Cuento a medida: ‘Guadalupe y la casa misteriosa’

A Guada le encantaba jugar con sus hermanos. Porque tenía muchos, y se lo pasaba en grande. Estaban Carmen, Javier, María y Teresa. Guada no se enfadaba casi nunca y siempre les llenaba la cara de besos.

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Y es que a Guada lo que más le gustaba era jugar a ser la “mamá”. Por eso vigilaba mucho a Teresa, la más pequeña. Porque siempre estaba haciendo trastadas.

De vez en cuando salían en bici. Todos juntos. Teresa con su moto pequeña, porque aún no sabía darle a los pedales. Y se acercaban hasta un pequeño bosque en donde en los días claros, podían ver hasta alguna ardilla.

Un día decidieron ir más allá. Habían oído una historia, una historia extraña sobre una casa abandonada. Javier quería investigar. Y María le siguió entusiasmada. Así que Guada no tuvo más remedio que seguirles, para vigilar, por si acaso se metían en algún lío. De vez en cuando tenía que ayudar a Teresa, que se cansaba, pero al final consiguieron llegar todos.

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Y allí estaba la casa, tal y como la habían descrito en las cientos de historias que se contaban. Era una casa vieja y pequeña. Estaba cerrada, pero la cerradura estaba rota. María no lo dudó y fue corriendo para abrirla.

– ¡María, no la abras!- le gritó Guada.

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– Si no pasa nada. No hay nadie- contestó su hermana.

Y no le quedó otra que seguirla.

Apenas había luz. Sólo los pocos rayos de sol que se colaban entre las rendijas de las persianas. Pero la habitación de la entrada se podía ver perfectamente. Una mesa, unas sillas. Nada del otro mundo. Al final, junto a la pared, había unas escaleras. A Guada no le dio tiempo a decir nada, porque Javier ya había subido un par de escalones de un brinco. Y detrás de él subieron el resto, todos, menos Teresa, que aún se agarraba muy fuerte al pantalón de Guada.

– No tengo miedo, ¿eh?- le dijo a su hermana cuando ésta intentó avanzar y notó su mano aferrada a su pierna.

– Bueno, y si tienes miedo, no pasa nada- le dijo Guada con dulzura- Para eso estoy yo. No te va a pasar nada.

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Teresa ya estaba más tranquila, y decidió subir junto a su hermana. Pero al llegar arriba, ¡menuda sorpresa! No había nada. Nada, ni nadie. Sólo un cuarto enorme y diáfano, sin muebles, sin lámparas .. ¡sin sus hermanos! De Carmen, María y Javier… ¡ni rastro! A Guada se le puso un nudo en la garganta. Empezó a recordar las historias tan raras que

les habían contado sobre la casa. Una de ellas decía que se tragaba a la gente que entraba.

– No, no, no, de eso nada- dijo Guada muy segura y en voz alta- A mis hermanos no te los tragas. ¡Ni hablar!

– ¡Si las casas no tiene boca!- le dijo Teresa.

– Por eso- le dijo Guada a la pequeña- Me da que aquí hay gato encerrado.

– ¿Gatos? ¡Bieeen! ¡Me gustan los gatos!- aplaudió su hermana.

Y Guada se puso a palpar, centímetro a centímetro, la pared empapelada de la habitación.

– ¿Ahí están los gatos?- insistió Teresa.

– Por aquí tiene que haber algo- dijo Guada sin escuchar a su hermana. Y siguió tocando la pared en busca de algún interruptor secreto.

– Pero no puede haber un gato en la pared- siguió diciendo Teresa- A lo mejor están aquí en el suelo, detrás de esta puerta.

– ¿Puerta? ¿Qué puerta?- Guada dio un brinco y se colocó junto a su hermana.

– Pues esta, ¿no la ves?

Guada miró y remiró pero no conseguía ver nada. Sólo suelo, de madera, con sus vetas y su color marrón oscuro. Pero Teresa se agachó y agarró una de las tablillas. Entonces lo vio claro.

– ¡Es verdad! ¡Si es una trampilla! – y ayudó a Teresa a abrirla del todo.

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Lo primero que vio Guada fueron unas escaleras. Al fondo, sólo había oscuridad.

– Me da miedo- lloriqueaba Teresa.

– No te preocupes, que no pasa nada. Tenemos que bajar para buscar al resto. Pero yo te llevo aúpa y así no tendrás miedo, ¿vale?- Teresa asintió y comenzaron a bajar. Y según descendían más y más, todo se iba haciendo más y más oscuro. Hasta que Guada tuvo que comenzar a guiarse palpando la barandilla y extendiendo el brazo hacia adelante.

La escalera se acabó y sin soltar la barandilla, Guada comenzó a llamar a sus hermanos.

– ¡Carmeeen! ¡ Maríaaa! ¡Javieeeeer!

Y de pronto oyó algo. Una vocecita muy débil.

– ¿Hola?

Pero Guada no reconocía esa voz. No era ni Carmen, ni Javier ni María. Así que se asustó un poco.

– ¿Quién eres?- dijo agarrando bien fuerte la barandilla.

– Soy yo- respondió la vocecilla.

– ¿Tú? ¿Y quién eres tú?

– Ya te lo he dicho. Soy yo.

Entonces Teresa se soltó de la pierna de su hermana y salió disparada hacia el lugar de donde salía esa voz.

– ¡Teresa, ven aquí!- gritó Guada.

– No pasa nada- respondió ya desde la lejanía Teresa- Es una lechuza. Es buena.

lechuza

– ¿Qué? ¿Una lechuza? ¿Y habla?

Guada no sabía si estaba soñando. El caso es que estaba en una casa abandonada, en un cuarto oscuro, con una lechuza que hablaba y una hermana que la había visto sin que ella pudiera ver nada.

