La fantasía de Fanny Tales de la mano de los puppets más divertidos

Fanny Tales comienza un proyecto nuevo fascinante, atrevido y lleno de color. La fantasía cobra forma y se materializa en El Show de Arnold, un canal de puppets original, único, tierno y entrañable.

Kike, Arnold, Berta, Tina la Yeti,, el Profesor Chiflado… son sólo algunos de los protagonistas de este divertido canal en donde no pueden faltar, como no, las risas. ¿Quieres conocerlo?

Este es sólo un ejemplo… pero habrá muchas más sorpresas.
El Show de Arnold también estará en Facebook,en http://www.facebook.com/elshowdeArnold
Y por supuesto, si os gusta, no dudéis en suscribiros al canal de youtube de los puppets: https://www.youtube.com/channel/UCKyQwqci9nFoCv2PmVnUJjg?sub_confirmation=1

¡¡Gracias!!

Cuento por encargo: ‘El reino de las margaritas’

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Érase que se era un reino muyyyyyy lejano. Tan, tan lejano como la luna y el sol. Y como las estrellas, las nubes y los arcoíris. Por eso allí sólo se podía ir en popete, un cohete especial de color verde y un sombrero de rayitas al que le encantaba salir de paseo.

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Y en ese reino tan lejano, claro, había un rey. Bueno, en este caso, una reina. La reina se llamaba Eva y vivía con su hermana Vero y su fiel escudera: Patricia.

Eva era una reina buena y cariñosa. Le gustaba mucho leer, por eso su castillo estaba lleno de libros.

En el país de Eva, todo era diferente. Los árboles no daban manzanas, sino cuentos. Y cada vez que se acercaba una tormenta y caía una tromba de agua, el reino de llenaba de letras de colores. Y era un auténtico caos, porque se mezclaban con las flores, todas rojas, azules, violetas y naranjas, y luego era la mar de difícil recoger las letras del suelo.

llueven letras

Pero Eva no era feliz. Ni tampoco Vero. Ni Patricia. Se sentían un poco solas. Tenían miles de letras almacenadas y no podían compartirlas con nadie.

Un día Eva tubo una idea: mandaría en popete a su hermana y a Patricia en busca de otros reinos. Así les podrían invitar a quedarse una temporada con ellas.

A Vero y a Patricia les pareció una excelente idea, así que se subieron en popete y se lanzaron en busca de nuevos reinos.

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El primero al que llegaron era un reiino muy oscuro. En él vivía un rey fanfarrón y vanidoso. Creía saberlo todo, y no tardó ni tres minutos en echarlas de allí.

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Vero y Patricia se fueron asustadas. No les había gustado nada ese rey tan poco hospitalario.

El segundo reino al que llegaron, parecía bonito. Tenía lindos colores y cientos de mariposas volaban libres por el cielo. Pero su reina era la más egoista de todos los reyes, y nada más verlas, escondió mariposas, flores y libros para que ni siquiera no puedieran mirarlos.

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Vero y Patricia se fueron muy tristes de allí.

Desesperadas, Vero y Patricia estuvieron a punto de darse media vuelta, cuando de repente vieron algo realmente asombroso: a lo lejos se podía ver con toda claridad, un reino con una enorme montaña blanca. Pero no era nieve lo que la cubría, sino.. ¡margaritas!

Miles y miles de margaritas, desde el pie de la montaña hasta lo más alto de la cima.

Arriba del todo, un castillo, y sobrevolando el castillo, seis enormes dragones.

dragones rayitas

– Vero- le dijo Patricia- ¿Tú tienes miedo de los dragones?

– ¿Yo?- cntestó Vero asombrada- ¡Ninguno!

Y allá que se fueron las dos en popete, impacientes por visitar aquel extraño reino.

Al llegar, los dragones salieron a su encuentro.

– ¿Qué venís a buscar?- les preguntaron.

– Venimos a invitaros a nuestro reino.

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Los dragones se miraron extrañados. No solían tener visita. Todo el que llegaba hasta allí, se daba la vuelta muerto de miedo. Pero esas dos chicas tan raras no parecían estar asustadas.

