Cuento por encargo: ‘Andrea, una maga en apuros’

Andrea MagaAndrea colocó a todos sus muñecos en el sofá. Bien alineaditos. Y fue pasando lista:

– Oscar

– “Presente”

– Pepe

-“aquí”

-Lola- Yo

– Flor… ¿Dónde está Flor?

Andrea siempre tenía que terminar buscando  a Flor. Era una muñeca pequeña y muy graciosa, que su hermano Alex secuestraba de vez en cuando para jugar a chincharla. Al final, claro, terminaban peleándose.

– ¡Aleeeeeeex!- gritó desde el salón- ¿Dónde has escondido mi muñeca?

Y así casi todos los días, porque a Andrea lo que más le gustaba era hacer de profesora y enseñar a leer a sus muñecos.

– Y el que no atienda, al rincón de pensar!- les decía muy seria.

Un día, Andrea les dijo que les iba a leer un cuento diferente, así que les colocó en el sofá (como siempre) y se subió a la banqueta para coger uno de los libros que su madre guardaba en lo más alto de la  librería. Eran los libros de mayores. Los más grandes. Tenía muchas letras. Y parecían la mar de misteriosos.

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Andrea se fijó en un libro de lomo plateado que brillaba con mucha fuerza. Y entonces recordó que su madre un día le contó que tenía un libro heredado . No se acuerda muy bien si era de su abuela, su bisabuela su tatarabuela o su tatatata… bueno, que era muy muy viejo.

Andrea cogió el libro y lo abrió por la mitad:

– Conjuro para hacer desaparecer un objeto. ¡Ala! ¡Que chulo!

Y escrito en letra muy negra y muy grande, leyó estas palabras:

– “patplim pataplam, en un segundo desaparecerás!”…

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En ese momento Andrea señalaba a su oso Pepe. ¿Sabéis lo que pasó?

Siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii. ¡Desapareció!

 

Andrea se asustó un poco, pero también se emocionó. ¡Si resulta que sabía hacer magia!

En ese momento apareció su hermano, con una de sus muñecas despelujada.

– Devuélvemela- le dijo Andrea.

– De eso nada- contestó Alex.

– Me la das o te enteras.

– Pues me entero- le desafió su hermano.

– ¿ah, sí?- y poniendose muy seria leyó de nuevo:

– “pataplim pataplam, en un segundo desaparecerás!”

¿Y sabési lo que pasó?

Siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii. ¡También desapareció.

– Nononononoooo- gritó Andrea asustada- Que yo no quería…

Ahora sí que Andrea se asustó mucho, porque aunque siempre se estaba peleando con su hermano, le quería con locura. Así que, con mucho esfuerzo, continuó leyendo el libro de magia (porque estaba empezando a leer y aún le costaba un poco).

Pero nada, no encontró la fórmula para deshacer el lio..

– ¿Y ahora qué hago?- pensó Andrea.

Lo que si sabía Andrea y muy bien, era llamar por teléfono a su madre. Claro, que no le iba a contar todo todo, sólo un poquito..

– Mamá mamá mamá!!- gritó Andra por el teléfono- ¡Tengo un problemilla!

– A ver- contestó su madre, que ya estaba acostumbrada a los problemillas de los dos hermanos- Qué te pasa.

– Pues…¿recuerdas el libro plateado de tu..tatara..eso?.. Pues resulta que funciona. Y…he hecho desaparecer sin querer a… Pepe.

– ¿Cómo? ¿A tu oso Pepe? ¡ Te dije que no tocaras ese libro! Pues te está bien empleado..

Andrea empezó a llorar desconsolada y a su madre se le ablandó el corazón.

– Bueno, vale, no te preocupes- le dijo con dulzura- Yo sé cómo puedes arreglarlo. Mi abuela me contó que todos los conjuro de ese libro se deshacen si lees la frase del revés y lo deseas de corazón. Si no lo deseas de verdad, no sirve  de nada.

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– Sí sí sí..¡¡claro que lo deseo!! Gracias, mami..- Y colgó deprisa porque quería empezar muy pronto a arreglar el lio…

Con mucho miedo, la voz temblorosa y lágrimillas en los ojos dijo:

– “Desaparecerás segundo un en pataplam pataplim!”

Y..¿sabéis qué pasó?…

Siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii.

