EL AUTOBÚS DE MI TÍO NICOLÁS

Mi tío Nicolás es el mejor tío del mundo. Y no lo digo porque tenga una medalla de oro colgada de la pared de su cuarto. Ni porque sea capaz de hacer botar en el agua una piedra como si volara. Tampoco porque sea el más fuerte ni porque me enseñe a ganar a las cartas sin hacer trampa. Ni si quiera porque sea el que más goles mete cuando jugamos contra los primos.

Mi tío Nicolás es el mejor porque me lleva y me trae en su autobús y me enseña cientos de sitios. ¡La de aventuras que hemos vivido juntos!.

autobús

Un día me fui con mi tío a un pueblecito pequeño: Villamartin del Sil. Y se subió una señora que decía venir de Carracedelo.  La señora debía de tener miles de años, porque era muy pero que muy vieja, tenía una verruga en toda la frente y no dejaba de mirarme con cara de bruja. Y eso no fue lo peor. Lo peor fue cuando se sentó a mi lado y empezó a contarme historias de miedo. Yo nunca había visto una bruja de verdad. Esa fue la primera vez. Y la última. Espero.

Ella hablaba y hablaba y yo sólo descontaba los minutos que quedaban para llegar a mi pueblo mientras intentaba por todos los medios no mirarla a la cara.

Y ella venga a hablar y a hablar. Y yo venga a descontar y a descontar.

-Tío..¿cuánto quedaaaa?- Y mi tío callado, concentrado en la carretera.

Me dijo que vivía en una palloza. Que era una casa redonda y que su palloza estaba llena de duendes que le robaban las cosas.

¿Una casa redonda?. ¿Para qué quiere nadie vivir en una casa redonda?. ¿Dónde esconde las canicas la señora?. ¡Con lo divertidas que son las esquinas!.

Pues la bruja, la señora, llevaba una cesta de mimbre y dentro..¡sí!..¡¡un gato!!. Negro como el carbón y con unos ojos verdes que daban miedo. A mí el gato de la señora bruja no me gustó ni un pelo. Y yo creo que tampoco le gusté a él, porque era acercar la cara y pegar un bufido que podrían temblar hasta las piedras.

El gato de la señora bruja se llamaba “Salomón”. Y ella no paraba de decir..

– ¡Salomón..estate quieto!-

bruja

Ya me la imagino yo en su palloza, con Salomón subido a la ventana, preparando una pócima para transformar a su vecina Hortensia en amapola. Y es que la señora bruja no paraba de contarme lo malísima que era su vecina.  Me contó que un día que estaba tendiendo, ella fue con un cubo de agua sucia y se la tiró encima. Y para vengarse ella al día siguiente le cortó todas las rosas del jardín, que era lo que más le gustaba de su casa a Hortensia. Me contó muchas historias de estas la señora bruja, incluida una de terror. Dice que se le apareció un fantasma de esos con grillete y todo. Y que le dijo que tenía que ir a Tarazona, a visitar a un primo suyo que nunca iba a ver. Que miedo. A mi si se me aparece un fantasma de esos por la noche, me voy pitando en el autobús de mi tío lo más lejos posible.

Menos mal que al final la señora bruja se bajó en la siguiente parada, porque si no,  no sé qué hubiera pasado con Salomón y el resto de viajeros. Yo aproveché que se iba para pasarme corriendo al lado de la ventanilla. Así si venía otra bruja a contarme historias extrañas, al menos podría escabullirme mirando el paisaje.

Yo siempre que puedo, cuando voy con mi tío Nicolás, me pido ventanilla, porque me encanta mirar a las nubes y jugar a contar los árboles.

Una vez nos fuimos lejísimos, hasta un sitio que se llamaba Reims, que está en Francia. Allí la gente no entiende ni torta de español. Y por más que les decía yo “me llamo Ramón”, no había manera…

En ese viaje estuve todo el tiempo mirando por la ventanilla. Y eso que pasaron horas y horas y kilómetro y kilómetros, porque Reims, está muy lejos.

Pero era el puente de octubre y no podéis ni imaginar lo bonito que estaba todo. Las hojas de los árboles estaban tan rojas que parecía que el bosque se quemaba. Sobre todo cuando el sol se deslizaba por las copas como si se balanceara. Y es que al sol también le debe gustar jugar entre las ramas, como a mí cuando mi primo Felipe me aúpa y empezamos a tirar chinitas desde allí arribota a las primas.