– Venid con nosotros. Os llevaremos hasta el castillo. Allí conoceréis a nuestros reyes.

– ¿Reyes?- preguntaron las dos al unísono.

– Sí- contestaron los dragones- Son seis.

Vero y Patricia no podían creer lo que veían: los reyes eran… ¡niños!

Claire, Gabriela, Sonia, Adrián, Sergio y José, se quedaron tan asombrados como ellas. Nunca antes había visto a dos chicas en cohete. Bueno, nunca antes habían visto personas más mayores que ellos.

Vero y Patricia se presentaron y les explicaron por qué estaban allí.

Los niños se miraron y aplaudieron. ¡Les pareció una excelente idea!

– ¿Iremos en cohete?- preguntó Sergio- Yo prefiero los trenes, pero no me importa montar en Popete.

– Yo quiero ir la primera- dijo Sonia.

– Pero, ¿cabemos todos?- preguntó Adrián.

– Que sí, que sí, no os preocupéis- les aclaró Patricia- Es un cohete especial. POdéis subri todos.

Y todos se subieron, no sin coger antes un buen manojo de margaritas para llevar de regalo al reino de las letras.

José, Adrián, Sonia, Claire, Sergio y Gabriela, abrieron mucho, pero muuucho los ojos al llegar allí. Jamás ahbía visto un reino tan bonito. Con árboles llenitos de cuentos y letras de colores esparciadas por el suelo.

Les gustó tanto, que decidieron quedarse una buena temporada. Por fortuna sus dragones habían venido con ellos.

Eva plantó las margaritas que trajeron, y también su reino se llenó de flores blancas.

– Me encanta este reino- gritó José dando brincos entre las flores.

– Y a mi Popete- dijo Sergio.

– Yo quiero aprender a leer- dijo Claire cogiendo un cuento del árbol.

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Eva por fin se sentía feliz. Es justo lo que quería: compartir su reino con reyes de ojos abiertos y corazón bondadoso.

Desde entonces, su reino de las letras abrió sus puertas a reyes como ellos, y  aprender se convirtió en algo muyyyy divertido.

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 ( © Fanny Tales 2014. Categoría: ‘Cuentos por encargo’)

Cuento por encargo: ‘Las zapatillas de Carolina’

Carolina miraba de refilón el marcador de la pared. El tiempo avanzaba deprisa y los números seguían sin moverse. Tres puntos. Sólo tres puntos les separaban del empate. Pero el silbato del árbitro truncó las posibilidades de remontar de su equipo. Otra vez volverían a casa con la cabeza gacha. Era el segundo partido que perdían.

marcador oleo

Carolina se quitó la ropa en el vestuario y tiró una de sus zapatillas contra la pared, con tan mala suerte que al rebotar aterrizó en el cubo de la fregona.

– ¡Aaaaaaaaaaag!- exclamó María al verlo- Carolina, que asco, si el agua está negra.

Nada podía ir peor. Carolina rescató su zapatilla con ayuda de un montón de papel de periódico, pero ahora estaba sucia y olía fatal.

Al llegar a casa, se encontró con su abuelo, Tiodo, que venía de visita. A Carolina le encantaba ver a su abuelo. Se sabía un montón de historias raras y le contaba batallitas de cuando era joven. Se reía mucho con él, así que en ese momento le venía fenomenal que estuviera allí.

– ¡Abuelo!- le dijo Carolina abrazándole.

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– Uy, uy, uy – dijo meneando la cabeza Tiodo- A mi me da que a ti te pasa algo raro.

– Buenoooo- comenzó a balbucear Carolina.

No había manera de engañar a su abuelo Tiodo. Se las sabía todas. Además Carolina era como un libro abierto, y en seguida se podía

ver si estaba triste, enfadada, contenta o aburrida.

– Es que hemos perdido otra vez, abuelo- contestó al fin bajando los ojos.

primer plano Carolina

– ¡Pero bueno! – se enfadó su abuelo- ¿Y eso qué? ¿Te vas a venir abajo por esa tontería?

