Aprendo a leer

Cuentos recomendados de 5 a 8 años…

.LA BELLA.. DURMIENTE VALIENTE

Erase que se era un príncipe cansado de salvar princesas. De librar batallas y vencer
dragones. De tener que llevar espada, escudo y esa ropa taaaan pesada a todas partes. De no poder brincar ni gritar en público. Ni tirarse eructos ( ni por lo bajinis), ni poder leer y escribir lo que le venía en gana.
Y erase que se era una princesa que no quería ser princesa. Ni vestir vestidos taaaan
incómodos. Ni tener que esperar impaciente a que un príncipe la despertara de un sueño. Ni tener sirvientes, ni hadas madrinas.
Felipe no quería librar más batallas. Aurora no se quería pinchar con ninguna aguja.
Así  que la historia comenzó en este punto.
Felipe tenía un plan. Aurora tenía el suyo. Felipe se haría pasar por Juan, su amigo y
caballero. Aurora se pondría la ropa de Jimena, su amiga y doncella. Y ambos
escaparían para vivir su propia aventura.
Felipe quería vivir tranquilo en la biblioteca de su amigo Merlín. Y Aurora quería
visitar al mago para aprender hechizos ( y poder defenderse ella solita). Y así fue como
Felipe y Aurora se encontraron y se conocieron.  Merlín les observó un largo rato y dijo:
–Tengo la solución-.
Y Aurora y Felipe aplaudieron de emoción.
– Aurora será Felipe y Felipe será Aurora- y dicho esto y antes de que ninguno pudiera
decir nada, les lanzó un hechizo y los dos cambiaron de cuerpo: Felipe se miró al espejo y soltó un tremendo gritito. Y Aurora se puso a brincar, espada en mano, loca de emoción.
Y los dos se fueron por donde vinieron, convencidos de haber encontrado la solución a
sus problemas.
Felipe
A Felipe lo que más le gustó del castillo de Aurora fue su inmensa biblioteca. Había
cientos y cientos de libros por todas partes. A Aurora le emocionó su primera batalla
contra el dragón de los ojos amarillos. Fue pan comido.
Aurora
Felipe se puso a leer y a leer sin parar. Y Aurora a cabalgar y aprender la lucha sin temor alguno.
Todo era perfecto. ¿O no?.
Resulta que la maldición de Aurora se tenía que cumplir. Pero Aurora ya no era Aurora,
así que el que se pinchó con la rueca fue..¿adivináis quién?. Eso es: ¡¡Felipe!!.
El pobre Felipe ni sabía lo que era una rueca. Emocionado por aprender a coser, se
acercó hasta la aguja y ¡zaaaas!..¡se pinchó!. Y se durmió, claro. Como una marmota.Y
el resto de habitantes del castillo se durmieron con él.
Aurora se enteró muy pronto. Las noticias en los reinos vuelan, así que no se lo pensó
dos veces: ella salvaría a Felipe. ¡Que emoción!.
Agarró bien fuerte  su escudo y cogió la espada. Entonces fue cuando llegaron las tres
hadas y se dieron un susto morrocotudo. Al comprobar que Felipe no era Felipe ni
Aurora era Aurora, pegaron un grito de espanto.
-Aaaaaaah. ¡Qué desastre!- gritaron asustadas las tres hadas- ¿Y ahora qué hacemos?.
-Tranquilas- les dijo muy segura la princesa- Yo lo arreglaré todo.
Ni magia ni ayuda de ningún tipo. Aurora estaba segura de que iba a vencer a Maléfica
ella solita. ¡Por fin una batalla ejemplar!.
Así que cabalgó y cabalgó y cabalgó hasta encontrar el castillo de la bruja. Estaba en lo alto de una colina, escondido entre árboles oscuros. En medio de un inmenso vestidor, ante un espejo,  estaba ella: Maléfica (probándose los vestidos nuevos que acababa de comprar).
Pues resulta que las brujas no son tan brujas. Y Aurora, muy a su pesar, no tuvo que
utilizar la espada. Habían pasado tantos años, que la bruja ni se acordaba ya del entuerto que había organizado. Y a Aurora bastó con decirle: “Que bien te queda ese vestido”, para ablandar su corazón y convencerla.
-Está bien- dijo al fin Maléfica- Te diré cómo despertar al príncipe. Sólo tienes que
acercarle este brebaje a la nariz- y le pasó un frasquito azul con un líquido muy pero que muy  turbio.

¡Que fácil! (eso pensó Aurora). Pero al agarrar el ungüento se dio cuenta de que no lo era.

-¡Puaaaag!. ¡Que peste!-dijo tapándose la nariz- ¿Con qué habrá hecho Maléfica esta pócima?. ¿Queso podrido?. ¿Estiércol?.

Metió el frasquito en una caja y Aurora volvió a cabalgar, cabalgar y cabalgar sin parar.
Y entonces comprendió lo duro que podía resultar salvar princesas. O príncipes, claro.
Y después de mucho cabalgar, llegó a su castillo (ya empezaba a echarle de menos).
Subió a grandes zancadas la interminable escalera de caracol y ahí estaba él, Felipe, en su cama de dosel, roncando y roncando como un oso pardo. ¿Roncando?.
-Grrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr-
-¡Cáspita!-dijo la princesa- ¡Suena como un dragón enfurecido!.
Y a Aurora comenzó a gustarle más y más Felipe.
Le acercó el brebaje a la nariz y al instante saltó el príncipe asustado, dando vueltas y
más vueltas por el cuarto.
-¡Por Dios!. ¿Qué es esa peste?- y al ver ahí delante a Aurora, entendió que le acababa de salvar la vida.
Y a Felipe empezó a gustarle más y más Aurora.
Se miraron, se remiraron y no dijeron más. Se fueron de la mano hasta la morada de
Merlín.
El mago al verles llegar arqueó las cejas y meneó la cabeza de arriba abajo.
-¡Si ya sabía yo que volveríais!. No os preocupéis que esto lo arreglo yo en un pis pas.
Y alzando su varita mágica dijo:
-Patatín Patatán..¡a tu cuerpo regresarás!- Y Aurora volvió a ser Aurora. Y Felipe volvió
a ser Felipe.
Desde entonces los príncipes viven juntos, en una casita que se hicieron junto al torreón del mago. A Felipe le podéis ver muy a menudo por el bosque, leyendo y leyendo sin parar. Ya es casi mago. Y Aurora..bueno, Aurora pasa largas temporadas fuera de casa. Le encanta participar en cacerías de dragones, ogros y demás seres abominables.
Ya veis, así es la historia. Que sepáis que los dos fueron muy felices, pero no comieron
nunca perdices, sino legumbres. Y colorín colorete, el amor es sorprendente se tiraron
un… pedete.