– ¡¡Ramón y Felipe, nos vamos a chivar! ¡Os hemos visto!- jaja, y siempre terminaban escapando. Bueno, todas menos Angélica, que estaba tan loca como nosotros y no tardaba ni un minuto en trepar hasta la copa para pegarnos un tortazo.

A mí me gustaba subir a las ramas porque desde ahí se veía muy bien la carretera. Y de vez en cuando veía pasar a los autobuses de la empresa de mi tío. Pero el suyo sólo lo vi pasar dos veces. Sabía que era él porque siempre colocaba en el retrovisor la imagen de San Cristobal. Y bailaba de un lado a otro cada vez que pillaba una curva.

montañas

Así que el viaje a Reims se me pasó en un suspiro, pensando en todas estas cosas y contemplando el paisaje. Cuando me quise dar cuenta, ya estaba en la plaza de la estatua de Juana la Loca intentando enseñar a un tipo con boina y bigote a pronunciar bien mi nombre.

– Me llamo “Ra-món”-

– “¿Gamon?”

– Ra-móm

– Ga- món

Al final, en Reims, terminé siendo “Gamón Guiz”. Bueno, podía haber sido peor.

En Reims vi muchas vides con uvas gordotas. Y las casas eran muy bonitas.

Ahora, nada como las que vi cuando fuimos a Holanda. Aunque lo que más me gustó del viaje a Holanda fue el verde de las montañas. Sí sí: el verde. Y es que uno no sabe lo que es verde de verdad hasta que no sale de España. El verde es verde, no verde clarito, no. Y las vacas allí están gordas y son rubias. ¡No tienen manchitas!.

En Holanda nos pasó una cosa curiosa a mi tío y a mí. Bueno, y a todos los pasajeros del autobús. De hecho no sé si hasta salió en los periódicos.

Íbamos tan tranquilos, camino de Amsterdam,  y ya casi era de noche. De repente empezamos a ver luces azules a los lados. ¡Eran policías!. Y los coches policía de allí parecen de carreras. Son muy raros, porque tienen rayitas rojas y azules por todas partes. El caso es que había como tres o cuatro coches policía. Le hicieron señales a mi tío para que parara. Y él muerto de miedo. Y todos muertos de miedo. Había una señora de Villacarrillo que no paraba de decir:

– Ay Dios mío Santísimo. Ay Dios mío Santísimo….

Y otra que no paraba de llorar. Pero mi tío, asustado y todo, nos decía una y otra vez:

– Tranquilos, tranquilos, que no pasa nada, que seguro que es un malentendido.

Mi tío bajó del autobús y subieron dos policías. De repente un hombre se levantó y se lanzó contra ellos. Todo el mundo agachó la cabeza. ¡Igual que en las películas!. Pero yo no me lo quería perder, así que no le quité ojo al policía de bigote rubio. Le agarró al señor por el pescuezo y lo tiró al suelo. Y con el poco sitio que les quedaba y todo, le puso unas esposas.

Menudo revuelo se armó. Mi tío tuvo que parar en un autoservicio para que la señora de Villacarrillo se tomara una tila. Y para que alguno que otro fuera al servicio.

Nos contó que el detenido era un ladrón muy buscado en Holanda. Y que al fin habían dado con él gracias a un confidente, porque el detenido, que en realidad se llamaba Yani Van Veeldvoorde, se hacía pasar por Juanito Rodríguez en nuestro país.

Después de eso mi tío pensaba que no le iba a pasar nada más importante que contar. Pero se equivocaba. Lo más importante que le ocurrió a mi tío en su autobús, se llama Felisa. Y ahora, es mi tía.

A Felisa la conoció en un viaje a Colindres. Ella iba a ver a su familia y llevaba una maleta pequeña. Como Felisa es una despistada, le pidió a mi tío que le avisara cuando fueran a llegar. Así que se sentó muy cerquita y empezaron a hablar. Mi tío dice que hasta entonces no creía en el flechazo. Pero Felisa le dejó impactado. Así que le pidió el teléfono y esa misma noche la llamó para quedar con ella. Felisa es una tía fantástica. Sobre todo porque me trae sobaos y una tarta muy rica de queso que hace su abuela.

Dice que quiere tener un hijo como yo para que me acompañe en el autobús y demos conversación a mi tío. Así que aún me quedan muchos viajes por delante y muchas anécdotas que contar.

¿Entendéis ahora por qué mi tío es el mejor tío del mundo?.

(© Fanny Tales 2013. “Ya sé leer”)

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