– Ya… y además se me ha caído la zapatilla en un cubo de fregar…

Su abuelo ya no pudo más y se echó a reír.

– Ja, ja , ja… Perdona, pero eso sí que tiene gracia. Vaya, que no es tu día. Bueno, pero no pasa nada, ¿no? Se limpia la zapatilla y listo.

– Pero… es que está hecha un asquito. Y huele muy mal. Yo creo que en el cubo ese había…

– ¡Caca de la vaca!- contestó entre risas su abuelo. Y los dos se echaron a reír sin poder parar- Bueno, no te preocupes, que tu abuelo Tiodo te acompaña ahora mismo a comprar otras zapatillas de baloncesto. Y ya verás como estas te traen suerte.

A Carolina se le iluminaron los ojos.

– ¿Puedo ir?- les preguntó a sus padres.

– Claro, ir, ir- contestó su madre Mari Carmen.

Carolina iba feliz junto a su abuelo. Ya se le había pasado el disgusto y todo. ¡Unas zapatillas nuevas! Ya se imaginaba la cara de sus compañeras, sobre todo la de Carmen, que era algo envidiosilla.

– Abuelo, ¿y dónde vamos?- preguntó Carolina.

– Ah, ya lo verás- contestó su abuelo con una enigmática sonrisa.

Y al cabo de unos minutos, llegaron hasta una tienda de antigüedades muy pequeña que había junto a una librería. Carolina nunca había visto esa tienda antes. Es más, estaba segura de haber entrado en la librería y no haberse do cuenta de ue a su lado había una tienda llena e cachivaches y demás objetos raros.

– Pero abuelo, ¿esta tienda desde cuándo está aquí?

– Desde siempre

– Pero no es una zapatería

– No

tienda oleo

Y sin decir más, entraron en la tienda. Era un local pequeño, bastante oscuro. Olía a viejo, y había polvo por las estanterías repletas de extraños artilugios. Al fondo del todo, un mostrador lleno de papeles y un teléfono antiguos, de esos que Carolina había visto en el álbum de fotos de su madre, de cuando era pequeña. Tenía un círculo en el centro y números del 0 al 9.

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Carolina se aguantó la risita, porque en ese momento se imaginaba a su madre con enorme teléfono a cuestas, andando por la calle y con un cable larguísimo atado a su bolso.

– ¿De qué te ríes?- le preguntó su abuelo.

– De nada, de nada

Entonces apareció a su lado un hombre muy viejo, tan viejo o más que su abuelo, con una larga barba y gafas pequeñas y redondas. Carolina pegó un salto. ¡Menudo susto!

– Hombre, Tiodo, cuánto tiempo sin verte… – Y el hombre más viejo abrazó a su abuelo de forma efusiva, dándole tres golpecitos en la espalda.

– ¡Casimiro! Mucho tiempo, sí. Pero mira, aquí estoy con mi nieta. Se llama Carolina.

Y el señor viejo viejísimo se ajustó las gafas para mirar de cerca a Carolina.

– Pues a ti no ha salido, que es muy guapa…

– Ja, ja, ja- rió el abuelo de Carolina- Si yo era muy buen mozo, Casimiro, que es que ya ni te acuerdas.

– Bueno, bueno, ¿y qué necesitas, Tiodo?

– Necesito algo para mi nieta: unas zapatillas de baloncesto. Especiales, ya sabes- Y Tiodo le guió un ojo a su amigo.

– Claro, claro, si aquí tenemos de todo. A ver, voy a buscar bien en el baúl- Y Casimiro desapareció tras una puerta pequeña. Pasaron unos cuantos minutos y al rato volvió con unas zapatillas en las manos.

– Pero…- se atrevió a decir Carolina- ¿Cómo sabe mi número? Si no se lo he dicho.

– Casimiro lo sabe todo- le dijo su abuelo.

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Eran unas zapatillas preciosas, blancas, con tres pequeñas estrellas de color azul en el lateral. Carolina se las probó y le sentaban como un guante.