EL FANTASMA DE LA CARA VERDE

Cara verde era un fantasma de ojos grandes… y cara muy verde. Y tenía un gran problema: resulta que en realidad era un fantasma muyyy miedoso. Le daba miedo las alturas, las arañas, las luces de la noche y sobre todo, lo que más miedo le daba eran las personas.

Cara verde

Así que Cara verde lo pasaba fatal cada vez que le mandaban colarse en el cuarto de algún niño. Y es que en el país de los fantasmas, los fantasmas pequeños hacían prácticas, y de vez en cuando tenían que ir a alguna casa para hacer ruiditos.

Lo normal es que los niños también tuvieran miedo, así que Cara verde solía terminar acurrucado en una esquinita del cuarto mientras los niños se tapaban la cabeza con la sábana.

Pero no contaba Cara Verde con que Carolina no le tenía ningún miedo a los fantasmas. Así que al verle, soltó una risotada tremenda y Cara verde se puso a temblar. Del susto que se dio al ver a Carolina, Cara verde se puso morado!.

cara verde morado

El fantasma se escondió en su santiamén en el armario, y Carolina al ver que se asustaba, le habló muy bajito.

– ¿Por qué me tienes miedo?.

2013-10-28 13.08.08

Cara verde salió de su escondite y se puso a llorar.

– Como se enteren los demás fantasmas, se reirán de mi..siempre lo hacen. Y eso es porque no sé asustar..

Carolina se quedó pensando un rato y tuvo una  idea genial:

– Ya lo sé, fantasmita verde, ven mañana con tus amigos y cuando llegues yo haré como que me asusto.

Y así hicieron. Cara verde regresó al día siguiente con Magnolia, Narizotas, Pies grandes y Dientón.

MagnoliaNarizónPies grandesDientón

Carolina tuvo que aguantar la risa al verles..(realmente eran unos fantasmas muy graciosos..).

– Uuuuuuuuuuuuuuh…- dijo Cara verde al llegar a su cuarto.

– Aaaaaaaah!- gritó Carolina (imitando muy bien a Cara Verde)

El fantasma comenzó a temblar (otra vez le entró miedo), pero Carolina lo arregló diciendo:

– Ayyy!…que miedo me da eso que haces como si temblaras..aaaaaaah- gritó de nuevo.

Todos sus amigos le miraron con admiración. Y Cara Verde dejó de temblar. Ya no tenía ni pizca de miedo. Había comprendido que podía ser lo que quisiera (a veces, con un poco de ayuda).

Sus amigos le confesaron que en realidad todos tenían miedo de asustar, pero ninguno lo quería decir delante de los demás.

Carolina por su parte les contó su historia al resto de niños. Y ellos a su vez a los demás..de tal forma que todos sabían que al ver un fantasma, sólo tenían que hacer como si se asustaran…y listo!. (Eso sin contar con que tenían que guardar muy bien su secreto).

(© Fanny Tales. Categoría: “Aprendo a leer”).

VALENTINA

A Valentina no le gustaban las caras tristes. Ni las caras regañonas. No le gustaban las lágrimas ni el miedo. Y cada vez que alguna de sus amigas se enfadaba, se ponía triste..

A Valentina le gustaban las risas y sonrisas. Las caras alegres. Las carcajadas. Las canciones y los saltitos. Le gustaba su abuelo Zacarías porque siempre estaba de buen humor y le hacía reír.

– De mayor quiero ser como tú- le dijo un día a su abuelo.

– ¿Cómo yo?- le preguntó Zacarías extrañado.

– Sí. le dijo Valentina- de mayor quiero hacer reír a la gente.

-Ah!..entonces lo que quieres ser es..¡¡payaso!!.

Zacarías

¿Payaso?.Valentina no había ido nunca al circo. Había visto payasos dibujados en los libros, pero nunca uno de verdad. Su abuelo Zacarías bajó entonces al trastero y al volver, regresó con una divertida nariz roja y unos enormes zapatones negros.

A Valentina casi le da un ataque de risa al ver a su abuelo así vestido.

– ¿Ves?- le dijo Zacarías- Yo de joven fui payaso. Los payasos hacen reír a los demás.

Valentina se quedó pensativa. Ella creía que quería ser bailarina, veterinaria o profesora… así que ahora estaba un poco confundida.

Al día siguiente se lo contó a sus amigas, y ellas le aconsejaron probar con todo. Así que se pusieron a jugar a imitar profesiones.

Valentina dio unos cuantos pasos de baile y todas aplaudieron mucho. A ella le gustó.

Luego cogió su peluche Marramiau, un gato un poco deshilachado que dormía con ella todas las noches. Hizo que le curaba y todas abrieron la boca de admiración. Y a Valentina, le gustó.