¡Menos mal que funcionó! Pepe y Alex aparecieron, de repente, en medio del salón, como si nada hubiera pasado. Alex se fijó en que su hermana estaba llorando.

– Bueno, que tampoco es para tanto… anda, toma tu muñeca despelujada!- le lanzó la muñeca y se fue a su cuarto.

Buff… Andrea se sentó del susto y decidió que nunca más volvería a usar ese libro para nada. Bueno, para nada para nada… antes de dejarlo en donde estaba, se apuntó en un papel una frase. Debajo ponía: “Conjuro para convertirse en princesa”.

Y es que hay cosas que no se pueden evitar.

 

(©Fanny Tales 2014 “Cuentos a medida” )

 

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DONDE VIVEN LOS HÉROES

Lunes. Otra vez al cole. David lloraba desconsolado. Para él ir al colegio era una auténtica tortura. Era el niño más tímido de la clase. Y despistado. No le gustaba que los demás le quitaran las cosas. Ni que su profesora le regañara porque no había entendido lo que había que hacer en la ficha.

david
David soñaba con ser uno de esos héroes que podían solucionarlo todo de forma tan sencilla. Spiderman, una tortuga Ninja o Superman.
Un día, mientras dormía, oyó un tintineo muy débil. Era el sonido de una pequeña campana. Abrió los ojos y vio una puerta, allí, en su armario. Y en donde antes había ropa, ahora había una escalera que subía, subía y subía y que empezó a escalar sin casi darse cuenta.
Y arriba del todo, un camino, con cientos de árboles enormes a los lados. Parecía una selva, pero sin animales. Y después de andar un buen rato, vio a lo lejos una niña.

Paula

Corrió hacia ella y le preguntó.
– Hola. ¿Tú quién eres? ¿Eres un hada?-
– ¿Un hada?- se rió ella-  Que va. Me llamo Paula. ¿Y tú?
– Yo soy David- contestó él- ¿Tú sabes a dónde lleva este camino?
– No- dijo ella- Estaba durmiendo y me despertó un sonido. Había una escalera de caracol en mi cuarto. Y subí.
– Que curioso- dijo David- A mi me ha pasado algo parecido.
Siguieron andando, esta vez juntos. Hasta que llegaron a un embarcadero. Un enano con cara de mal genio custodiaba dos barcas.

enano
– ¿Qué buscáis?- dijo con un pequeño rugido el enano de larga barba blanca.
Los niños se asustaron un poco.
– No sabemos- contestó tembloroso David. Y le entraron unas ganas tremendas de llorar.
– Estas barcas son sólo para los que quieren seguir el camino- dijo el enano.
– ¿Y a dónde llevan?- preguntó Paula.
– Una no lleva a ningún lado. La otra lleva al lugar donde viven los héroes- contestó el enano.
Los niños se miraron con los ojos muy abiertos. De repente dejaron sus temores y dijeron al mismo tiempo:
– ¡Yo quiero ir!
Entonces se dieron cuenta de por qué estaban allí. Los dos querían ser héroes y harían todo lo que hiciera falta para conseguirlo.

– Tenéis que elegir una de ellas- dijo el enano.

“Oh, no”, pensaron los niños. Qué difícil era elegir. ¿Y si se equivocaban? Nunca llegarían al país de los héroes. Además las dos parecían iguales.. Pero había que arriesgarse, así que entre los dos eligieron una.
El enano les ayudó a subir a una de las barcas. Pero el viaje no fue tan tranquilo como ellos pensaban. De repente el agua comenzó a formar un remolino gigante y la barca se zarandeaba de un lado a otro. Paula y David se agarraron muy fuerte y cuando el agua comenzó a inundar la barca, se ayudaron con las manos para sacarla deprisa.
Después de aquel remolino llegó una tormenta. Los truenos eran tan fuertes que el cielo parecía que se iba a romper en dos.
– Si cantamos se nos pasará el miedo- dijo Paula. Recordó lo que su madre le decía cuando había rayos y truenos.
Y los dos cantaron y cantaron hasta que volvió a salir el sol.
Entonces llegaron hasta una orilla y siguieron  por el camino de arena. Pero el camino terminaba en un puente de maderas rotas. Y no había otra forma de seguir  que atravesándolo. Así que los dos niños se armaron de valor y empezaron a cruzarlo despacito.
– No mires abajo- dijo David.
Y por increíble que parezca, los dos pasaron el puente. Y siguieron andando. Hasta encontrarse con un grupo de niños que taponaban el camino con sus bicis.
– ¿Nos dejáis pasar?- dijo Paula.
– ¿Estáis locos? Ni hablar. Es nuestro camino.
– Es que tenemos que pasar- insistió David.
– No- volvieron a decir los niños.
David se acordó de todos los malos ratos que le hacían pasar en el cole. Pero esto no era el cole. Aquí era distinto. Tenía que llegar hasta el lugar donde viven los héroes. Y él quería ser un héroe.
– Pues vamos a pasar- Y dando un empujón al jefe del grupo, pasó. David se quedó sorprendido. Al mirar para atrás vio que los niños ya no estaban. Se habían esfumado.
– ¡Mira!- dijo Paula. Y señaló a lo lejos, porque se veía un resplandor precioso. Como un pequeño sol.
Los niños corrieron. Por fin iban a conocer el país de los héroes.
Y se pararon en seco. Allí, en medio del camino, sólo había dos espejos altiiiisimos. Y allí, en medio del camino, sólo estaban ellos. Pero los dos sonrieron al ver su reflejo.