– ¡Me quedan muy bien! gritó entusiasmada.

– Perfecto. Casimiro, dinos cuánto cuestan que nos las llevamos- dijo Tiodo.

 

– Pero Tiodo, que somos amigos. Este un regalo para tu nieta. Le van a dar mucha suerte- Y ahora Casimiro le devolvió el guiño a su abuelo.

Carolina salió feliz de aquella pequeña tienda. Estaba deseando probar sus zapatillas. Al llegar a casa, fue corriendo a enseñárselas a sus padres. Y al día siguiente, aunque no tocaba entrenamiento, las llevó a clase para enseñárselas a todas sus amigas.

– ¡Que chulas!- dijo Teresa- ¿Dónde las has comprado? Yo quiero unas igual que esas.

– En una tienda de antigüedades que hay junto a la librería- contestó Carolina.

– ¿De antigüedades? ¡Pero si al lado de la librería hay una óptica!

Carolina la miró extrañada. ¡Pero si había ido con su abuelo! ¡No podía ser una óptica!

Estaba segura de que Teresa estaba equivocada. No le dio mayor importancia y se pasó todo el día pensando en el sábado. Estaba deseando jugar su tercer partido.

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Al día siguiente, Carolina se volvió a llevar sus zapatillas nuevas al colegio. Tenían que ensayar un baile para final de curso, así que decidió estrenarlas para bailar en el patio. Es cuando empezó a darse cuenta de que esas zapatillas no eran normales. Los saltos le salían perfectos. Los movimientos, cronometrados.

– Jo, Carolina, se nota que has ensayado mucho en tu casa. ¡Te sabes toda la coreografía!- le decían sus amigas.

Carolina volvió aquel día a casa con la extraña sensación de que el sábado sería un día importante. Y llegó, llegó el sábado y ella no podía estar más nerviosa. Se jugaban mucho en este tercer partido. Y el entrenador iba a sacarla desde el principio. ¡Desde el principio!

Fue pisar la cancha, y todo a su alrededor pareció empequeñecer, como si se hiciera diminuto. Las chicas del equipo contrario de pronto eran bajitas. La canasta estaba a su altura. Cada vez que llegaba a ella, encestaba como si nada. Una multitud de personas enanitas aplaudían y gritaban su nombre sin cesar. Al final del partido, su equipo ganó y todos la felicitaron. Pero Carolina seguía sumida como en un sueño. Miraba una y otra vez a las gradas, para comprobar si las personas que estaban allí seguían siendo pequeñas o no. Y resulta que nada más sonar el final del partido, todo volvió a recuperar su tamaño.

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Carolina se sintió rara. Feliz por haber ganado, pero un poco mareada y totalmente desconcertada. Decidió dejarlo pasar y esperar al siguiente partido. Pero entonces volvió a ocurrir lo mismo. Y al siguiente también. Y el quinto partido. Y Carolina se convirtió en una

estrella. Apenas fallaba canastas. Entonces comprendió que aquellas zapatillas tenían la culpa de todo. ¡Eran mágicas!

Carolina se sentía mal. No le gustaba hacer trampas. Así que llamó a su abuelo y le dijo que quería ir a verle. Y al llegar a su casa, le enseñó las zapatillas. Su abuelo entendió que ya sabía todo.

– Bueno, una ayudita de vez en cuando…- dijo su abuelo.

– No, abuelo. Una ayudita sí, pero no esto. Yo te agradezco mucho que quieras verme ganar. Pero quiero hacerlo por mí misma, sin trucos.

– Tienes razón. Ya eres toda una señorita. ¡Piensas como los mayores! – Y el abuelo Tiodo cogió las zapatillas y las metió en una bolsa.

– Venga, vamos a la zapatería y te compro otras.

– Normales- añadió Carolina.

– Normales- repitió su abuelo.