A continuación se puso a dar clase a sus amigas. Tocaba lengua. Y alguna que otra se aburrió. Pero a Valentina, también le gustó.

Y por último se puso la nariz que le regaló su abuelo..se enmarañó el pelo y empezó a hacer gracietas y a caerse (a posta), y a poner caras divertidas. Y todas comenzaron a reír y a reír sin parar. Abrieron mucho la boca de admiración..y no, no se aburrieron ni un poquito. Y a Valentina le entusiasmó.

Valentina

Desde entonces Valentina tiene muy claro que de mayor quiere fabricar sonrisas. Y no le importa si de payasa, profesora, veterinaria o bailarina. Pero por si acaso ella practica un poquito todas las tardes con la nariz de su abuelo Zacarías

(©Fanny Tales 2013. Categoría: “Aprendo a leer”).

MAMÁ: YO QUIERO SER..¡PIRATA!

Zoe quería ser pirata. Sí, sí..¡¡pirata!!. Quería surcar los mares, retar a todas las olas, saludar a las sirenas, vencer a monstruos marinos, descubrir islas perdidas y sobre todo, encontrar tesoros.

Por eso en cuanto llegaba del cole abría el baúl de los disfraces, se ponía el pantalón de rayas, las botas de hebilla ancha y el parche negro en el ojo. Se subía a la mesa y gritaba con todas sus fuerzas:

– “¡Con cien cañones por bandaaa!”- Y entonces izaba la camiseta a modo de bandera y blandía al aire el plumero como si fuera un sable.

Zoe

Zoe quería ser pirata. Y no le importaba para nada ser una pirata atípica: regordeta, pecosa y sin pata de palo. Ni tener de mascota un mono de peluche en lugar de loro.

Zoe quería ser pirata. Por mucho que se riera su hermano. Y cada día inventaba una historia diferente. Luchaba contra los bandidos (porque ella era, por supuesto, una pirata buena).. rescataba a algún grumete perdido o repartía sus tesoros entre sus peluches favoritos. Sólo tenía que ponerse su traje y entonces todo el cuarto se transformaba: la lámpara era un sol radiante. La silla un pirata amigo. La alfombra una isla y su perro Pancho un temible tiburón.

Pero a Zoe le faltaba algo… le faltaba…¡¡tripulación!!. Así que un día convenció a su hermano e invitaron a sus mejores amigos.

Ese sí que era un galeón fuera de serie: con fregona como mástil y la sábana  azul a modo de mar embravecido. Su amiga Laura tomó el mando del barco y Sara, Miguel y Dani, avistaron un navío fantasma. En un abrir y cerrar de ojos se lanzaron (plumero en mano) al abordaje..pero claro, en el barco fantasma, no había nadie (ni siquiera fantasmas).

piratas

Después hubo una tormenta y el barco se hizo añicos, pero llegaron nadando hasta una isla. Y allí, en medio de dos cocoteros y una palmera muyyy alta, encontraron una cruz enorme. Y debajo: el tesoro (un plato enorme con galletas que les había preparado su madre).

“No puede haber nada en el mundo mejor”- pensaba Zoe, mientras cantaban sin cesar su canción pirata de la amistad.

Lo tenía muy claro. Así que cada vez que los mayores le preguntaban: ¿Y tú qué quieres ser de mayor, bonita?…

.. ¿adivináis qué respondía Zoe?..

Eso es, eso es…¡¡pirata!!.

(© Fanny Tales 2013. Categoría: “Aprendo a leer”)

GAMUSINOS

Elena se pasaba todas las noches buscándolos. Linterna en mano, y con los ojos muy abiertos. Su abuelo Nicolás le había dicho que eran muy tímidos, y que tenía que intentar dar pasitos muyyyy pequeños (para no hacer nada de ruido). Le dijo que les gustaba mucho los niños, pero que preferían observar desde su escondite porque no querían que les descubrieran.

Y así es como se enteró Elena de la existencia de los Gamusinos.

elena

Como apenas los había visto nadie, no se sabía muy bien cómo eran. Unos decían que con pinta de ardillitas. Otros que más bien parecían duendes. Los otros, que si gusanos. Elena se los imaginaba pequeñitos, pero con la cabeza grande y el pelo de punta. Seguro que tenían cola. Y ojos, orejas, brazos y piernas. De todo esto, dos. Lo normal, vaya.

Seguro que los gamusinos eran muy traviesos. Se los imaginaba risueños y saltarines. Muy saltarines. Lo mismo brincaban como los conejos. O como los muelles. Tenían que ser muy divertidos.

gamusino

Elena les buscaba por el jardín de casa. Y en el parque, junto a los columpios. Porque lo mismo por la noche salían a tirarse por el tobogán. ¿A quién no le apetecería tirarse por el tobogán?.

Lo que sí tenía claro Elena es que los gamusinos eran la mar de escurridizos. Porque una vez les vio. ¡Sí, sí! . Les vio con sus dos ojos.. estaban escondidos en la hierba del jardín. Pero en cuanto se acercó..¡zas!..se escondieron.

“No hay manera”- pensó Elena. Pero ella siguió buscándolos todas las noches. Durante todo el verano. Y cuando comenzó el colegio, les contó a todas sus amigas su gran secreto. Y todas comenzaron a buscar gamusinos. Linterna en mano y con los ojos muy abiertos. Lo más divertido es que cada una los vio de una forma diferente:  alargados, pelirrojos, con sombrero, sin sombrero..

Y eso (pensó Elena) es lo más asombroso de todo. Cada Gamusino..¡¡es único!!.

