Guadalupe y la casa misteriosa. Cuento sobre los hermanos para niños.

A Guada le encantaba jugar con sus hermanos. Porque tenía muchos, y se lo pasaba en grande. Estaban Carmen, Javier, María y Teresa. Guada no se enfadaba casi nunca y siempre les llenaba la cara de besos.

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Y es que a Guada lo que más le gustaba era jugar a ser la “mamá”. Por eso vigilaba mucho a Teresa, la más pequeña. Porque siempre estaba haciendo trastadas.

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La palabra más importante. Cuento infantil sobre el Amor.

Carolina volvió algo cabizbaja a casa: tenía que escribir una redacción sobre su palabra favorita.¡Con todas las que había en el diccionario!. Lo difícil era elegir. Porque cuantas más cosas tenemos, pensó, más difícil es ponerlas en orden.

Carolina

Así que Carolina se pasó toda la tarde pensando. Cogió el diccionario y empezó a abrirlo al azar. Señalaba a ciegas una palabra y la apuntaba en una hoja:

– “Cachivache”

– “Mariposa”

– “Tapón”

“Buah ..pensó Carolina- así no voy a ninguna parte”..

Así que cambió de estrategia y decidió preguntar a sus hermanos y a sus padres. Primero a su hermano mayor:

– A ver, Carlos, dime una palabra que te guste..

– ¡Espaguetis!

Carolina salió de su cuarto muy enfadada. Y le preguntó a su hermana pequeña.

– “Cato”- contestó Marta con su lengua de trapo.

– ¿Gato?- repitió Carolina desilusionada.

Luego le preguntó a su padre, y le dijo que le gustaba mucho la palabra “supercalifrasgilisticuespialidoso” (siempre estaba gastando bromas). Y su madre le contestó que le gustaban muchas: paz, felicidad, familia, margarita, libélula…. Y no se decidió por ninguna.

Así que Carolina se volvió a sentar en su silla y comenzó a garabatear la hoja en blanco. Y de pronto se vio dibujando corazoncitos por todo el papel ( porque a Carolina le encantaba dibujar cosas mientras pensaba)..

Y dibujó un corazón…y otro..y otro más..así hasta llenar el folio de pequeños corazones. Entonces fue cuando encontró la palabra. ¡Por fin la palabra más importante de entre todas las palabras!.

Carolina cogió el rotulador rojo y escribió con letras muy grandotas: Sigue leyendo “La palabra más importante. Cuento infantil sobre el Amor.”

Una carta para Balma. Cuento infantil sobre la amistad.

Portada Balma

Ocurrió un frío día de enero, por la tarde. Había nevado y las calles estaban blancas. Ese día, Balma recibió una carta. Con su nombre y apellidos y la letra clara. Sin remitente. La cogió nerviosa y se la llevó corriendo a su cuarto.  Su hermana la siguió. Ella también quería enterarse. Pero Balma decidió llevar aquello en secreto. ¡Era la primera vez que alguien le escribía!.

Así que no tardó en abrir la carta. Y escrito con letras mayúscula, pudo leer:

“Si sigues las pistas encontrarás el tesoro. Busca en tu nombre. Esconde un secreto”.

¿Ya?. Balma le dio la vuelta a la hoja. Una vez y otra más. ¡¡No había nada!!. Qué querían decir aquellas palabras?. ¿Un tesoro?. ¿Un secreto?. ¿Su nombre?. ¡No lo entendía!. Sin embargo, no quería decirle nada a su madre. Se rompería el hechizo…

Así que Balma guardó la carta entre las hojas de uno de sus libros, y aquella noche apenas probó bocado durante la cena. Ni podía dormir. No podía dejar de pensar en aquellas enigmáticas palabras… “las pistas”… “tesoro”…”nombre”…”secreto”…

Al día siguiente decidió comenzar a investigar. Lo primero que hizo fue ir a la biblioteca del colegio. Allí había muchísimos libros y seguro que alguno podría ayudarla. Buscó entre los libros de misterio..de tesoros..de detectives..y nada.

Balma Biblio

Y ya cuando se iba a ir, cabizbaja, escucho su nombre con esa vocecilla alegre de Ana, su amiga del alma.

– ¡Balma!. No te había visto. ¿Qué te pasa?.

A ella, a Ana, no le podía ocultar nada. Sabía leer en sus ojos, así que no merecí ala pena ni siquiera intentarlo.

