miraba una y otra vez a las gradas, para comprobar si las personas que estaban allí seguían siendo pequeñas o no. Y resulta que nada más sonar el final del partido, todo volvió a recuperar su tamaño.

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Carolina se sintió rara. Feliz por haber ganado, pero un poco mareada y totalmente desconcertada. Decidió dejarlo pasar y esperar al siguiente partido. Pero entonces volvió a ocurrir lo mismo. Y al siguiente también. Y el quinto partido. Y Carolina se convirtió en una

estrella. Apenas fallaba canastas. Entonces comprendió que aquellas zapatillas tenían la culpa de todo. ¡Eran mágicas!

Carolina se sentía mal. No le gustaba hacer trampas. Así que llamó a su abuelo y le dijo que quería ir a verle. Y al llegar a su casa, le enseñó las zapatillas. Su abuelo entendió que ya sabía todo.

– Bueno, una ayudita de vez en cuando…- dijo su abuelo.

– No, abuelo. Una ayudita sí, pero no esto. Yo te agradezco mucho que quieras verme ganar. Pero quiero hacerlo por mí misma, sin trucos.

– Tienes razón. Ya eres toda una señorita. ¡Piensas como los mayores! – Y el abuelo Tiodo cogió las zapatillas y las metió en una bolsa.

– Venga, vamos a la zapatería y te compro otras.

– Normales- añadió Carolina.

– Normales- repitió su abuelo.

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A la semana siguiente, Carolina acudió al último encuentro de la temporada. Se puso sus zapatilla nuevas y salió a la cancha. El público coreaba su nombre. El árbitro señaló el comienzo del partido y Carolina volvió a mirar la canasta. ¡No se había hecho pequeña! Por fin, Carolina tenía la oportunidad de demostrar que podían ganar entre todas. Ese día Carolina pasó mucho la pelota. Intentó encestar todo lo que pudo. Algunas entraron, otras no, pero en cada intento se sentía más y más feliz. Más y más fuerte. Al principio el público se extrañó de que no se llevara todos los rebotes. De que pasara la pelota insistentemente a sus compañeras. Pero aquello funcionaba. El equipo jugaba, lo intentaban, y al final consiguieron ganar, por los pelos, perro con humildad y mucho esfuerzo.

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Carolina felicitó a sus compañeras. Habían ganado. Todas. no necesitaba zapatillas mágicas.

Al volver a casa se fijó en la pequeña tienda que estaba junto a la librería. Era una óptica. Carolina rió para sus adentros pensando en su abuelo y en la cantidad de cosas que le faltaban por contar.

(© Fanny Tales 2014. Categoría: ‘Cuentos por encargo’)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cuento a medida: ‘Guadalupe y la casa misteriosa’

A Guada le encantaba jugar con sus hermanos. Porque tenía muchos, y se lo pasaba en grande. Estaban Carmen, Javier, María y Teresa. Guada no se enfadaba casi nunca y siempre les llenaba la cara de besos.

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Y es que a Guada lo que más le gustaba era jugar a ser la “mamá”. Por eso vigilaba mucho a Teresa, la más pequeña. Porque siempre estaba haciendo trastadas.

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“CARTA AL RATONCITO PÉREZ”

Marina estaba muyyy nerviosa. No había podido dormir en toda la noche. Se le movía un diente, y se le movía tanto, que a veces notaba como se balanceaba hacia delante y hacia atrás.

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Le daba miedo comer pan con chocolate, por si se caía el diente y se lo tragaba sin querer.

Le daba miedo hacer el pino como otras veces y trepar por el columpio con sus amigas. No fuera a ser que se cayera el diente sin darse cuenta y otras lo pisaran.

Le daba miedo lavarse los dientes. No fuera a caerse el diente en el peor momento, justo cuando el agua se lleva todo lo que pilla por el desagüe.

Y así andaba Marina, pendiente a cada instante de su diente.

Sus amigas le habían hablado mucho del Ratoncito Pérez:

– Es blanco y pequeño. Y hace así: iiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii- decía Paula

– De eso nada- le corregía Paloma- Yo le he visto y es enorme. Vi su sombra en la pared cuando ya se alejaba a toda prisa.

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– No le contéis trolas a Marina- dijo enfadada Carolina- Nadie, pero nadie, nadie, ha visto nunca al Ratoncito Pérez. Y yo sé por qué..¡¡se vuelve invisible por la noche!!

– Ooooooooooooooooh- exclamaron todas a la vez.

Y Marina con todo esto, estaba cada vez más nerviosa. ¿Vería al Ratoncito Pérez?¿Sabría llegar a su casa? ¿Tenía que dejarle algo de comer? ¿Y si se equivocaba de cuarto y se iba al de su hermano Pedro?