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(© Fanny Tales 2013. Categoría: “Ya sé leer”)

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PAPICHU

Nuestro padre se llama Ramón, pero le llamamos Papichu. De Papilarguirucho. Tiene las piernas taaaan largas y la cabeza taaaan alta que me recuerda a las jirafas. Le miro desde abajo y pienso: “una montañaaa”.

papichu

Así que me encanta colgarme de su cuello y dar vueltas como si estuviera subido a una noria. A veces pienso que no necesito Parque de atracciones. Si me subo en su espalda es como si montara en caballito.

Papichu cocina fenomenal. Sobre todo el arroz amarillo con trozos de calamar. También es un fantástico “arreglabicis”. Y aunque muchas veces nos regaña, en seguida le hago reír. Es muy fácil: sólo hace falta mirarle a los ojos.

Estoy seguro de que regañar es el principal trabajo de los padres y las madres. Luego tienen el otro trabajo, para despistar… Pero el de regañar es el más importante: todos lo hacen. Hasta Papichu.

Pero cuando se enfadan, en seguida se les pasa.

Si se me rompe un juguete en seguida voy a buscarle. Tiene una caja llena de herramientas mágicas que lo arreglan todo. Y si no, termina poniéndole una tirita y listo.

Papichu parece muy serio, pero es la mar de divertido.

SAMSUNG

El día de los inocentes decidimos gastarle una broma. Mi hermana pintó unos monigotes y los recortamos. Y en un momento de descuido..¡zasss!..se los pegamos con papel celo en la espalda. “Jijiji”- hasta que se dio cuenta fue a todas partes con sus muñecajos de papel: a comprar el pan, a tirar los cartones al contenedor de reciclado.. Y lejos de enfadarse, se rió mucho. Dijo que eran los mejores monigotes que le habían pegado nunca.

A veces me pregunto si algún día seré un Papichu como él: larguirucho, arreglatodo, regañador y divertido.

(© Fanny Tales 2013. Categoría: “Aprendo a leer”).

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CLEMENTINA EN LA CORTE DEL REY COLIFLOR

El rey Coliflor tenía un problema: su hijo no quería ver ni de cerca a ninguna fruta. Y a él le habían dicho que las frutas eran las mejores maestras del mundo.

Doña Manzana intentó enseñarle algo de Ciencias. No duró ni una semana. Coliflortito se pasaba los días haciendo gamberradas para que Doña Manzana se cansara y saliera corriendo. Al cuarto día lo consiguió, cuando se le ocurrió poner chinchetas en la silla de la maestra. Ese día Doña Manzana salió del castillo gritando:

– ¡Este niño no tiene remedio!.

Doña Manzana

El rey Coliflor estaba desesperado. Ni Doña Sandía con toda la dulzura del mundo, ni Doña Cereza con su buen color rojizo ni siquiera Don Melón, consiguieron ni un poquito de atención. Nadie podía con Coliflortito, el niño más terco de la región.

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El rey Coliflor decidió mandar a su fiel caballero Don Patata  en busca de una maestra por otros reinos, porque en el suyo, ninguna fruta quería saber nada de la corte.

A las dos semanas, el caballero Patata volvió con una linda dama, oronda y naranja, de voz agradable y muy joven.

– Me llamo Clementina, Señor- le dijo al rey.