(©Fanny Tales 2013. Categoría: “Aprendo a leer”)

TRISCA TRUSCA TRUSCA TRISCA

Trisca Trusca era una brujita pequeña y muy buena pero sin una pizca de..¡paciencia!. Ella quería aprender rápido y ser como las demás brujitas. Porque Clotilde ya sabía convertir las piedras en amapolas. Y Margarita hacía que la crema de verduras supiera a… ¡chocolate!. Y ella aún no lo conseguía.

Trisca Trusca

Su amiga Matilde le había anotado las palabras mágicas en un papel. Pero ella aún no sabía leer. Y no quería que su amiga se enterara. Así que intentaba decirlo de carrerilla según escuchaba al resto:

-Trisca Trusca Trusca Trisca Trisca Trusca Trusca Trisca.

Y nada de nada. No pasaba nada.

Todas las demás comenzaron a llamarla Trisca Trusca, sin entender muy bien por qué su amiga siempre decía esas palabras y por qué cada día estaba más triste.

Un día su amiga Matilde le preguntó. Y Trisca Trusca, muerta de vergüenza, le confesó que no le salían los conjuros..porque no se sabía las palabras mágicas. Y que no se sabía las palabras mágicas..¡porque no sabía leer!.

– ¡Ah!- dijo Matilde- ¿Y porqué no me lo dijiste antes?. Lo que necesitas entonces es ¡crecer!. Aún tienes que aprender a leer.

A Trisca Trusca eso no le hizo nada de gracia. ¿Y cuánto tardaría en crecer?. ¿Un minuto?. ¿Dos minutos?. ¿Un día?.

– Un año- le dijo su amiga Matilde- Y en un año aprenderás a leer.

Trisca Trusca agachó la cabeza y se quedó triste.

– Pero en un año- le prometió su amiga- serás la mejor brujita de todas.

Y a Trisca Trusca se le encendió la cara de contenta. ¡La mejor brujita!. Se emocionó tanto que comenzó a estudiar y a estudiar. y al cabo de un año volvió a coger la hoja de su amiga y leyó en voz alta:

– Tirisca Turusca Turunca Tisca.

Y..¡Zasss!…¡todas las piedras del camino se transformaron en amapolas!.

– ¡soy una brujita soy una brujita soy una brujita!- gritaba Trisca Trusca dando saltos de contenta.

Y así fue como Trisca Trusca se convirtió, con un poco de paciencia, estudio y práctica, en la mejor brujita, y de como todas las demás, cada vez que se ponían nerviosas y perdían la paciencia soltaban un ¡Trisca Trusca! que resonaba en todo el planeta.

LA INCREIBLE HISTORIA DE ORLANDO

Orlando tenía cinco años y todavía no conocía el mar. Lo había visto en los libros, en la televisión y hasta lo había oído en la caracola que tenía su abuelo sobre el escritorio de su cuarto.

orlando caracola

Se lo había imaginado inmenso, muy azul y con un sonido dulce: chssssssssssssss….chssssssssssssss

Cuando Orlando llegó a la orilla dejó que sus pies se hundieran hasta los tobillos y que el agua acariciara sus dedos. Se le abrió la boca y se quedó sin palabras. ¡El mar era infinito!. Tanto, que no conseguía ver el final. Ni siquiera sabía muy bien dónde estaba el principio.

orlando descubre el mar

Así que trazó una línea imaginaria a lo largo de la orilla y empezó a colocar conchitas justo en el punto donde llegaba la espuma de las olas. Había conchitas amarillas, rosas y hasta moradas.

Orlando se fue a casa satisfecho: había descubierto la delgada línea que separa la tierra del mar.

Al día siguiente volvió al mismo lugar. Pero..¿quién se había llevado todo el mar?. Orlando se enfadó muchísimo: ahí estaban sus conchitas, bien alineadas y mucho más allá…el mar. Estaba claro que había un ladrón de agua salada muy cerca de allí. Y él estaba dispuesto a encontrarlo. Así que decidió convertirse en ¡Orlando detective!. Y esa misma noche, aprovechando que había luna llena, se puso su capa, cogió la lupa y se fue hasta la orilla del mar.

Esperó, esperó y esperó. Tanto, que estuvo a punto de dormirse. Pero de pronto vio unos diminutos puntos negros moverse por la orilla. Salían de un agujero excavado en la arena.  ¡Eran enanitos!. Llevaban un cubo en cada mano y sin hacer nada de ruido comenzaron a formar una fila. El que estaba junto a la orilla llenaba el primer cubo y lo iba pasando al siguiente. Un cubo, otro cubo, otro cubo..y así incansablemente.

ananitos

Orlando salió de su escondite y se acercó sin hacer ruido. Los enanitos ni se inmutaron. No dejaron de trabajar ni un momento.

– ¿Qué hacéis?- preguntó Orlando.

Entonces fue cuando los enanitos dieron un respingo, pararon de golpe y se le quedaron mirando con cara de pánico.

– ¿Nos dices a nosotros?- consiguió decir uno de ellos, el más viejo de todos.

– Pues claro.

– ¿Nos ves?.

– Sí.

– ¡Oh, no!. Pero, ¿cómo nos ves?. Nadie puede vernos.

– Pues yo sí.

– Vaya. Es la primera vez que nos pasa algo así.

– Y yo es la primera vez que veo a unos ladrones de mar.

– ¡Jajaja!.. ¿Ladrones de mar?. No somos ladrones: cambiamos de lado el agua del mar todos los días. En unas horas volveremos a traerlo.

– ¿Todos los días hacéis eso?.

– Sí; es nuestro trabajo.

– Que cansancio.

– Nos gusta. Oye, pero tienes que prometernos que guardarás el secreto. No puede saberlo nadie.

– ¿Nadie?.

– Nadie.

– De acuerdo- prometió Orlando.

Al día siguiente, Orlando pensó que había tenido un sueño muy extraño. Fue corriendo hasta la orilla del mar. El mar estaba tranquilo. Las conchas en la arena. Y un pequeñísimo agujero. El mismo agujero en donde Orlando encerraría su secreto para siempre.