– Buenoooo. Busco una pista.

-¿Una pista?. ¿De qué?.

– De un mensaje.

– ¿Qué mensaje?.

– Este…

Balma le tendió el sobre a su amiga y ésta lo leyó como tres veces. Y eso que sólo era una frase.

– ¿Y quién te lo ha mandado?.

– Ni idea.

– Bueno. Tal vez tengamos que hacer caso a lo que dice. Hay que buscar en tu nombre.

– ¿Y cómo?.

– Pues en algún libro de nombres, claro.

No había nada como hablar con Ana. Siembre o veía todo muy clarito, así que enseñarle la carta, pensó Balma, no había sido tan mala idea.

Biblio

Buscaron un libro de nombres. Y ahí estaba el suyo: Balma.

– “Balma significa gruta o cueva. Es el nombre de la Virgen de la Balma. Tiene un santuario excavado en la roca en Zorita, una población muy pequeña de Castellón”.

Las dos amigas se miraron boquiabiertas. ¡Zorita!. ¡Una cueva!.

– ¿Me estás diciendo que en la cueva esa hay un tesoro?- exclamó victoriosa Balma.

– Yo creo que sí- contestó su amiga.

– ¿Y cómo llego hasta allí?.

– No sé. Ni idea.

Balma regresó a casa contenta. También un poco triste. Conocía el significado del mensaje. Y no sabía cómo hacer para llegar hasta el tesoro.

Así se pasó Balma el resto de semana..hasta que el viernes recibió la mejor de las noticias.

– Oye Balma, este fin de semana hacemos una excursión- le dijo su madre- Os vamos a enseñar a tu hermana y a ti la cueva de Zorita.

¡No podía ser verdad!. ¡Iba a conocer la cueva!. ¡Podría buscar el tesoro!. Intentó disimular un poco su entusiasmo, aunque era difícil. Su hermana estaba bastante “mosqueada” porque la notaba rara.

Al día siguiente,Balma era la primera preparada para salir en la puerta de casa.

– Vaya, menudas prisas-le dijo su madre.

El viaje se le hizo eterno. No eran muchos kilómetros, pero tenía tantas ganas de llegar…

Y al fin lo vio, como parte de la montaña. Unas casas blancas pegadas a la roca, un edificio del color de la arcilla y una gruta. Abajo había un rio. Aparcaron y comenzaron  a subir andando.

– Qué callada estás- le dijo extrañada su madre.

– Que va- contestó Balma. Y siguió andando.

Primero llegaron a las casas blancas. Y un poco más adelante estaba la iglesia. Y por fin, la cueva. Claro, que estaba un poco oscura.

Balma cueva

Balma miró y remiró y sólo alcanzó a ver la talla de una virgen en medio de la gruta. Y de repente pensó que  aquello podía ser una  broma. . .Salieron de la gruta. Balma estaba triste. Sus padres decidieron que comerían allí mismo. Una de las casitas blancas era un hostal.

Se pidió espaguetis con tomate. Y de postre un flan. Su madre no dejaba de observarla.

– Pues algo te pasa…

– Que no- contestó enfadada Balma.

Entonces se acercó el camarero, con una carta.

– Me han dado esto para una tal Balma-dijo muy serio.

Y Balma de un brinco saltó de la silla. Cogió el sobre y lo abrió todo lo deprisa que pudo.

“Descubriste el misterio. Eso significa que eres una excelente detective. Te has ganado un premio: así que tú misma elegirás el tesoro”.

Firmado: Mamá.

(© Fanny Tales 2014. Categoría: “Ya sé leer”. Cuento por encargo para Balma, una niña de siete años).

Don Marino. Cuento para niños sobre el valor de la amistad.

En realidad se llama Antonio, pero le llaman Don Marino. Tal vez por su camiseta blanca, el ancla bordado en el centro y esa barba larga y tupida. Siempre lleva un gorrito redondo de algodón y una cesta de mimbre. Para guardar los peces.

Don Marino

Y todas las mañanas don Marino se acerca al puerto, se sienta en el muelle y saca su caña de pescar. Y todas las mañanas también, se acerca Matías para ver lo que pesca Don Marino.