– Clementina- carraspeó el rey- no se si sabrás que mi hijo es un poco “rebelde”.

– Sí, señor- contestó ella- la historia de su hijo ha traspasado fronteras. Aún así me gustaría intentarlo.

– De acuerdo- respondió el rey- Comenzarás mañana.

Al día siguiente, Clementina se presentó puntual a su cita. Pero nadie la reconoció: llevaba un vestido marrón y se había cubierto todo el cuerpo de chocolate, incluidas las manos y la cara.

Coliflortito no supo qué pensar al verla entrar por la puerta. ¿Quién era esa señora tan rara?. No era una pera, ni un fresón, ni un albaricoque. ¿Por fin su padre había desistido?. Así que se sentó en su silla todo intrigado. Además, ella olía muy bien..¡a chocolate!.

Y Doña Clementina, disfrazada de chocolate, se pasó ese primer día enseñándole a Coliflortito sumas y restas.

El rey Coliflor se llevó una gran alegría al verla regresar al día siguiente. Llegó con su mismo vestido marrón y el cuerpo de chocolate. Pero esta vez dejó sin cubrir las manos.

A Coliflortito no le importó. Es más: casi ni se enteró. Siguió prestando atención, porque esa maestra era muy divertida. Esta vez la clase era de Historia, y maestra y alumno se disfrazaron de vikingos.

Y así fue como Clementina, poco a poco, se fue haciendo con la confianza del hijo del rey.

Al cabo de un mes, Coliflortito disfrutaba tanto de las clases de Clementina, que no se dio cuenta de que ese lunes, su maestra ya no llevaba ese horrible vestido marrón ni tampoco ni un poquito de chocolate en la cara.

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Por primera vez vio a Clementina como era: una fruta naranja y redonda salpicada de pecas muy graciosas.  Y Coliflortito se dio cuenta de que acababa de aprender la lección más importante. Desde entonces dejó de huir de las frutas sin motivo, y se dejó enseñar con humildad.

(© Fanny Tales 2013. Categoría: “Mis primeros cuentos”)

MARGARITA LAGARTIJA

Cada vez que la profesora llegaba al pasar lista a Margarita..se hacía un gran silencio en la clase. Y ella contestaba en voz alta:
– “¡Lagartija!”- Pero nadie se atrevía a decir ni “mu”. Ni siquiera se reían. Tenían muy asumido que Margarita era para todos “Margarita Lagartija”.

Margarita
El mote se lo puso ella misma porque le encanta trepar por los árboles y buscar lagartijas para encerrarlas en un bote, arrancar las flores y tirar de la coleta a Lucía, la niña más guapa de la clase.
Y como Margarita era un tanto traviesa, nadie se atrevía a jugar con ella. Terminaba jugando sola en su árbol favorito, ese en donde antes había un columpio que ella misma rompió de tanto dar saltos y más saltos encima.

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Margarita se lo pasaba pipa haciendo de rabiar a todos. Les quitaba la goma de borrar en clase y la tiraba por la ventana. Y cuando la profesora preguntaba qué pasaba, ponía cara de buena y listo.
También les desabrochaba los cordones de los zapatos a los chicos sin que se dieran cuenta.
No había manera. A Margarita Lagartija lo que le divertía era reírse de todos, aunque terminara haciendo llorar a alguno.
Pero Margarita Lagartija en el fondo, muy en el fondo, se sentía sola. Y muchas veces terminaba junto a su árbol favorito dando pataditas a las piedras. Cuando se le terminaban las travesuras, ya no tenía nada que hacer.
Un día llegó una niña nueva a clase. Se llamaba Julia. Los demás niños le advirtieron:
-Ten cuidado con Margarita: es un bicho.- Pero a ella su mamá siempre le había dicho que había que conocer a las personas para saber si te gustan o no te gustan. Así que no hizo mucho caso.