( ©Fanny Tales 2013. Categoría: “Aprendo a leer”)

LA BRUJILLA SERAFINA

Mi amiga Serafina no es lo que se diga muy fina: se tira eructos y pedos por lo bajinis. Y a veces se limpia los mocos con las mangas de la chaqueta, que yo la he visto… Además le encanta jugar a las canicas con los bichos bola y hacerles casitas a las hormigas con cajas de galletas.

serafina

Siempre esta  jugando con la arena y machaca piedras de ladrillo para hacer “comiditas”. Eso dice ella, pero yo se que lo que hace son pócimas secretas…

El otro día se puso a hacer una sopa de garbanzos con hojas, piedrecitas y pétalos de amapola.

Para mi que mi amiga Serafina es una bruja. Lo afirmo y lo confirmo. Y si hay que requeteconfirmarlo, también lo requeteconfirmo.

Así que yo ,como mejor amiga suya, paso a ser la ayudante de la bruja. Y es un trabajo muy divertido, no creáis…. Eso me permite ser la primera en ver de cerca sus mejunjes…y además se que jamás de los jamases me transformará en rana. Me lo ha prometido.

amiga seafina

Mi amiga Serafina hace que me lo pase pipa. Cogemos la escoba de mamá y hacemos que volamos por la casa. A veces nos pegamos algún tortazo con el sofá, pero como mucho nos hacemos un chichón.

Cogemos la bola del mundo y nos imaginamos en Hawai, porque allí todavía no debe de haber brujas. Así que seriamos las primeras. Y pensamos en cómo hacer con la varita para que el mundo sea como nosotras queremos. Mucho más verde, claro, y con muchas golosinas. ¡Eso eso!: cuando seamos bruja y ayudante de bruja profesionales, haremos que los árboles den nubes y gominolas. Bueno, y también alguna que otra manzana.

Y yo por mi parte hago que ella sea un poco menos “brujilla”. Controlo que no se pase con las pócimas de hacer trastadas, que deje de tirarse pedos por lo bajinis y que no se limpie con la manga de la chaqueta. Así que hacemos un equipo perfecto.

Adoro a mi amiga Serafina, por muy brujilla que sea.

(©Fanny Tales 2013. Categoría: “Aprendo a leer”) //

PAPICHU

Nuestro padre se llama Ramón, pero le llamamos Papichu. De Papilarguirucho. Tiene las piernas taaaan largas y la cabeza taaaan alta que me recuerda a las jirafas. Le miro desde abajo y pienso: “una montañaaa”.

papichu

Así que me encanta colgarme de su cuello y dar vueltas como si estuviera subido a una noria. A veces pienso que no necesito Parque de atracciones. Si me subo en su espalda es como si montara en caballito.

Papichu cocina fenomenal. Sobre todo el arroz amarillo con trozos de calamar. También es un fantástico “arreglabicis”. Y aunque muchas veces nos regaña, en seguida le hago reír. Es muy fácil: sólo hace falta mirarle a los ojos.

Estoy seguro de que regañar es el principal trabajo de los padres y las madres. Luego tienen el otro trabajo, para despistar… Pero el de regañar es el más importante: todos lo hacen. Hasta Papichu.

Pero cuando se enfadan, en seguida se les pasa.

Si se me rompe un juguete en seguida voy a buscarle. Tiene una caja llena de herramientas mágicas que lo arreglan todo. Y si no, termina poniéndole una tirita y listo.

Papichu parece muy serio, pero es la mar de divertido.

SAMSUNG

El día de los inocentes decidimos gastarle una broma. Mi hermana pintó unos monigotes y los recortamos. Y en un momento de descuido..¡zasss!..se los pegamos con papel celo en la espalda. “Jijiji”- hasta que se dio cuenta fue a todas partes con sus muñecajos de papel: a comprar el pan, a tirar los cartones al contenedor de reciclado.. Y lejos de enfadarse, se rió mucho. Dijo que eran los mejores monigotes que le habían pegado nunca.

A veces me pregunto si algún día seré un Papichu como él: larguirucho, arreglatodo, regañador y divertido.

(© Fanny Tales 2013. Categoría: “Aprendo a leer”).

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LA BRÚJULA DEL RATONCITO PÉREZ

El ratoncito Pérez revisó bien la lista antes de hacer la maleta: – Leticia, Pablo, Carmen, Marita y Alejandro. Bien, cinco regalos. A ver a ver..- Y rebuscó en su baúl de las monedas. Normalmente las metía en un saquito, pero con las prisas, se las guardó en el bolsillo del pantalón, cogió su brújula y salió pitando. Tenía que darse prisa: eran muchos niños en poco tiempo.

ratón brújula

A Leticia se le acababa de caer su primer diente. Vivía en la ciudad, como los otros niños, así que el ratoncito Pérez debía hacer un viaje largo. Menos mal que llevaba su brújula: así no se perdería al moverse por las alcantarillas y los túneles del metro. ¡Viajar por la ciudad era tan complicado!.

Consiguió llegar a tiempo a casa de Leticia.

-¡Aquí está!- dijo al ver el pequeño diente bajo la almohada. Se lo cambió por una de sus monedas y siguió su viaje.

Alejandro le había dejado su diente encima de la mesilla de noche. Era su cuarto diente, así que el ratoncito tenía que ir con cuidado. Y con mucho sigilo le dejó en la mesita otra moneda reluciente. Después se fue a dormir a la casa de su primo, el ratón Gutiérrez, que vivía junto al anden de la línea dos de metro.

