Cuento por encargo: ‘Las zapatillas de Carolina’

Carolina miraba de refilón el marcador de la pared. El tiempo avanzaba deprisa y los números seguían sin moverse. Tres puntos. Sólo tres puntos les separaban del empate. Pero el silbato del árbitro truncó las posibilidades de remontar de su equipo. Otra vez volverían a casa con la cabeza gacha. Era el segundo partido que perdían.

marcador oleo

Carolina se quitó la ropa en el vestuario y tiró una de sus zapatillas contra la pared, con tan mala suerte que al rebotar aterrizó en el cubo de la fregona.

– ¡Aaaaaaaaaaag!- exclamó María al verlo- Carolina, que asco, si el agua está negra.

Nada podía ir peor. Carolina rescató su zapatilla con ayuda de un montón de papel de periódico, pero ahora estaba sucia y olía fatal.

Al llegar a casa, se encontró con su abuelo, Tiodo, que venía de visita. A Carolina le encantaba ver a su abuelo. Se sabía un montón de historias raras y le contaba batallitas de cuando era joven. Se reía mucho con él, así que en ese momento le venía fenomenal que estuviera allí.

– ¡Abuelo!- le dijo Carolina abrazándole.

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– Uy, uy, uy – dijo meneando la cabeza Tiodo- A mi me da que a ti te pasa algo raro.

– Buenoooo- comenzó a balbucear Carolina.

No había manera de engañar a su abuelo Tiodo. Se las sabía todas. Además Carolina era como un libro abierto, y en seguida se podía

ver si estaba triste, enfadada, contenta o aburrida.

– Es que hemos perdido otra vez, abuelo- contestó al fin bajando los ojos.

primer plano Carolina

– ¡Pero bueno! – se enfadó su abuelo- ¿Y eso qué? ¿Te vas a venir abajo por esa tontería?

– Ya… y además se me ha caído la zapatilla en un cubo de fregar…

Su abuelo ya no pudo más y se echó a reír.

– Ja, ja , ja… Perdona, pero eso sí que tiene gracia. Vaya, que no es tu día. Bueno, pero no pasa nada, ¿no? Se limpia la zapatilla y listo.

– Pero… es que está hecha un asquito. Y huele muy mal. Yo creo que en el cubo ese había…

– ¡Caca de la vaca!- contestó entre risas su abuelo. Y los dos se echaron a reír sin poder parar- Bueno, no te preocupes, que tu abuelo Tiodo te acompaña ahora mismo a comprar otras zapatillas de baloncesto. Y ya verás como estas te traen suerte.

A Carolina se le iluminaron los ojos.

– ¿Puedo ir?- les preguntó a sus padres.

– Claro, ir, ir- contestó su madre Mari Carmen.

Carolina iba feliz junto a su abuelo. Ya se le había pasado el disgusto y todo. ¡Unas zapatillas nuevas! Ya se imaginaba la cara de sus compañeras, sobre todo la de Carmen, que era algo envidiosilla.

– Abuelo, ¿y dónde vamos?- preguntó Carolina.

– Ah, ya lo verás- contestó su abuelo con una enigmática sonrisa.

Y al cabo de unos minutos, llegaron hasta una tienda de antigüedades muy pequeña que había junto a una librería. Carolina nunca había visto esa tienda antes. Es más, estaba segura de haber entrado en la librería y no haberse do cuenta de ue a su lado había una tienda llena e cachivaches y demás objetos raros.

– Pero abuelo, ¿esta tienda desde cuándo está aquí?

– Desde siempre

– Pero no es una zapatería

– No

tienda oleo

Y sin decir más, entraron en la tienda. Era un local pequeño, bastante oscuro. Olía a viejo, y había polvo por las estanterías repletas de extraños artilugios. Al fondo del todo, un mostrador lleno de papeles y un teléfono antiguos, de esos que Carolina había visto en el álbum de fotos de su madre, de cuando era pequeña. Tenía un círculo en el centro y números del 0 al 9.

teléfono oleo

Carolina se aguantó la risita, porque en ese momento se imaginaba a su madre con enorme teléfono a cuestas, andando por la calle y con un cable larguísimo atado a su bolso.

– ¿De qué te ríes?- le preguntó su abuelo.

– De nada, de nada

Entonces apareció a su lado un hombre muy viejo, tan viejo o más que su abuelo, con una larga barba y gafas pequeñas y redondas. Carolina pegó un salto. ¡Menudo susto!

– Hombre, Tiodo, cuánto tiempo sin verte… – Y el hombre más viejo abrazó a su abuelo de forma efusiva, dándole tres golpecitos en la espalda.

– ¡Casimiro! Mucho tiempo, sí. Pero mira, aquí estoy con mi nieta. Se llama Carolina.

Y el señor viejo viejísimo se ajustó las gafas para mirar de cerca a Carolina.

– Pues a ti no ha salido, que es muy guapa…

– Ja, ja, ja- rió el abuelo de Carolina- Si yo era muy buen mozo, Casimiro, que es que ya ni te acuerdas.

– Bueno, bueno, ¿y qué necesitas, Tiodo?

– Necesito algo para mi nieta: unas zapatillas de baloncesto. Especiales, ya sabes- Y Tiodo le guió un ojo a su amigo.

– Claro, claro, si aquí tenemos de todo. A ver, voy a buscar bien en el baúl- Y Casimiro desapareció tras una puerta pequeña. Pasaron unos cuantos minutos y al rato volvió con unas zapatillas en las manos.