Matías tiene sólo ocho años, pero quiere ser pescador, como Don Marino. Y se sienta a su lado para ver cómo engancha la lombriz en el anzuelo y cómo después lanza el sedal  lejos, muy lejos, tan lejos  que a veces lo pierde de vista.

Y así se pasan las mañanas Matías y Don Marino, calladitos y pacientes. Esperando que algún pez pique. Pero no pican. Y mientras, Don Marino, entre silencio y silencio, le cuenta historias muy antiguas a Matías. Y a Matías le encantan las historias de Don Marino.

¿Queréis oír una?

– ¿Sabes, Matías?- le dijo un día Don Marino al niño- Hace mucho, mucho, mucho tiempo (porque las historias de Don Marino siempre empiezan así)…pero mucho, mucho tiempo, conocí a la ballena más grande del ancho mar.

Matías pone los ojos como platos y se le ilumina la cara. Señal de que quiere oír más.

– Sí, sí..te lo digo de verdad- continuó Don Marino- Yo no sabía nada de ballenas, porque era muy joven. Estaba pescando en medio del océano, en una barquita muy pequeña que me prestó mi papá. Sólo había podido coger un pez, y ya me iba a marchar. Llevaba muchos días en aquel lugar. Todos los días iba al mismo sitio, en la misma barquita, y a la misma hora. Y justo cuando me iba, la oí:

– Fffffffffff. Fffffffff.

don marino y la ballena

Resoplaba con fuerza, como una manguera cuando se escapa del grifo. Me empapó de agua, y entonces la vi: inmensa, desafiante y gorda, muy gorda.

(Matías seguía poniendo la misma cara. Así que Don Marino continuó).

– Y en vez de asustarme, me enfadé. Vaya que si me enfadé…¡¡me había puesto perdido!! Así que le grité: “Eh, tú, pez gordo, yo no te he hecho nada para que mojes enterito”.

Y la ballena volvió a resoplar.

-Ffffffffffffffffffffffffffff.

Entonces entendí que quería jugar, como un perrillo. Y puestos al lío, me puse a jugar…y le lancé el único pez que había pescado. Nos hicimos muy amigos, y volvimos a vernos al día siguiente. Y así todos los días, uno detrás de otro. Después de pescar, la ballena se acercaba y empezábamos a jugar.

Un día dejé de verla, se fue. Pero aún la espero, sentado en este muelle. Sé que volverá. ¿Sabes?: cuando haces un amigo, aunque no le veas, está. Claro que está.

Y ese día Matías se sintió un poco ballena, y decidió que nunca abandonaría a Don Marino.

(© Fanny Tales 2013. Categoría: “Ya sé leer”).

La ventana. Cuento infantil sobre el tiempo.

A Juan le encantaba subir a la colina verde con su abuelo. Él decía que para coger flores y hacer un ramillete enorme para su abuela. Pero en realidad le gustaba subir a la colina verde porque allí en todo lo alto estaba la casa embrujada. Y eso a su abuelo no se lo iba a decir (para que no se asustara).

Le gustaba mucho esa casa a Juan porque tenía ventanas y ventanas por todas partes. Era una enorme casa repleta de minúsculas ventanas. Y de todas ellas había una diferente. Era la más estrecha y alargada. Su ventana favorita, tal vez por ser distinta. Y cada vez que subía a la colina verde junto a su abuelo, se pasaba los minutos mirándola embobado.

casa ventana

Nunca vio a nadie salir de la casa. Ni mirar por ninguna de las cientos de ventanas que la rodeaban. Parecía una casa vacía.

Pasó que un día su abuelo le sorprendió.

– ¿Y por qué no miramos a ver qué hay dentro?

Él nunca le había dicho nada. Y sin embargo lo sabía todo. Siempre lo sabía todo. Por eso era la persona que más quería.

– ¿Y cómo? ¡Está muy alta!

El abuelo de Juan se rascó la cabeza y al cabo de un rato le dijo:

– ¡Tengo una idea!: mañana vendremos con una escalera larga, muy larga. Y subiremos hasta allí.

Al día siguiente volvieron a la colina verde, con la escalera a cuestas. La colocaron contra la pared, bajo la ventana estrecha. Juan no podía creer que aquello estuviera pasando. Él y su abuelo allí, con una escalera, junto a la ventana,a punto de desvelar el misterio.