Y entonces ocurrió el mayor de los destres. Estaba en el recreo con sus amigas, pensando y pensando en su diente, cuando..¡plaff!..la pelota de Carlitos se estrelló contra su boca.

– Buaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa- chilló Marina. La verdad es que no le había hecho mucho daño porque era una pelota blandita, pero del susto que se dio se quedó más que pálida.

– ¡Marina! ¡Tu diente!- gritó su amiga Carolina.

O mejor dicho, su no diente. Marina abrió la boca y en lugar de su dientecito blanco, había un agujero bien hermoso. Y del diente, ni rastro. Así que todos se pusieron a buscar por el patio. Sus amigas, las profesoras, la cocinera. ¡Todos! Pero del diente, nada de nada.

Os podéis imaginar el disgusto de Marina. Tantos días pendiente de su diente..¡y lo había perdido! Y Marina lloraba desconsolada.

– El ratón Pérez no me traerá nada..buaaaaaaaaaaaa!!

Pero Hortensia, su profesora, que era muy lista y del Ratoncito Pérez sabía un rato, se acercó con un pañuelo y una hoja de papel y le dijo:

– No llores,anda. Toma, el pañuelo para que te suenes los mocos. Y el papel, para que le escribas una nota al Ratoncito Pérez.

– ¿Una nota?- preguntó extrañada Marina.

– Claro- contestó muy tranquila Hortensia- ¿No sabes que el Ratoncito Pérez sabe leer? Tú le dices que has perdido el diente, pero que a cambio le ofreces un poco de queso. Al ratoncito Pérez le encanta el queso.

– ¿Y los quesitos?

– También

Marina se puso a redactar su nota:

“Señor Ratoncito Pérez. Soy Marina. Hoy Carlitos me ha lanzado una pelota a la cara y por su culpa he perdido el diente. Pero te dejo a cambio un quesito de los que más me gustan. Muchas gracias: Marina”.

Esa noche, Marina se fue pronto a la cama. Si no se dormía, el Ratoncito Pérez se daría la vuelta y no leería su carta. Colocó la nota en la bolsita de su ratón porta dientes, un ratoncito de crochet que su madre le había hecho a mano.

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Y esa noche Marina soñó con el país del Ratoncito Pérez: con árboles que daban muelas y casitas de pequeños dientecitos blancos. Con flores con forma de quesitos y hasta la luna era un enorme queso redondo. Y cuando despertó…

¡Ahí estaba su moneda! Resplandeciente. Maravillosa. ¡Había funcionado!

Esa mañana en el cole, Marina se sintió persona más feliz del planeta. Y ya nunca más tuvo miedo de perder un diente.

(© Fanny Tales 2014. Categoría: “Aprendo a leer”). Si te ha gustado el cuento, ahora puedes personalizarlo y añadir un ratoncito porta dientes. ¡Será el mejor regalo! Si quieres saber cómo, pincha aquí.

CUENTO POR ENCARGO: “MARÍA EN EL PAÍS DE LAS HADAS”

Muy poca gente sabe que existe. Yo sí. Y María.

El país de las Hadas se esconde en un lugar muyyy lejano. Pero muyyy lejano. Tan,  tan lejano,  que sólo se puede llegar a él a bordo de nube de los sueños.

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Para subirte a la nube de los sueños, tienes que cerrar los ojos y pensar en ella. Luego susurras despacito las palabras mágicas:

-Castripatrosqui trusco trasca.

Y si lo dices bien, poco a poco, comienzas a ver una nube de colores que llega como los arcoíris, difuminada y breve. Por eso tienes que subirte a ella rápido.

Un día María cerró los ojos. Dijo las palabras mágicas. Y al poco llegó la nube. Y María se subió de un salto.

-¡Zaaas!

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Y ya en la nube, miró con sus ojos azules muy abiertos. Al principio no veía nada. Pero comenzó a oír risas cristalinas. ¡Era las risas de las hadas!.

María me ha contado que un hada diminuta agarró la nube y la llevó flotando por el ancho cielo. Luego llegaron hasta una colina hermosa, llena de flores y mariposas. Y entre las mariposas, volaban libres las hadas.

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María se bajó de la nube con sus pies descalzos y siguió a un par de hadas que la guiaban juguetonas por el campo.

Le entregaron una corona de campanillas blancas y una varita hecha con un lirio. Cada vez que María movía la varita, desprendía el  polvo dorado de las hadas.

Alguna de ellas le enseñó algún truco. ¡María consiguió cambiar de color su vestido!.