Julia
Julia se sentó al lado de Margarita en clase. Y Margarita se extrañó de que alguien quisiera compartir pupitre con ella. Al principio no le gustó ni un pelo. Pero pronto comprobó que Julia no le tenía ningún miedo. Si tiraba una goma de borrar, ella le acercaba otra. Si desataba los cordones de los zapatos de Pablete, ella le decía al niño:
– “Pablo, se te han desatado los cordones. ¿Te ayudo a atártelos?”.
Y cuando Margarita se iba a su árbol a arrancar flores, Julia la seguía, y con las flores arrancadas hacía un ramillete precioso y se lo llevaba a casa.
Margarita nunca había sentido nada igual. ¡Por fin alguien que la entendía y no la regañaba ni la tenía miedo!. A partir de entonces descubrió que era mucho mejor tener amigos. Aprendió mucho de Julia y de los demás niños. Y decidió compartir su árbol con todos. Volvieron a colocar un columpio nuevo y esta vez duró mucho pero que mucho tiempo.  Eso sí, siempre siguió llamándose Margarita Lagartija. Hay cosas, que por mucho que intentemos olvidar, quedan escritas en nuestro diario para siempre.

(© Fanny Tales 2013. Categoría: “Ya sé leer”).

VERDEMOCO

Tinín era un dragón chiquitín, verde y muy tímido. Cuando nació, sus padres dijeron al verlo:
-¡Que chiquitín!.Se llamará “Tinín”.

Pues Tinín vivía en el país de los dragones. Los había de todas las clases y colores: dragones alados, sin alas, azules, temibles, grandotes, con garras y hasta con una larga barba.

¿Y sabéis cual era su juego favorito?. ¡El “lanza fuegos”!. Se ponían todos en fila y contaban hasta tres:

– Uno, dos y tres..- Y todos escupían fuego a la vez. El que conseguía achicharrar más tréboles, ganaba.

Pero Tinín prefería jugar a otras cosas y se escondía entre los árboles para recoger hojas, contar hormigas o tirar piedras al rio.

Pasaron los años y Tinín se hizo mayor, pero seguía sin crecer. Los demás dragones se burlaban de él. Más aún cuando se dieron cuenta de su gran problema: ¡Tinín no sabía escupir fuego!. Cada vez que lo intentaba, en vez de fuego, le salía agua.

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Decididamente, Tinín era un dragón especial. Por si eso fuera poco, el color de su piel se había oscurecido, y los demás dragones comenzaron a llamarle “Verdemoco”.

– ¡Verdemoco apagafuego! ¡Verdemoco apagafuego!- gritaban todos, burlándose de él.

Un día Tinín decidió irse de allí. Cogió un hatillo con algo de ropa y comida y se alejó. Y anduvo, anduvo y anduvo por caminos de arena, por montañas muy altas y hasta navegó por el mar hasta llegar a un pueblecito rodeado por campos de trigo y amapolas.

Verdemoco no había visto nunca nada tan hermoso, así que decidió quedarse allí.

En ese pueblo hacía mucho calor. Menos mal que Verdemoco sabía escupir agua. ¡Era un alivio!.

Pero a pesar de que se intentaba esconder muy bien, un día le descubrió una niña.

verdemoco y niña

¡Menudo susto se llevó Verdemoco!. Ahí delante de sus narices estaba ella, con los ojos como platos y la boca muy abierta. Ninguno salió corriendo. Y ella le preguntó:

– ¿Eres un dragón?.

– Sí- contestó él- Me llamo Verdemoco.

Y la niña se rió.

-¿Verdemoco?. Yo me llamo María.

María y el dragón se hicieron muy amigos. Jugaban cada día en el campo de trigo. La niña le presentó a sus amigos y Verdemoco estaba encantado. Allí nadie se reía de él. Es más: ¡le adoraban!.

El problema llegó cuando María le llevó a casa y se lo presentó a sus padres.

– ¡aaaaaaaaaaaaaaaaah!- gritó la madre asutada.

El padre de la niña le echó de allí. Y Verdemoco volvió triste a su rinconcito del campo de trigo para esconderse.

Entonces ocurrió algo fantástico: las campanas de la iglesia se pusieron a sonar como locas. Un hombre gritó:

– ¡¡fuegoooooo!!!

La gente del pueblo corría de un lado a otro despavorida, con cubos de agua que se iba cayendo por el camino.

Verdemoco vio a lo lejos humo. ¡Venía de la casa de María!. Sin pensárselo dos veces se fue corriendo hacia allá. Y os podéis imaginar: algunos al verle salían huyendo y otros se quedaron petrificados en el sitio, sin poder moverse.

Verdemoco cogió mucho aire y escupió escupió y escupió hasta quedarse sin agua. El fuego se apagó y la gente del pueblo se quedó callada. Después comenzaron a aplaudir y a llenarle de besos.

El alcalde del pueblo, don Casimiro, le nombró hijo predilecto y María se quedó con él como mascota.