Al día siguiente tenía tres visitas: las casas de Marita y Pablo no estaban muy separadas, así que fue coser y cantar. Pero la casa de Carmen estaba muy lejos. Además vivía en un noveno, y por si fuera poco, tenía como mascota un gato enorme que le dio un susto de muerte.

– Menos mal que estoy en forma- pensó el ratoncito mientras cogía el diente de Carmen. Pero al buscar la moneda en el bolsillo..¡no estaba!. Y vio que tenía un agujero enorme.

– ¿Y qué le podría dejar?. ¡Ya está! ¡Mi brújula!- Y la dejó bajo la almohada.

El problema llegó después. Con tanto callejón y tanto túnel, el señor Pérez se hizo un lio..¡y se perdió!. Apareció en una zona del bosque que no había visto nunca.

– Oh, no..¡me he perdido!- dijo aterrorizado.

Todos los árboles le parecían iguales. Y todos los caminos. Menos mal que tras mucho andar se encontró con una lagartija.

– ¿Qué te pasa, ratoncito?- le preguntó al verle tan triste.

– Me he perdido- contestó- No encuentro mi casa.

-¿Y cómo es?

-Es una seta muy bonita, roja y blanca.

– No te preocupes, que la encontraremos- le dijo la lagartija- Vamos a preguntar a la mariquita, que se conoce muy bien el bosque.

Y la lagartija le acompañó cantando una cancioncilla:

– Vamos todos a encontraaaar la casita del ratón…

Y llegaron a la casa de la mariquita.

– ¿Una seta?. Ummmmm. Pues son se. Pero lo mismo el conejo sabe donde está.

Y se unió a ellos y todos fueron cantando:

– Vamos todos a encontraaar la casita del ratón..

ratón amigos

Y llegaron a la madriguera del conejo.

– ¿Una seta?- preguntó el conejo- Hay muchas setas detrás de esa arboleda de allá. Seguro que la ardilla desde arriba del árbol puede verlo mejor. ¡Vamos a preguntarla!.

Y se fue con ellos cantando la canción:

-Vamos todos a encontraaaar la casita del ratón..

– ¡Ya la veo, ya la veo!. dijo desde lo más alto del árbol la ardilla- ¡Vamos a acompañarte!.

Y ahí estaba, rodeada de las hermosas flores que tan bien cuidaba el señor Pérez.

ratón y casa

– Oh, no se como agradeceros esto- dijo el ratón emocionado- Regalé mi brújula a una niña y ya veis, no soy capaz de volver yo solo.

– ¿Brújula?- dijeron los animales- ¿Y para qué la quieres teniéndonos a nosotros?.

Desde entonces el ratón Pérez va y viene a la ciudad sin más ayuda que la de sus amigos. Es más: nunca más volvió a perderse.

(© Fanny Tales 2013. Categoría: “Aprendo a leer”)

LA CASA DE LA VIEJA

La vieja Maruja siempre vestía de negro. Tenía el pelo muy blanco y muy largo y la cara llenita de arrugas.

bruja maruja

Vivía en una casa de dos plantas, de piedra y tejado cubierto de musgo. La parte de abajo era redonda. Arriba del todo, una veleta con forma de bruja.

casa vieja

Los niños la tenían tanto miedo que nunca se acercaban más allá de la verja de la entrada. Y eso que la casa de la vieja estaba dentro de un parque precioso, con un estanque repleto de ranas, un laberinto de setos y unas esculturas de caballeros con lanza.

– “La vieja Maruja es la bruja Pirujaaaaaa”- gritaban los niños desde la verja- “La vieja Maruja es la bruja Pirujaaa”- Arrojaban una piedra y salían corriendo.

Y es que la casa de la vieja, como la conocían todos, parecía sacada de un cuento de fábula.

Un día, Iván y Martina se acercaron con sus padres hasta el parque. Nunca habían visto nada tan hermoso. Y mientras sus padres leían distraídos, ellos se fueron a investigar hasta la verja. Pero al agarrarse a ella, se abrió. Tenían tanta curiosidad por ver a la vieja bruja de la que todos hablaban, que se acercaron despacito hasta la puerta. Y al ver que también estaba abierta, entraron.

¿Cómo sería por dentro la casa de la vieja?.

– Espera- le dijo Martina, que acababa de cumplir siete y era la mayor- A ver si va a estar la bruja dentro..

– ¡Que va!- contestó Iván todo valiente- Seguro que ha salido.

Los niños entraron y al instante se cerró la puerta.

-¡Plas!

Las paredes estaban llenas de trampantojos: cuadros y alacenas pintados por todas partes. ¡Hasta un gato!.

Sobre la mesa, unas galletas. Estas de verdad. Y dos tazas con chocolate caliente.

Entonces apareció ella: ¡la bruja Piruja!.

Y los niños empezaron a temblar.

La vieja Maruja les miró muy seria y luego señaló la mesa.

– Sentaros- dijo- Os estaba esperando.

Y Martina e Iván tenían tanto miedo que se sentaron sin rechistar.

– ¿Por qué me tenéis tanto miedo?- preguntó la vieja.

Y los niños no pudieron contestar. Miraban con los ojos muy abiertos y estaban petrificados como estatuas.

“Ahora es cuando saca su varita mágica y nos transforma en babosas o ranas”- pensaba Martina.

Sin embargo, la vieja Maruja no parecía tan bruja así de cerca. Y menos aún con esas galletitas de colores y ese chocolate en la mesa.

De pronto sonó el reloj de un cuco: las cinco de la tarde.

– Cucú. Cucú. Cucú. Cucú. Cucú- Y otra vez el silencio.

¿Pero de donde había salido ese reloj?. ¡Si antes no estaba!. Ahora sí que lo tenían claro: ¡La vieja Maruja era una bruja de verdad!.

-Veréis- empezó a contar Maruja- Sí: soy una bruja.