– Subiré yo primero para comprobar que la escalera esté bien- dijo el abuelo de Juan.

casa ventana escalera

Subió despacio, agarrándose bien a cada extremo. La madera de la escalera crujía a cada paso. Un peldaño. Otro. Y otro más. Así hasta 15. Y allí en lo alto, su abuelo parecía muy pequeño. Tanto, como un niño.

Se quedó un buen rato allí mirando por la ventana, sin decir palabra. Y al volverse tenía los ojos llenitos de lágrimas. Bajó despacito la escalera.

– ¡Dime qué has visto, abuelo!- le dijo Juan.

– No, no..mejor sube tú.

Y Juan subió deprisa, impaciente y tembloroso. Estaba a punto de descubrir el misterio. Y al llegar, se quedó petrificado. Acercó más y más la cara. No podía ser. Allí sentado junto a una chimenea, estaba su abuelo, leyendo un libro. En la vieja mecedora marrón.

Volvió a mirar. Se limpió los ojos. Allí seguía. Y sin apenas entender, bajó la escalera, esta vez despacio. Y miró a su abuelo extrañado.

– ¿Qué viste tú, abuelo?- le preguntó una vez abajo.

– Te vi a ti.

Y ambos recogieron la escalera y se marcharon despacito. Por el mismo camino que harían juntos de nuevo cada día.

(© Fanny Tales 2013. Categoría: “Ya sé leer”).

El cuaderno de Cloe. Cuento sobre los sueños de los niños.

A Cloe le gustaba mucho dibujar, escribir, y pensar en las musarañas. Y en el recreo, en vez de jugar a darle patadas a la pelota, a inventar trastadas en el cuarto de baño o hacer comiditas con piedras machacadas, ella se sentaba en un rincón, sacaba su cuaderno y empezaba a mover el lápiz hacia todos los lados.

Cloe

– Siempre igual- decían sus amigas- ¿pero qué escribe todos los días en ese cuaderno?

El cuaderno de Cloe era un cuaderno especial, que ella misma se fabricó, grapando hojas de colores. Era un cuaderno de hojas verdes, rosas, amarillas..

– Es un cuaderno mágico- les dijo un día Cloe.

Sus amigas desde entonces no pararon de pensar cómo hacer para quitarle el cuaderno.

– Ha dicho que es mágico- recordó Merceditas- Eso es porque seguro que apunta conjuros de esos de las brujas.

MerceditasRaquel

– No creo- decía Carlota, que siempre había sido mucho menos fantasiosa que el resto- Es mágico porque la tinta se volverá invisible.

-¿Invisible?- repitió entusiasmada Raquel- O quizás sea mágico porque te ayude a viajar por el espacio-

Y todas se echaron a reír.

– Hay que hacer algo para averiguarlo- dijo Merceditas.

Dicho esto, trazaron un plan. El objetivo: el cuaderno de Cloe. Claro, que no iba a ser nada fácil. Cloe no dejaba  su cuaderno ni un segundo. ¡Hasta se lo llevaba al cuarto de baño!

– Tenemos que distraerla para poder echarle un vistazo- dijo al cabo de un rato Merceditas.

Así que al día siguiente, cuando sonó el timbre del recreo, Raquel, Carlota y Merceditas fueron corriendo hacia Cloe.

– Cloe, Cloe, ¡mira lo que hemos traído para ti!- le dijo Merceditas guiñando al resto un ojo. Y sacó una muñeca de su mochila. Una muñeca nueva, que acababan de regalarle, con cientos de accesorios y vestiditos de quita y pon.

Pero Cloe agarró fuerte su cuaderno y dijo:

– ¡Que bonita!. Pero voy a dibujar un rato.

Oh, no!..no había manera. Los días siguientes siguieron intentándolo..con cromos, dibujos e incluso una caja de bombones. Nada. Cloe no se separaba del cuaderno, y cada día que pasaba el cuaderno era más y más mágico. Más y más especial. Más y más atrayente. Y Carlota, Merceditas y Raquel se morían de rabia.

Cloe se dio cuenta de que sus amigas la seguían a todas partes. Y sonreía muy contenta de tener algo tan valioso entre las manos.

Así se pasaron las amigas todo el año, intentando sin éxito ver lo que Cloe dibujaba en su dichoso cuaderno de colores. Y el último día de colegio, cuando ya habían perdido todas las esperanzas, ocurrió lo inesperado: Cloe se acercó a sus amigas y les tendió el cuaderno garabateado.