– Pero…- se atrevió a decir Carolina- ¿Cómo sabe mi número? Si no se lo he dicho.

– Casimiro lo sabe todo- le dijo su abuelo.

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Eran unas zapatillas preciosas, blancas, con tres pequeñas estrellas de color azul en el lateral. Carolina se las probó y le sentaban como un guante.

– ¡Me quedan muy bien! gritó entusiasmada.

– Perfecto. Casimiro, dinos cuánto cuestan que nos las llevamos- dijo Tiodo.

 

– Pero Tiodo, que somos amigos. Este un regalo para tu nieta. Le van a dar mucha suerte- Y ahora Casimiro le devolvió el guiño a su abuelo.

Carolina salió feliz de aquella pequeña tienda. Estaba deseando probar sus zapatillas. Al llegar a casa, fue corriendo a enseñárselas a sus padres. Y al día siguiente, aunque no tocaba entrenamiento, las llevó a clase para enseñárselas a todas sus amigas.

– ¡Que chulas!- dijo Teresa- ¿Dónde las has comprado? Yo quiero unas igual que esas.

– En una tienda de antigüedades que hay junto a la librería- contestó Carolina.

– ¿De antigüedades? ¡Pero si al lado de la librería hay una óptica!

Carolina la miró extrañada. ¡Pero si había ido con su abuelo! ¡No podía ser una óptica!

Estaba segura de que Teresa estaba equivocada. No le dio mayor importancia y se pasó todo el día pensando en el sábado. Estaba deseando jugar su tercer partido.

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Al día siguiente, Carolina se volvió a llevar sus zapatillas nuevas al colegio. Tenían que ensayar un baile para final de curso, así que decidió estrenarlas para bailar en el patio. Es cuando empezó a darse cuenta de que esas zapatillas no eran normales. Los saltos le salían perfectos. Los movimientos, cronometrados.

– Jo, Carolina, se nota que has ensayado mucho en tu casa. ¡Te sabes toda la coreografía!- le decían sus amigas.

Carolina volvió aquel día a casa con la extraña sensación de que el sábado sería un día importante. Y llegó, llegó el sábado y ella no podía estar más nerviosa. Se jugaban mucho en este tercer partido. Y el entrenador iba a sacarla desde el principio. ¡Desde el principio!

Fue pisar la cancha, y todo a su alrededor pareció empequeñecer, como si se hiciera diminuto. Las chicas del equipo contrario de pronto eran bajitas. La canasta estaba a su altura. Cada vez que llegaba a ella, encestaba como si nada. Una multitud de personas enanitas aplaudían y gritaban su nombre sin cesar. Al final del partido, su equipo ganó y todos la felicitaron. Pero Carolina seguía sumida como en un sueño. Miraba una y otra vez a las gradas, para comprobar si las personas que estaban allí seguían siendo pequeñas o no. Y resulta que nada más sonar el final del partido, todo volvió a recuperar su tamaño.

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Carolina se sintió rara. Feliz por haber ganado, pero un poco mareada y totalmente desconcertada. Decidió dejarlo pasar y esperar al siguiente partido. Pero entonces volvió a ocurrir lo mismo. Y al siguiente también. Y el quinto partido. Y Carolina se convirtió en una

estrella. Apenas fallaba canastas. Entonces comprendió que aquellas zapatillas tenían la culpa de todo. ¡Eran mágicas!

Carolina se sentía mal. No le gustaba hacer trampas. Así que llamó a su abuelo y le dijo que quería ir a verle. Y al llegar a su casa, le enseñó las zapatillas. Su abuelo entendió que ya sabía todo.

– Bueno, una ayudita de vez en cuando…- dijo su abuelo.

– No, abuelo. Una ayudita sí, pero no esto. Yo te agradezco mucho que quieras verme ganar. Pero quiero hacerlo por mí misma, sin trucos.

– Tienes razón. Ya eres toda una señorita. ¡Piensas como los mayores! – Y el abuelo Tiodo cogió las zapatillas y las metió en una bolsa.

– Venga, vamos a la zapatería y te compro otras.

– Normales- añadió Carolina.

– Normales- repitió su abuelo.

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A la semana siguiente, Carolina acudió al último encuentro de la temporada. Se puso sus zapatilla nuevas y salió a la cancha. El público coreaba su nombre. El árbitro señaló el comienzo del partido y Carolina volvió a mirar la canasta. ¡No se había hecho pequeña! Por fin, Carolina tenía la oportunidad de demostrar que podían ganar entre todas. Ese día Carolina pasó mucho la pelota. Intentó encestar todo lo que pudo. Algunas entraron, otras no, pero en cada intento se sentía más y más feliz. Más y más fuerte. Al principio el público se extrañó de que no se llevara todos los rebotes. De que pasara la pelota insistentemente a sus compañeras. Pero aquello funcionaba. El equipo jugaba, lo intentaban, y al final consiguieron ganar, por los pelos, perro con humildad y mucho esfuerzo.

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Carolina felicitó a sus compañeras. Habían ganado. Todas. no necesitaba zapatillas mágicas.

Al volver a casa se fijó en la pequeña tienda que estaba junto a la librería. Era una óptica. Carolina rió para sus adentros pensando en su abuelo y en la cantidad de cosas que le faltaban por contar.

(© Fanny Tales 2014. Categoría: ‘Cuentos por encargo’)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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