– Pero… – balbuceó Guada- ¿Y tú cómo lo sabías? ¿Pero, habla? ¿Por qué habla?

– Es una lechuza encantada- contestó como si nada Teresa.

– Ah, vaya. Ya me quedo más tranquila- susurró Guada.

– Anda, ven- le dijo Teresa- Aquí junto a la lechuza se ve muy bien.

Guada no sabía si su hermana le estaba tomando el pelo. Aún así decidió acercarse a tientas sin saber muy bien a dónde iba. Sólo se dejó llevar, en línea recta, por sus pies.

Y de repente la oscuridad se fue quedando atrás, como una nube de niebla. Y comenzó a ver a Teresa, que estaba sentada en el suelo, con una lechuza blanca en el hombro.

– ¿Ves?- le dijo Teresa- No era tan difícil.

– Ya, bueno… Y tú, lechuza, ¿cómo te llamas?

– Yo soy yo. Ya te lo dije.

– Ah, vale. Pues.. ‘Yo’… Verás: estamos buscando a nuestros hermanos. Un chico y dos chicas. ¿No les habrás visto?.

– Claro. Menuda pregunta. Todos pasan por aquí- contestó la lechuza.

– ¿Ah, sí? ¿Y a dónde van después?

– Al siguiente cuadrado.

– ¿Cuadrado? ¿Qué cuadrado?

– El cuadrado del tablero.

Guada miró al suelo. No vio nada extraño. Era un suelo de madera, cuadrado, como el del piso de arriba. Al menos que…

– ¡Ya lo tengo! ¿Quieres decir que cada habitación es un cuadrado?

– Tú lo has dicho. Yo no lo ha dicho.

– Entonces… ¿tenemos que seguir cuadrados hasta llegar a la reina?

– Yo no ha dicho nada- insistió la lechuza.

– Venga, Teresa, que tenemos que seguir.

Cogió la mano de su hermana y ambas atravesaron una pequeña puerta que estaba medio oculta en la pared.

Atravesaron varias habitaciones, todas ellas cuadradas. Todas ellas extrañas. En la primera tuvieron que responder un acertijo. Había una pizarra en medio de una enorme pared. Escribieron muchas palabras hasta dar con la que abría la puerta secreta. La palabra oculta era “Reina” pero escrita al revés: “Anier”.

La siguiente habitación estaba llena de espejos. Teresa se rió mucho porque se veía deformada. Más alta, más baja, más gorda y más flaca.

Otra de las habitaciones era blanca. Toda. El suelo, las paredes y el techo. Parecía un cubo. Pero Guada se dio cuenta de que en realidad era un dado. Se colocaron en el centro simulando un círculo negro, y ese uno abrió la puerta secreta hacia el siguiente cuarto.

dado

De nuevo una habitación oscura. Guada sintió que ya estaba cerca, así que gritó de nuevo los nombres de sus hermanos:

– ¡Javieeeeer! ¡Carmeeeen! ¡Maríaaaaa!

Y entonces sí, escucharon nítida una voz que respondía:

– ¡Estamos aquí!

Se oía lejana, pero eran ellos. Guada reconoció sus voces al instante.

– ¿Dónde estáis? ¡Venid! – gritó de nuevo Guada.

– No podemos. Tienes que derrotar a la reina- le contestó Javier- Nos tiene encerrados junto a ella.

– ¿Encerrados? ¿Dónde? ¡No os veo! ¿La reina? ¿Qué reina?- preguntó Guada nerviosa

– Esa reina- le dijo Teresa señalando una de las paredes oscuras.

Entonces entendió que debía acercarse, como hizo en la habitación de la lechuza. Porque en esa casa, nada era lo que parecía y la oscuridad en realidad no era tal, sino sólo pequeñas nubes pasajeras.

Guada vio por fin a la reina, en un cuadro. Corpulenta, con el rostro muy serio. La miró y la pintura se movió dentro del cuadro.

 

cuadro

– Eres una chica valiente- dijo de pronto el dibujo- Has conseguido pasar todas las pruebas, una a una. Ummmm… ¿qué quieres a cambio? Puedo ofrecerte todo lo que quieras:

Un vestido nuevo, mil vestidos nuevos, una entrada para ver a tu grupo favorito… Sobresalientes en todas las asignaturas. Puedo hacer que seas la más bella, la más rica.. la más poderosa.

Guada se quedó impactada. ¡Resulta que la reina del cuadro era una especie de genio de la lámpara!

– No, no, no- dijo muy segura Guada- Sólo quiero que dejes libres a mis hermanos.

– ¿Estás segura? Vaya deseo… En fin, si es lo que quieres…

Y en un abrir y cerrar de ojos estaban todos fuera de la casa, junto a sus bicis, frente a la puerta rota de la entrada. ¡Es como si nada hubiera pasado!

– ¿Entramos?- Dijo Javier a sus hermanas.

Y Guada corrió hacia la puerta y se plantó delante muy enfadada.

– ¡De eso nada!

Sus hermanos la miraron extrañados pero decidieron obedecer órdenes. No solían ver a Guada enfadada, así que se dieron media vuelta y comenzaron a pedalear hacia casa.

Teresa miraba a su hermana con ternura. Guada no entendía nada. Es como si sus hermanos no recordaran nada de lo que había pasado.

– Tú si te acuerdas, ¿verdad?- le dijo Guada.

Y Teresa le guiñó un ojo al tiempo que sacaba algo que guardaba en su bolsillo: era una pluma blanca de lechuza.

(© Fanny Tales 2014. Cuento a medida: ‘Guadalupe y la casa encantada’

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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