– Os lo regalo- les dijo sin pestañear.

Sus amigas no sabían si creerlo. ¡Por fin tenían el cuaderno mágico entre las manos!. Lo abrieron impacientes, con muchos nervios. No sabían si encontrarían pócimas mágicas, letras invisibles o alguna clave para viajar por el espacio..y al abrir las hojas, comprobaron atónitas que sólo estaba lleno de..letras!!

Cuaderno Cloe

Ahí estaban sus nombres y unos cuantos corazones. Y palabras enredadas entre sí: árbol, corazón, luna, cielo..Y dibujos salpicando las palabras de color: un gato, un sol, unas flores… Y de magia, nada..

cuaderno cloe 2

– Pero…¡no es un cuaderno mágico!- protestaron las niñas.

– Sí que lo es- dijo Cloe- Aquí dentro están todas las cosas que me hacen soñar. ¡Feliz verano, chicas!

Sus amigas terminaron aquel curso aprendiendo una sabia lección: la magia  no hay que buscarla fuera…sino dentro de las personas.

(© Fanny Tales 2013. Categoría: “Ya sé leer”).

La palabra más larga. Cuento infantil para jugar con las palabras.

A Mateo le encantaba jugar con las palabras.  “Bárbaro. Bata. Balón. Barca”.

“Batín. Baba. Batalla”.

– Ahora, que empiecen por “ca”- les decía a sus amigos.

– Calamidad. Caballo. Caramelo.

– Carroza. Camión. Cacatúa.

– ¡Caca!- soltaba Lucas.

Y todos a reír.

Las palabras se parecían a los acertijos. Y a él le encantaba jugar a las adivinanzas. También disfrutaba inventado palabras:

– ¡Carricocherístico!

Y todos a reír.

los amigos pensando palabras

Otras veces le preguntaba a Deo, un amigo de su padre que era viejo y sabio. Muy viejo y muy sabio. Porque Deo se sabía palabras muy raras.

– Caleidoscopio.

Y Mateo escuchaba atónito. No sabía de nadie que se supiera más palabras que Deo.

Un día se quedó pensando… ¿y si buscara una palabra larga..muyyy larga? ¡La palabra más larga!. ¡La palabra más increíble!. Tanto o más que caleidoscopio, ornitorrinco o libélula. Y propuso a sus amigos un juego:

– El que consiga encontrar la palabra más larga, gana.

Y a todos les pareció buena idea, así que se pusieron a investigar, entre todas las palabras que conocían. Marta las apuntaba en una hoja e iba contando las letras: una..dos..tres..cuatro..

Juan observaba todo alrededor y se ponía muy serio.. Carlos hasta cerraba los ojos para concentrarse.  La cosa se ponía difícil, porque sus amigos habían encontrado palabras muy largas:

– Destornillador: 14 letras- soltó Carolina

– Otorrinolaringólogo: 19 letras- dijo muy contenta Marta.

-¿Y tú, Juan?

– ¡Carcatipatrucalia!

Y todos a reír.

– Eso no vale, es trampa. Las palabra son se pueden inventar- dijo Mateo.

Y se fue triste a casa, pensando en que no encontraría ninguna palabra que realmente mereciera la pena. Ese día Deo estaba de visita. Así que aprovechó y le preguntó.

– ¿La palabra más larga?- dijo Deo asombrado- Ummm…deja que piense.

palabras

Deo estuvo un tiempo pensando. Y cuando Deo pensaba mucho arrugaba la frente y parecía aún más viejo.

– ¡Ya lo tengo!- dijo sonriendo.

Al día siguiente, Mateo llegó al colegio victorioso. Por fin había encontrado una palabra importante. Y larga, muy larga.

– Venga, dilo ya- le dijo Juan nervioso.

– ¡Deoscopidesempérides!

Y todos en silencio. Con cara de asombro. Nunca habían oído una palabra taaan rara. Ni taaan larga. Ni taaan espectacular.

– Son 20 letras-aclaró Mateo.

Y todos sus amigos le felicitaron. Sin saber si quiera qué significaba.

– ¿Un animal?- preguntó Juan.

– No

– ¿Un país?- Intentó Carolina

-No

– ¿Un hueso?

– Frío, frío

– ¡Un sabio!- dijo de pronto Marta.