Verdemoco por fin encontró un lugar donde ser feliz.

(© Fanny Tales 2013. Categoría: “Ya sé leer”).

LA BRÚJULA DEL RATONCITO PÉREZ

El ratoncito Pérez revisó bien la lista antes de hacer la maleta:
– Leticia, Pablo, Carmen, Marita y Alejandro. Bien, cinco regalos. A ver a ver..- Y rebuscó en su baúl de las monedas. Normalmente las metía en un saquito, pero con las prisas, se las guardó en el bolsillo del pantalón, cogió su brújula y salió pitando. Tenía que darse prisa: eran muchos niños en poco tiempo.

ratón brújula

A Leticia se le acababa de caer su primer diente. Vivía en la ciudad, como los otros niños, así que el ratoncito Pérez debía hacer un viaje largo. Menos mal que llevaba su brújula: así no se perdería al moverse por las alcantarillas y los túneles del metro. ¡Viajar por la ciudad era tan complicado!.

Consiguió llegar a tiempo a casa de Leticia.

-¡Aquí está!- dijo al ver el pequeño diente bajo la almohada. Se lo cambió por una de sus monedas y siguió su viaje.

Alejandro le había dejado su diente encima de la mesilla de noche. Era su cuarto diente, así que el ratoncito tenía que ir con cuidado. Y con mucho sigilo le dejó en la mesita otra moneda reluciente. Después se fue a dormir a la casa de su primo, el ratón Gutiérrez, que vivía junto al anden de la línea dos de metro.

Al día siguiente tenía tres visitas: las casas de Marita y Pablo no estaban muy separadas, así que fue coser y cantar. Pero la casa de Carmen estaba muy lejos. Además vivía en un noveno, y por si fuera poco, tenía como mascota un gato enorme que le dio un susto de muerte.

– Menos mal que estoy en forma- pensó el ratoncito mientras cogía el diente de Carmen. Pero al buscar la moneda en el bolsillo..¡no estaba!. Y vio que tenía un agujero enorme.

– ¿Y qué le podría dejar?. ¡Ya está! ¡Mi brújula!- Y la dejó bajo la almohada.

El problema llegó después. Con tanto callejón y tanto túnel, el señor Pérez se hizo un lio..¡y se perdió!. Apareció en una zona del bosque que no había visto nunca.

– Oh, no..¡me he perdido!- dijo aterrorizado.

Todos los árboles le parecían iguales. Y todos los caminos. Menos mal que tras mucho andar se encontró con una lagartija.

– ¿Qué te pasa, ratoncito?- le preguntó al verle tan triste.

– Me he perdido- contestó- No encuentro mi casa.

-¿Y cómo es?

-Es una seta muy bonita, roja y blanca.

– No te preocupes, que la encontraremos- le dijo la lagartija- Vamos a preguntar a la mariquita, que se conoce muy bien el bosque.

Y la lagartija le acompañó cantando una cancioncilla:

– Vamos todos a encontraaaar la casita del ratón…

Y llegaron a la casa de la mariquita.

– ¿Una seta?. Ummmmm. Pues son se. Pero lo mismo el conejo sabe donde está.

Y se unió a ellos y todos fueron cantando:

– Vamos todos a encontraaar la casita del ratón..

ratón amigos

Y llegaron a la madriguera del conejo.

– ¿Una seta?- preguntó el conejo- Hay muchas setas detrás de esa arboleda de allá. Seguro que la ardilla desde arriba del árbol puede verlo mejor. ¡Vamos a preguntarla!.

Y se fue con ellos cantando la canción:

-Vamos todos a encontraaaar la casita del ratón..

– ¡Ya la veo, ya la veo!. dijo desde lo más alto del árbol la ardilla- ¡Vamos a acompañarte!.

Y ahí estaba, rodeada de las hermosas flores que tan bien cuidaba el señor Pérez.

ratón y casa

– Oh, no se como agradeceros esto- dijo el ratón emocionado- Regalé mi brújula a una niña y ya veis, no soy capaz de volver yo solo.

– ¿Brújula?- dijeron los animales- ¿Y para qué la quieres teniéndonos a nosotros?.

Desde entonces el ratón Pérez va y viene a la ciudad sin más ayuda que la de sus amigos. Es más: nunca más volvió a perderse.

(© Fanny Tales 2013. Categoría: “Aprendo a leer”)