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A la semana siguiente, Carolina acudió al último encuentro de la temporada. Se puso sus zapatilla nuevas y salió a la cancha. El público coreaba su nombre. El árbitro señaló el comienzo del partido y Carolina volvió a mirar la canasta. ¡No se había hecho pequeña! Por fin, Carolina tenía la oportunidad de demostrar que podían ganar entre todas. Ese día Carolina pasó mucho la pelota. Intentó encestar todo lo que pudo. Algunas entraron, otras no, pero en cada intento se sentía más y más feliz. Más y más fuerte. Al principio el público se extrañó de que no se llevara todos los rebotes. De que pasara la pelota insistentemente a sus compañeras. Pero aquello funcionaba. El equipo jugaba, lo intentaban, y al final consiguieron ganar, por los pelos, perro con humildad y mucho esfuerzo.

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Carolina felicitó a sus compañeras. Habían ganado. Todas. no necesitaba zapatillas mágicas.

Al volver a casa se fijó en la pequeña tienda que estaba junto a la librería. Era una óptica. Carolina rió para sus adentros pensando en su abuelo y en la cantidad de cosas que le faltaban por contar.

(© Fanny Tales 2014. Categoría: ‘Cuentos por encargo’)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cuento a medida: ‘Guadalupe y la casa misteriosa’

A Guada le encantaba jugar con sus hermanos. Porque tenía muchos, y se lo pasaba en grande. Estaban Carmen, Javier, María y Teresa. Guada no se enfadaba casi nunca y siempre les llenaba la cara de besos.

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Y es que a Guada lo que más le gustaba era jugar a ser la “mamá”. Por eso vigilaba mucho a Teresa, la más pequeña. Porque siempre estaba haciendo trastadas.

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Cuento por encargo: ‘Andrea, una maga en apuros’

Andrea MagaAndrea colocó a todos sus muñecos en el sofá. Bien alineaditos. Y fue pasando lista:

– Oscar

– “Presente”

– Pepe

-“aquí”

-Lola- Yo

– Flor… ¿Dónde está Flor?

Andrea siempre tenía que terminar buscando  a Flor. Era una muñeca pequeña y muy graciosa, que su hermano Alex secuestraba de vez en cuando para jugar a chincharla. Al final, claro, terminaban peleándose.

– ¡Aleeeeeeex!- gritó desde el salón- ¿Dónde has escondido mi muñeca?

Y así casi todos los días, porque a Andrea lo que más le gustaba era hacer de profesora y enseñar a leer a sus muñecos.

– Y el que no atienda, al rincón de pensar!- les decía muy seria.

Un día, Andrea les dijo que les iba a leer un cuento diferente, así que les colocó en el sofá (como siempre) y se subió a la banqueta para coger uno de los libros que su madre guardaba en lo más alto de la  librería. Eran los libros de mayores. Los más grandes. Tenía muchas letras. Y parecían la mar de misteriosos.

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Andrea se fijó en un libro de lomo plateado que brillaba con mucha fuerza. Y entonces recordó que su madre un día le contó que tenía un libro heredado . No se acuerda muy bien si era de su abuela, su bisabuela su tatarabuela o su tatatata… bueno, que era muy muy viejo.

Andrea cogió el libro y lo abrió por la mitad:

– Conjuro para hacer desaparecer un objeto. ¡Ala! ¡Que chulo!

Y escrito en letra muy negra y muy grande, leyó estas palabras:

– “patplim pataplam, en un segundo desaparecerás!”…

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En ese momento Andrea señalaba a su oso Pepe. ¿Sabéis lo que pasó?

Siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii. ¡Desapareció!

 

Andrea se asustó un poco, pero también se emocionó. ¡Si resulta que sabía hacer magia!

En ese momento apareció su hermano, con una de sus muñecas despelujada.

– Devuélvemela- le dijo Andrea.

– De eso nada- contestó Alex.

– Me la das o te enteras.

– Pues me entero- le desafió su hermano.

– ¿ah, sí?- y poniendose muy seria leyó de nuevo:

– “pataplim pataplam, en un segundo desaparecerás!”

¿Y sabési lo que pasó?

Siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii. ¡También desapareció.