– ¡Sí!- contestó Mateo- El sabio más sabio y más viejo del planeta: mi amigo Deo.

El timbre del recreo sonó y todos se fueron a sus clases..repitiendo sin parar entre los dientes la palabra más larga y más increíble que habían encontrado…

(© Fanny Tales 2013. Categoría: “Ya sé leer”).

El autobús de mi tío Nicolás. Cuento divertido para niños sobre un viaje especial.

Mi tío Nicolás es el mejor tío del mundo. Y no lo digo porque tenga una medalla de oro colgada de la pared de su cuarto. Ni porque sea capaz de hacer botar en el agua una piedra como si volara. Tampoco porque sea el más fuerte ni porque me enseñe a ganar a las cartas sin hacer trampa. Ni siquiera porque sea el que más goles mete cuando jugamos contra los primos.

Mi tío Nicolás es el mejor porque me lleva y me trae en su autobús y me enseña cientos de sitios. ¡La de aventuras que hemos vivido juntos!

autobús

Un día me fui con mi tío a un pueblecito pequeño: Villamartin del Sil. Y se subió una señora que decía venir de Carracedelo.  La señora debía de tener miles de años, porque era muy pero que muy vieja, tenía una verruga en toda la frente y no dejaba de mirarme con cara de bruja. Y eso no fue lo peor. Lo peor fue cuando se sentó a mi lado y empezó a contarme historias de miedo. Yo nunca había visto una bruja de verdad. Esa fue la primera vez. Y la última. Espero.

Ella hablaba y hablaba y yo sólo descontaba los minutos que quedaban para llegar a mi pueblo mientras intentaba por todos los medios no mirarla a la cara.

Y ella venga a hablar y a hablar. Y yo venga a descontar y a descontar.

-Tío..¿cuánto quedaaaa?- Y mi tío callado, concentrado en la carretera.

Me dijo que vivía en una palloza. Que era una casa redonda y que su palloza estaba llena de duendes que le robaban las cosas.

¿Una casa redonda? ¿Para qué quiere nadie vivir en una casa redonda? ¿Dónde esconde las canicas la señora? ¡Con lo divertidas que son las esquinas!

Pues la bruja, la señora, llevaba una cesta de mimbre y dentro..¡sí!..¡¡un gato!! Negro como el carbón y con unos ojos verdes que daban miedo. A mí el gato de la señora bruja no me gustó ni un pelo. Y yo creo que tampoco le gusté a él, porque era acercar la cara y pegar un bufido que podrían temblar hasta las piedras.

El gato de la señora bruja se llamaba “Salomón”. Y ella no paraba de decir..

– ¡Salomón..estate quieto!-

bruja

Ya me la imagino yo en su palloza, con Salomón subido a la ventana, preparando una pócima para transformar a su vecina Hortensia en amapola. Y es que la señora bruja no paraba de contarme lo malísima que era su vecina.  Me contó que un día que estaba tendiendo, ella fue con un cubo de agua sucia y se la tiró encima. Y para vengarse ella al día siguiente le cortó todas las rosas del jardín, que era lo que más le gustaba de su casa a Hortensia. Me contó muchas historias de estas la señora bruja, incluida una de terror. Dice que se le apareció un fantasma de esos con grillete y todo. Y que le dijo que tenía que ir a Tarazona, a visitar a un primo suyo que nunca iba a ver. Que miedo. A mi si se me aparece un fantasma de esos por la noche, me voy pitando en el autobús de mi tío lo más lejos posible.

Menos mal que al final la señora bruja se bajó en la siguiente parada, porque si no,  no sé qué hubiera pasado con Salomón y el resto de viajeros. Yo aproveché que se iba para pasarme corriendo al lado de la ventanilla. Así si venía otra bruja a contarme historias extrañas, al menos podría escabullirme mirando el paisaje.

Yo siempre que puedo, cuando voy con mi tío Nicolás, me pido ventanilla, porque me encanta mirar a las nubes y jugar a contar los árboles.

Una vez nos fuimos lejísimos, hasta un sitio que se llamaba Reims, que está en Francia. Allí la gente no entiende ni torta de español. Y por más que les decía yo “me llamo Ramón”, no había manera…

En ese viaje estuve todo el tiempo mirando por la ventanilla. Y eso que pasaron horas y horas y kilómetro y kilómetros, porque Reims, está muy lejos.