Los niños dieron un respingo en la silla.

-Pero no, no soy una bruja mala. ¿Veis alguna verruga?. Vale, sí, tengo muchas arrugas, pero son de vieja. De muy vieja. No tengo escoba. Ahora no. Antes era una bruja mala, porque casi todas las brujas somos así, malas. Malas malísimas. De esas que convierten a los niños en ratones y a los príncipes en ranas. De esas que preparan conjuros y pócimas asquerosas. Pero me cansé de ser mala. Me quedé muy sola, y ahora soy vieja. Y quiero ser una bruja buena.

Los niños la miraban muy atentos.

– ¿Qué tengo que hacer para que dejéis de huir de mi?.

Iván y Martina se miraron: tenían una idea.

Al día siguiente la vieja Maruja dejó la puerta de la verja abierta. También la de su casa. Y salió al jardín con ropa nueva. Su vestido estaba lleno de colores y su viejo sombrero parecía un florero.

vieja Maruja

Invitó a los niños a pastitas y galletas de chocoltae y les enseñó trucos de magia:

-“abracadabra pata de cabra…que la piedra se convierta en una araña”- Y todos se reían a carcajadas.

Los niños se hicieron muy amigos de ella y a partir de entonces la casa de la vieja se llenó de risas.

(© Fanny Tales 2013. Categoría: “Aprendo a leer”).

LOS GLOBOS DE TOMÁS

Todos los días, de camino a casa, Tomás veía al hombre de los globos sentado en una silla. Era un señor mayor, de pelo blanco y enormes gafas de cristal muy grueso. Los años le debían pesar, porque se encorvaba mucho y parecía que tuviera una joroba como los dromedarios.

Tomás no sabía su nombre, pero le gustaban sus globos. Y quería que todo el mundo pudiera conocerle, pero no sabía cómo.

Cada día se paraba a mirar cómo los hinchaba y hablaba con él. Pero nunca le preguntó su nombre, ni cuántos años tenía. Sólo le preguntaba cosas importantes:

– ¿La joroba duele?. ¿Y los años?. ¿Cuántos globos tienes?. ¿Qué haces con ellos?.

El anciano escuchaba paciente, y a cambio, le daba un globo.

tomás con globos

Así que Tomás fue coleccionando los globos que el anciano le daba. Dos, tres, cincuenta, cien.. Y se iban amontonando en el techo de su cuarto.

globos techo

Como ya no cabían más globos en su cuarto, los comenzó a atar en las puertas del coche de su padre, ese que sólo sacaba cuando se iban de vacaciones.

Y ató un globo…y otro..y otro más.. Hasta que un día el coche salió volando.

coche volador

Todos miraban el coche extrañados. Nunca habían visto nada igual. Y en seguida llegaron periodistas de todos los países.

– “Un hecho inédito en las calles de Barcelona…”- decían.

Todos buscaban al dueño de los globos: los periodistas, la policía, los bomberos.. Hasta se llegó a ofrecer una recompensa al que diera con él.

Y un día la policía se presentó en casa de Tomás. Habían reconocido  la matrícula del coche, y Tomás no tuvo más remedio que contar la verdad. Él creyó que iban a regañarle, a él y al anciano de los globos. Pero todo lo contrario. Le dijeron que el alcalde le quería dar un premio por haber conseguido tantos turistas en tan poco tiempo. Y el anciano de los globos se hizo tan famoso que tuvo que andar viajando de un lado a otro sin parar. A Tomás le encantó que todos por fin le conocieran.

(© Fanny Tales 2013. Categoría: “Aprendo a leer”)

LA PRINCESA DE LA CARA NARANJA

Nadia vivía en un palacio naranja. Todos sus juguetes eran naranjas. Su ropa, sus libros y hasta su cara era naranja. Escribía con un boli naranja y dormía en una cama naranja.

Las montañas no eran verdes, ni marrones. Ni el cielo azul. Ni las nubes blancas. Todo en su mundo era naranja. Y ellos eran felices. Pero Nadia no sonreía.

2013-04-16-16-17-53_deco

Pero un día Nadia descubrió algo diferente. Sobre una rama, cantando, vio un pajarito. ¡Y no era naranja!. No sabía por qué era distinto. Ni qué color era ese. Pero le gustaba.

– ¿Estás enfermo?- Le preguntó.

– ¿Yo?- respondió el pajarito asustado- No. ¿Por qué iba a estarlo?.

– ¿Y por qué tienes un color tan raro?.

– ¿Raro?. No soy raro. Soy amarillo.

– A-ma-ri-llo- repitió despacito Nadia- ¿Y de dónde eres?.

– He venido de muy lejos. ¿Nunca habías visto un pájaro amarillo?.

– No.

– En mi país hay pájaros amarillos, árboles verdes y un cielo azul muy hermoso.

– ¿De verdad?. ¿Y cómo se va hasta allí?.

– ¿Quieres que te lleve?. Mañana iremos juntos.

Nadia apenas pudo dormir. Nunca había sentido tanta curiosidad por algo.

Al día siguiente llenó su cantimplora naranja, fue en busca del pajarito amarillo y comenzó a andar. Pasaron los días. Empezó a llover. Y cuando ya estaba a punto de darse la vuelta, Nadia vio en el cielo un puente de colores muy vivos.

– Se llama arcoíris- le dijo el pájaro.

– Arco-i-ris- volvió a decir Nadia.

Jamás había visto nada igual.

-¡Arcoiiiriiiiiiiiiiis!!- gritó Nadia.

-¿Qué quieres?-contestó el arcoíris con voz muy ronca.

– Te necesito. Ven conmigo.

– ¿A dónde?.

– Mi mundo no tiene colores. Todo es naranja.