Pero el tiempo pasaba muy rápido, y tenía que irse. Le hubiera gustado mucho llevarse la varita a su casa, para poder jugar con los colores de la pared . Pero no podía llevarse nada del país de las hadas.

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De nuevo regresó a la nube y las hadas la llevaron de vuelta hasta su casa. Pero antes de irse la recordaron las palabras mágicas..

– Ya sabes que puedes volver siempre que quieras- la dijeron lanzándola un sonoro beso.

María se acurrucó en su cama y apoyó la cabeza en la almohada. Cerró los ojos y sonrió.

– “Mañana volveré”- dijo para sí- “Mañana..”.

(©Fanny Tales 2014. Categoría: “Mis Primeros Cuentos”. Cuento por encargo para María, una niña de tres años. )

MI AMIGO PATAS FLACAS

Patas flacas no es ningún extraterrestre. Es sólo mi amigo. Lo que pasa es que tiene las piernas muyyy largas. Y la cabeza pequeña. Y a veces asusta un poco porque es muy alto. Pero muy muy alto. A veces parece que roza el cielo (aunque él me asegura que no, que no tiene ni idea de como son las nubes, ni puede cazar una estrella, por mas que se lo he pedido).

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Los demás compañeros se alejan porque le tienen miedo. Y a menudo juega solo. Pero a mi me gusta patas flacas. Es muy divertido. Con él siempre puedes hacer cosas fantásticas que por ti sólo no podrías hacer. Por ejemplo:

-Mirar por encima de los muros.

-Subir en un par de saltos a lo alto del tobogán.

-Encaramarte a las ramas del árbol.

-Cruzar de un saltito un charco gigante.

Patas flacas me hace reír. Y aunque los demás le señalen, es el mejor amigo del mundo. Tanto, que siempre me elige cuando hay que hacer parejas en clase de gimnasia. Eso significa victoria segura, porque patas flacas es el mejor encestando en baloncesto, el primero en llegar a la meta en las carreras y el que más fuerte lanza el balón cuando hay que chutarle.

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El único problema de Patas Flacas que tiene es que no puede jugar al escondite. ¡Le encuentran en seguida!. Menos mal que luego voy corriendo y le salvo. Para eso están los amigos, ¿no?.

Los demás poco a poco se están dando cuenta de que Patas Flacas no da tanto miedo como pensaban y se van acercando. Y es que Patas Flacas tiene las piernas muy largas, pero los demás tienen los ojos pequeñitos. Y eso les impide ver bien. Menos mal que han sacado las gafas transparentes y ahora por fin no se apartan de mi amigo. Porque son unas gafas que lo ven todo.  Los recreos ahora son mucho más divertidos.

(© Fanny Tales 2013. Categoría: “Mis primeros cuentos”)

EL MUÑECO DE NIEVE

Nació en una hoja de papel. A carboncillo. Sólo era un dibujo de trazos finos y precisos. Tenía una nariz pequeña, la cara muy redonda y una sonrisa enorme. También llevaba gorro. Le venía bien, porque era un muñeco de nieve, y allí en la montaña hacía mucho frio.

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Pero a pesar de la sonrisa y sus grandes ojos de botones blancos, el muñeco de nieve no era feliz. Él soñaba con tener un gorro rojo, coloretes sonrosados y una casita verde en donde poder refugiarse.

Un día, uno de los copos de nieve que caían aterrizó en su hombro helado. Y se quedó ahí un buen rato. Él normalmente no hablaba con los copos de nieve, pero esta vez al muñeco le dio pena y habló con él para que no se sintiera solo.

Le hizo reír. Tanto, que el copo de nieve casi se olvida de que en algún momento se convertiría en gota de agua.

Y el muñeco de nieve le contó que a pesar de su sonrisa estaba triste,porque quería tener colores y no sabía cómo.

El copo se derretía. Pero antes de fundirse con el muñeco le dijo:

– ¿Sabes?, soy un copo de Navidad. Tú me has hecho compañía. Yo a cambio puedo hacer algo por ti.

El copo de nieve se deshizo y el muñeco no sintió frio, sino calor. Y poco a poco su cuerpo se fue inundando de color. Al principio eran tonos muy suaves, delicados…

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Y los matices cada vez eran más intensos. Su gorro era rojo. Tenía coloretes y una casa verde al final del camino.

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El muñeco de nieve lloró de emoción. Sintió que había recibido más de lo que había dado. Y por fin era feliz. Ahora sí, ahora sí que lo tenía todo.

(© Fanny Tales 2013. Categoría: “Mis primeros cuentos”).