Pero era el puente de octubre y no podéis ni imaginar lo bonito que estaba todo. Las hojas de los árboles estaban tan rojas que parecía que el bosque se quemaba. Sobre todo cuando el sol se deslizaba por las copas como si se balanceara. Y es que al sol también le debe gustar jugar entre las ramas, como a mí cuando mi primo Felipe me aúpa y empezamos a tirar chinitas desde allí arribota a las primas.

– ¡¡Ramón y Felipe, nos vamos a chivar! ¡Os hemos visto!- jaja, y siempre terminaban escapando. Bueno, todas menos Angélica, que estaba tan loca como nosotros y no tardaba ni un minuto en trepar hasta la copa para pegarnos un tortazo.

A mí me gustaba subir a las ramas porque desde ahí se veía muy bien la carretera. Y de vez en cuando veía pasar a los autobuses de la empresa de mi tío. Pero el suyo sólo lo vi pasar dos veces. Sabía que era él porque siempre colocaba en el retrovisor la imagen de San Cristobal. Y bailaba de un lado a otro cada vez que pillaba una curva.

montañas

Así que el viaje a Reims se me pasó en un suspiro, pensando en todas estas cosas y contemplando el paisaje. Cuando me quise dar cuenta, ya estaba en la plaza de la estatua de Juana la Loca intentando enseñar a un tipo con boina y bigote a pronunciar bien mi nombre.

– Me llamo “Ra-món”-

– “¿Gamon?”

– Ra-móm

– Ga- món

Al final, en Reims, terminé siendo “Gamón Guiz”. Bueno, podía haber sido peor.

En Reims vi muchas vides con uvas gordotas. Y las casas eran muy bonitas.

Ahora, nada como las que vi cuando fuimos a Holanda. Aunque lo que más me gustó del viaje a Holanda fue el verde de las montañas. Sí sí: el verde. Y es que uno no sabe lo que es verde de verdad hasta que no sale de España. El verde es verde, no verde clarito, no. Y las vacas allí están gordas y son rubias. ¡No tienen manchitas!.

En Holanda nos pasó una cosa curiosa a mi tío y a mí. Bueno, y a todos los pasajeros del autobús. De hecho no sé si hasta salió en los periódicos.

Íbamos tan tranquilos, camino de Amsterdam,  y ya casi era de noche. De repente empezamos a ver luces azules a los lados. ¡Eran policías! Y los coches policía de allí parecen de carreras. Son muy raros, porque tienen rayitas rojas y azules por todas partes. El caso es que había como tres o cuatro coches policía. Le hicieron señales a mi tío para que parara. Y él muerto de miedo. Y todos muertos de miedo. Había una señora de Villacarrillo que no paraba de decir:

– Ay Dios mío Santísimo. Ay Dios mío Santísimo….

Y otra que no paraba de llorar. Pero mi tío, asustado y todo, nos decía una y otra vez:

– Tranquilos, tranquilos, que no pasa nada, que seguro que es un malentendido.

Mi tío bajó del autobús y subieron dos policías. De repente un hombre se levantó y se lanzó contra ellos. Todo el mundo agachó la cabeza. ¡Igual que en las películas! Pero yo no me lo quería perder, así que no le quité ojo al policía de bigote rubio. Le agarró al señor por el pescuezo y lo tiró al suelo. Y con el poco sitio que les quedaba y todo, le puso unas esposas.

Menudo revuelo se armó. Mi tío tuvo que parar en un autoservicio para que la señora de Villacarrillo se tomara una tila. Y para que alguno que otro fuera al servicio.

Nos contó que el detenido era un ladrón muy buscado en Holanda. Y que al fin habían dado con él gracias a un confidente, porque el detenido, que en realidad se llamaba Yani Van Veeldvoorde, se hacía pasar por Juanito Rodríguez en nuestro país.

Después de eso mi tío pensaba que no le iba a pasar nada más importante que contar. Pero se equivocaba. Lo más importante que le ocurrió a mi tío en su autobús, se llama Felisa. Y ahora, es mi tía.