– Nononononoooo- gritó Andrea asustada- Que yo no quería…

Ahora sí que Andrea se asustó mucho, porque aunque siempre se estaba peleando con su hermano, le quería con locura. Así que, con mucho esfuerzo, continuó leyendo el libro de magia (porque estaba empezando a leer y aún le costaba un poco).

Pero nada, no encontró la fórmula para deshacer el lio..

– ¿Y ahora qué hago?- pensó Andrea.

Lo que si sabía Andrea y muy bien, era llamar por teléfono a su madre. Claro, que no le iba a contar todo todo, sólo un poquito..

– Mamá mamá mamá!!- gritó Andra por el teléfono- ¡Tengo un problemilla!

– A ver- contestó su madre, que ya estaba acostumbrada a los problemillas de los dos hermanos- Qué te pasa.

– Pues…¿recuerdas el libro plateado de tu..tatara..eso?.. Pues resulta que funciona. Y…he hecho desaparecer sin querer a… Pepe.

– ¿Cómo? ¿A tu oso Pepe? ¡ Te dije que no tocaras ese libro! Pues te está bien empleado..

Andrea empezó a llorar desconsolada y a su madre se le ablandó el corazón.

– Bueno, vale, no te preocupes- le dijo con dulzura- Yo sé cómo puedes arreglarlo. Mi abuela me contó que todos los conjuro de ese libro se deshacen si lees la frase del revés y lo deseas de corazón. Si no lo deseas de verdad, no sirve  de nada.

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– Sí sí sí..¡¡claro que lo deseo!! Gracias, mami..- Y colgó deprisa porque quería empezar muy pronto a arreglar el lio…

Con mucho miedo, la voz temblorosa y lágrimillas en los ojos dijo:

– “Desaparecerás segundo un en pataplam pataplim!”

Y..¿sabéis qué pasó?…

Siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii.

¡Menos mal que funcionó! Pepe y Alex aparecieron, de repente, en medio del salón, como si nada hubiera pasado. Alex se fijó en que su hermana estaba llorando.

– Bueno, que tampoco es para tanto… anda, toma tu muñeca despelujada!- le lanzó la muñeca y se fue a su cuarto.

Buff… Andrea se sentó del susto y decidió que nunca más volvería a usar ese libro para nada. Bueno, para nada para nada… antes de dejarlo en donde estaba, se apuntó en un papel una frase. Debajo ponía: “Conjuro para convertirse en princesa”.

Y es que hay cosas que no se pueden evitar.

 

(©Fanny Tales 2014 “Cuentos a medida” )

 

LAS HISTORIAS DE MIGUEL: “Los sueños”

Yo sé dónde se guardan los sueños: en las nubes. Las que están más gorditas, están llenitas de sueños. Por la noche los van dejando caer como si fueran copos de nieve. Pero son invisibles. Lo que no sé es si en la lluvia también va algún que otro sueño. Igual se montan en las gotas de agua como si fueran caballitos y llegan hasta el suelo. Por eso algunas flores también están hechas de sueños.

Tampoco sé por qué de los sueños bonitos casi no recuerdas nada. Y de los malos, todo. Me gustaría saber dónde está el interruptor para apagar los sueños malos y encender los buenos.

Aún así, algunas veces, te acuerdas de los sueños buenos. Bueno, también los hay “pichí, pichá”: un poco buenos y un poco malos. De esos, te acuerdas casi siempre.

Por ejemplo: un sueño malo es cuando te persigue un hombre y caras “happy” y “sad”. Un sueño pichí pichá es cuando subes hasta la luna de un salto y bajas en paracaídas. Ves una casa voladora con unas enormes alas blancas y te subes. Pero luego aterriza en la azotea del cole…

Y los sueños buenos,  tienen que ver con los coches de carreras, la playa, los helados y las fresas.

Qué complicado es esto de los sueños. Algún día descubriré cómo subir hasta las nubes para ordenarlos bien y que me caigan sólo los sueños buenos. Bueno, venga, y los pichí pichá.