Al arcoíris le dio mucha pena la pequeña princesa y la siguió. Cuando llegaron a su país, entendió lo que Nadia decía. Y se dejó caer sobre el rio, las casas, los árboles, las montañas y todos los habitantes naranjas. Y de repente todo se inundó de colores.

El arcoíris se quedó con Nadia para siempre. Y la princesa de la cara naranja a partir de entonces recuperó la sonrisa.

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(©2013 Fanny Tales. Categoría: “Aprendo a leer”)

EL CALCETÍN QUE NO SE QUERÍA DORMIR

Al calcetín Valentín le encantaba jugar: andar, saltar, trepar y hasta arrastrarse como si fuera una oruga. De hecho, es lo que mejor se le daba. Por eso sus amigos le llamaban “Gusi”.
– Eh, “Gusi”…¿hacemos una carrera por el pasillo?- Le decía Martita.
Además Valentín era el calcetín más valiente y alegre. Y lo mismo hasta el más guapo. Con sus rayas de colores y su talón azul…la parte de arriba blanca con lunares… Sí, definitivamente sí que era guapo Valentín.

calcetin valentin

Pero Valentín se aburría mucho por la noche. Era el calcetín preferido de Claudia y se lo ponía toooodas las noches. Y cuando le tocaba abrigar el pie de Claudia en la cama, tenía que estar quietecito mucho tiempo.
– ¡Que aburrido!-pensaba Valentín.
Veía al calcetín gris del padre de Claudia andar por el pasillo…y a Federico, un calcetín granate de cole, balancearse en la silla…y al de gatitos blancos nadar en el cajón… y él ahí, quieto, sin poder moverse.
– ¡Me aburrooooo!- gritó Valentín.
Entonces se le ocurrió una idea:
– “Si soy el mejor arrastrándome…¿cómo no voy a ser capaz de escaparme del pie?”.
Y poquito a poco Valentín se fue alejando. Primero del tobillo. Luego del talón. Y… ¡si!: se escapó ¡hasta del dedo gordo del pie!. Y Claudia, ni se había enterado.
Que felicidad. Valentín pudo jugar toda la noche y se lo pasó en grande. Pero el sol comenzó a salir de nuevo y Valentín quiso volver al pie de Claudia. Pero claro, una cosa era arrastrarse y otra bien distinta trepar él solo. Lo intentó una vez, y otra y otra más…y nada..no fue capaz de subir. Así que se quedó tumbado encima de la cama.
Que disgusto se llevó Claudia al verlo ahí tirado. Y su mamá la regañó.
– ¡Claudia, no te quietes el calcetín, que te vas a enfriar!
Valentín se puso un poco triste, pero al día siguiente volvió a hacer lo mismo. Esta vez al amanecer, apareció en el suelo.
– Pero bueno- dijo la mamá de Claudia- ¿otra vez?.
– Yo no me lo quito- lloraba Claudia.
Y así fue un día, y otro, y otro más. Y al cabo de una semana, la mamá de Claudia dijo:
– Se acabó. Como vuelvas a despertarte sin el calcetín, ya no te lo pones más.
¿Cómo?. ¿Nunca más?. ¡Que disparate!. No podía ser.. Valentín se puso muy pero que muy triste. Si Claudia no se ponía el calcetín, no podría correr, ni saltar, ni brincar con ella..ni escuchar su risa, que era lo que más le gustaba de Claudia.
Esa noche Valentín no se escapó. Decidió que era hora de dormir. Y es que la sonrisa de Claudia bien se merecía un sueñecito, aunque dormir fuera la mar de aburrido.

claudia feliz

( ©2013 Fanny Tales. Categoría: “Aprendo a leer” )

EL ABUELO FILEMÓN

Mi abuelo es viejo viejísimo. Cuando le pregunto:
-Abuelo, ¿cuántos años tienes?- Se le ponen las arrugas de punta y dice:
– …¡tropecientos!
Yo no se cuántos son tropecientos. Sólo se contar hasta mil. Deben ser muchos más. Pero con sus tropecientos años y todo, el abuelo Filemón se pone las botas de agua, coge el retel y me dice:
-¡Venga, vamos a pescar cangrejos!.
Y nos ponemos en un puente del rio a bajar la cuerda. Si viene un policía a regañarle, pone esa cara que pongo yo cuando mamá me pilla comiendo galletas a escondidas.. ¡y le funciona!. El policía le perdona y siempre termina diciéndo:
– Venga Filemón, pero que sea la última vez ¿eh?- Y al día siguiente, vuelve a decirle lo mismo.
Mi abuelo Filemón me lleva de paseo por caminos preciosos; me cuenta batallitas de la guerra, y si vemos moras gordas en la zarza, me aúpa para que pueda cogerlas.
abuelo filemón con nieta
Le gusta matar moscas con un palo muy largo y cuando tiene que leer se acerca mucho a las hojas y las gafas se le van escurriendo hasta la punta de la nariz. También le gusta mucho hablar con la gente y cantar canciones muy antiguas.
Pero a veces se queda embobado mirando el cielo y se le pone la cara muy triste.
Un día le pregunté que por qué era tan bueno. Me dijo que si eres bueno te van creciendo unas alas. Que no se ven, pero que están ahí, y con los años se van haciendo grandotas y van pesando. Y que llega un momento que pesan tanto que ya no puedes andar y tienes que volar.
Ahora entindo por qué el abuelo Filemón mira tanto al cielo. Seguro que por allí revolotea la abuela Luisa. Qué ganas tiene de irse el abuelo Filemón con ella para comer una de esas paellas ricas ricas y cambiar tajaditas de pollo por arroz. Y es que a listo, a mi abuelo Filemón, no le gana nadie.
abuelo filemón en tiza

(©2013 Fanny Tales. Categoría: “Aprendo a leer”)

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