A Felisa la conoció en un viaje a Colindres. Ella iba a ver a su familia y llevaba una maleta pequeña. Como Felisa es una despistada, le pidió a mi tío que le avisara cuando fueran a llegar. Así que se sentó muy cerquita y empezaron a hablar. Mi tío dice que hasta entonces no creía en el flechazo. Pero Felisa le dejó impactado. Así que le pidió el teléfono y esa misma noche la llamó para quedar con ella. Felisa es una tía fantástica. Sobre todo porque me trae sobaos y una tarta muy rica de queso que hace su abuela.

Dice que quiere tener un hijo como yo para que me acompañe en el autobús y demos conversación a mi tío. Así que aún me quedan muchos viajes por delante y muchas anécdotas que contar.

¿Entendéis ahora por qué mi tío es el mejor tío del mundo?

(© Fanny Tales 2013. “Ya sé leer”)

Andrés Trotamundos. Cuento para niños sobre la autonomía.

Andrés soñaba con viajar: en tren, en avión..en bicicleta.. aunque fuera, en monopatín. Para imaginar que viajaba, hacía mapas con las hojas de los árboles. Las recortaba y les daba forma de países. Luego le pintaba dos ojitos y una boca a una piedra plana y jugaba a saltar de hoja en hoja.

andrés

– “yuuuuuuuuuu…acabamos de aterrizar en Verdépolis…les rogamos a los pasajeros que tengan cuidado al salir del avión”..

Y así se pasaba las tardes Andrés, saltando de hoja en hoja, de país en país. Imaginándose en lugares exóticos. Una vez incluso se construyó un cohete, porque el mayor de sus sueños, como no, era el de viajar al espacio. (Debe ser que el mundo se le quedaba demasiado pequeño). Así que cogió una caja de cartón y se hizo un casco de astronauta.

cohete

– “yuuuuuuuuu.. atención: localizada luna menguante. Prepárense para el alunizaje. Yuuuuuuuu…extraterrestre amistoso a estribor…”

Tal era su pasión que su abuelo un día le regaló su antiguo pasaporte, una libretita llena de sellos  con letras y dibujos muy curiosos de países remotos. Y el día de su cumpleaños, le compró una bola del mundo. ¡Una bola del mundo!. Andrés no podía creer lo que veía..era la cosa más bonita que jamás le habían regalado.

– guauuuu- exclamó Andrés- ¿de verdad que aquí caben todos los países?- preguntó extrañado.

– Claro que sí- contestó muy seguro su abuelo.

bola mundo

Desde entonces Andrés no dejó de admirar la bola del mundo y de hacerse planes de futuro:

– Primero iré a Groenlandia. ¿Habrá muchos pingüinos en Groenlandia? ¿Y esquimales? Bueno, lo mismo hace mucho frío…casi mejor que me voy a la China. Y le traigo a mamá y papá unas mandarinas..

china

Una noche, Andrés tuvo un sueño fantástico. Estaba mirando la bola del mundo cuando de repente ¡zassss!..¡¡se coló dentro!! Y no se sabe cómo, apareció en la China. Sabía dónde estaba porque en su cole había muchos niños chinos, y el niño que tenía delante,era igualito que ellos: con la piel amarillenta y los ojos pequeñitos y alargados. Lo malo es que sólo hablaba chino, y por más que le preguntaba, no entendía ni torta.

El niño chino le enseñó una muralla enoooooorme. Pero enoooooooooorme. Tanto, que Andrés pensó que si fuera una escalera, lo mismo llegaba hasta el cielo y así se ahorraba el viaje en cohete.

Cuando terminó de ver la muralla, Andrés cerró los ojos y al abrirlos se encontró en algún país de África. Estaba seguro de que eso era África porque aquello parecía un desierto y hacía mucho calor. Además había un niño africano al que no entendía nada de nada.

El niño le hizo señas para que se escondiera detrás de unos arbustos y Andrés vio a lo lejos unos hipopótamos bañándose en un charco enorme. Eran gigantescos. Más grandes que su tío Alfonso, que tenía una tripa redonda redonda.

Andrés también vio una jirafa y unos leones. Y rinocerontes, cebras y hasta un elefante.

Pero entonces sonó un ruido espantoso: riiiiiiiiiing.

Y África se esfumó.

Acababa de sonar el despertador, y tocaba levantarse para ir al cole.

– Hasta luego!- se despidió Andrés de sus amigos, saludando según salía de su cuarto, a la bola del mundo. Estaba deseando volver para seguir viajando.

(© Fanny Tales 2013. Categoría: “Ya sé leer”)

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